Mt 10, 24-33 – 15 de julio – XIV Sábado durante el año

 

 

Jesús dijo a sus apóstoles:

«El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos esta semana, queriendo hilar el evangelio del domingo pasado en donde Jesús nos hablaba de la paciencia y humildad, desarrollando el tema de la paciencia, junto con las reflexiones de la palabra de cada día. A veces te podrá parecer un poco “tirado de los pelos” relacionar un tema con los evangelios, es verdad. No siempre se encuentra todo lo que queremos encontrar en la palabra, y en realidad, el camino debe ser el inverso, dejar que la palabra nos diga lo que tiene para decirnos cada día. Pero también es verdad, que hay ciertos temas, ciertas cuestiones como por ejemplo una actitud a imitar, una virtud a profundizar, que aparecen siempre, que están ahí como escondidas en cada escena, en cada actitud de Jesús, en cada relato. Eso es lo que intento a veces hacer, que podamos mirar más allá de lo que dice para encontrar las verdades escondidas detrás de la letra y que muchas veces nos vemos. Por eso hagamos el repaso de la semana, un poco de todo, un poco con la paciencia y otro poco con la palabra.

El lunes decíamos al meditar los dos grandes milagros de Jesús: ¡Qué lindo que es, que el Evangelio de cada día nos una como hermanos, cada uno en lo suyo, algunos sufriendo, otros rezando por los que sufren y porqué no, pedirles que recen y ofrezcan sus sufrimientos por nosotros, los que no tenemos tanta paciencia. La paciencia se alcanza muchas veces en la prueba, en el dolor, casi como una ironía, no queda otra que tener paciencia.

El martes, la actitud de los fariseos nos ayudaba a pensar en esto: El paciente, es el que no emite opinión rápidamente, no juzga apresuradamente. El impaciente juzga, todo lo sabe, de todo opina, de todo se queja, en todo se precipita, en todo parece querer meter un bocado. Los fariseos de algo del Evangelio de ese día son impacientes. Vos y yo tenemos un fariseo en algún “costado” del corazón, en algún ventrículo o a veces nos copa todo el corazón. Los fariseos juzgan a Jesús, con algo absurdo, pero lo juzgan por apresurados, por impacientes, porque no pueden esperar a ver bien y pretenden que sus pensamientos superen la realidad. Juzgamos por soberbia apresurada.

Jesús es el más paciente de todos, por eso el miércoles nos maravillábamos de su actitud para con los discípulos y nosotros: Que paciencia la de Jesús para elegirnos a nosotros, a vos, y a mí como sacerdote. ¡Qué misterio de la paciencia amorosa de Dios, pudiendo elegir a miles mucho mejores! La paciencia de Dios, la paciencia de Jesús muchas veces nos hace sufrir, nos hace impacientar, porque rompe nuestra lógica. A veces quisiéramos que Jesús barra con todo, cambie muchas cosas, de nosotros y de la Iglesia, del mundo. Sin embargo, así como a Judas lo esperó hasta el final, así como a Pedro le perdonó sus imprudencias, a vos y a mí nos espera y nos espera.

El jueves decíamos que ser pacientes no es siempre aguantar o quedarse quietos: Jesús fue paciente pero no se quedó quieto, no solo supo esperar los momentos oportunos, sino que los buscó. Por eso esta virtud va abrazada al amor, nos ayuda a amar, y es activa porque el amor también es activo. No siempre es quedarse y saber esperar, sino también levantar la cabeza, mirar y decir ¿dónde puedo poner mi corazón?, ¿dónde puedo exponerme para poder amar?; y esa exposición por supuesto que a veces nos hace vulnerables y nos hace sufrir.

Y ayer, terminábamos la semana con muchas ganas de crecer en la paciencia: Mantengámonos en paciencia, solo así vamos a aprender a ver cosas mucho más grandes; mientras tanto… a ser ovejitas, a ser mansos, a dejarnos guiar por Jesús, pero también a ser “astutos como serpientes”; una cosa no quita la otra, las dos tienen que ir de la mano: la astucia de los hijos de Dios que saben en qué momento hablar de Él, en qué momento callar, en qué momento proponer y en qué momento parecer tonto; y también la mansedumbre para saber callar, optar por la sencillez y no buscar enemigos sin sentido cuando nos ataquen por el solo hecho de creer y amar a Jesús.

No le aflojemos, sigamos adelante. No dejes de escuchar, no dejes de buscar, no dejes de perdonar, no dejes de amar, no dejes, no dejes. No te canses y aprendé a descansar en este día, a descansar pacientemente con Jesús.

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