Lc 5, 1-11 – 7 de septiembre – XXII Jueves durante el año

 

 

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes.»

Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes.» Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.» El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.

Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres.»

Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Antes de pasar al Evangelio quería recordarte unas cosas que he estado pensado en estos días: que la Palabra de Dios antes que nada es para contemplar; antes de empezar a sacar conclusiones morales, o doctrinas, o recetas –que con esto no quiere decir que la Palabra de Dios no nos enseñe una doctrina y una forma de vivir–, antes de eso hay que contemplarla, hay que dejar que nos “empape”, con nos maraville, que nos enamore.

Cuando leemos el Evangelio lo tenemos que leer con amor y para enamorarnos, porque si no te enamoras, si no nos enamoramos; de nada sirve hacer mil análisis, mil razonamientos, o sacar cientos de recetas de cómo se hace para vivir mejor. El Evangelio no es el “arte de vivir” mejor.

A veces nosotros los sacerdotes –me incluyo– queremos sacar genialidades del Evangelio y nos gusta dar “recetitas” o bien decirle a todo el mundo lo que hay que hacer o lo que tienen que hacer y nos olvidamos que el Evangelio mismo, el relato que escuchamos ya es en sí mismo un canto de amor al hombre, a vos, a mí. Por eso mi tarea como sacerdote es enamorarme primero de lo que Dios dice para poder ayudarte a que te enamores de Jesús y de todo lo que Él dice y hace.

Ese creo que es el camino de todos los que escuchamos la Palabra de Dios, como dice San Pablo: “No nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos de ustedes por Jesús”.

Y el Papa Francisco dice algo muy lindo sobre la tarea del predicador, dice así: “Nuestra identidad cristiana es ese abrazo bautismal que nos hace anhelar como hijos pródigos y predilectos de María, el otro abrazo del Padre Misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta en medio de estos dos abrazos es la dura tarea pero hermosa, de quien predica el Evangelio”

A eso nos tiene que llevar la Palabra de Dios: a recordar el gran abrazo que hemos recibido de Dios y anhelar el abrazo último.

Y hoy es uno de esos días creo yo para contemplar por eso te digo esto; para imaginarte esta escena maravillosa del Evangelio, para meterte como si estuvieras ahí, para enamorarte de un Jesús que sorprende, que descoloca, que llama, que se mete en la barca, que enseña, que perdona, que calma, que invita a la confianza, que convierte a un simple pescador y pecador en un “pescador de hombres”.

Es uno de esos días en los que me gustaría callar ¿no?, no decir mucho, pero simplemente remarco algunas pinceladas de lo que ya tiene el Evangelio.

Se ve a Jesús que se mete en la barca de Pedro, se mete en su vida, en su lugar de trabajo; como se metió en la mía, en tu vida y como se quiere meter en la vida tuya si estás escuchando; te pide que le prestes tu lugar, que le abras tu lugar, que le abras tu casa…

Jesús invita a Pedro también a confiar en su Palabra; y nos invita a creer, a abandonarnos, a no creer tanto en nosotros sino más en Él.

Y cuando Pedro confía: «Si tú lo dices…», todo se transforma y pasa lo inexplicable: se llenan las dos barcas de peces, se llena tu vida, la mía, de un montón de cosas que Dios nos va regalando.

Pedro descubre la grandeza, se maravilla y por eso se echó a los pies de Jesús; no porque se sintiera miserable sino porque ante algo tan grande somos poco; somos pecadores pero no quiere decir que somos nada, somos algo, algo pero chiquitos ante Jesús.

Solo vemos lo poco que somos cuando descubrimos lo grande que es Dios, lo grande que es Jesús; y no podemos reconocer quién es Jesús si no nos reconocemos pequeños ante Dios.

Y por último Jesús le dice a Pedro: «No temas», no tengas miedo de ser pecador, tranquilo eso ya lo sé.

Jesús sabe que somos pecadores, Jesús ya sabe todo eso y no le importa, Él transforma lo que parece que no sirve y lo convierte en algo grande.

El mundo fabrica pecadores y después los desprecia; Jesús recibe a los pecadores, los abraza, los perdona y los convierte en “pescadores de hombres”.

Ojalá que hoy sientas ese deseo de abrazarte con Jesús, de echarte a sus pies, de reconocerte pequeño, y reconocer principalmente la grandeza de Dios, de todo lo que Él ha hecho por nosotros en nuestra vida.

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