Mt 13, 1-9 – 16 de julio – XV Domingo durante el año

 

 

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Claramente Jesús no fue un ingeniero, ni un matemático. ¿Te diste cuenta? Claramente a Jesús no le interesaban tanto los números como nos pasa a nosotros, que inevitablemente pensamos y todo lo calculamos, excepto cuando amamos, que casi sin darnos cuenta dejamos de medir todo. Ante el amor, dejamos la ingeniería, la física y la matemática de lado, y eso está bien hace bien, es lo que debería pasarnos.

¿Te imaginás un ingeniero agrónomo pensando en tirar semillas por todos lados al preparar y estimar lo necesario para una siembra? Imposible. Lo echan o se funde.

¿Te imaginás el dueño de un campo no pensando en usar lo mejor posible sus recursos, como sembrar la menor cantidad de semillas posibles para poder obtener la mayor cantidad de frutos esperados? Imposible. Tiene que calcularlo siempre, para que su campo sea rentable.

Esto es así, y está muy bien, es la lógica del buen uso del suelo y de los recursos que se tienen. Es la lógica también del buscar sacar el mayor provecho a nuestro trabajo, evitando las perdidas y el derroche. Esto está bien y debe ser así, en la medida en que no transformemos a las personas en números, cosa que pasa muy seguido, pero bueno… ese es otro tema.

Pero… ¿sabés cuál es la buena noticia de algo del evangelio de hoy? Que la lógica de Jesús, la lógica de Dios es muy, pero muy distinta a la nuestra. La lógica con la que Él piensa el mundo es muy diferente a la nuestra y por eso nos cuesta comprender sus palabras, y por eso no escuchamos a Dios a veces, porque escuchar implica cambiar nuestra lógica, cambiar nuestra manera de pensar o por lo menos plantearnos en serio cómo es Dios. Pensar cómo piensa Dios nos compromete a cambiar, nos obliga a mirar muchas cosas de otro modo, o por lo menos no intentar pensar que lo que piensa este mundo es lo que piensa Dios. Hoy por lo menos empecemos por ahí.

“El sembrador salió a sembrar” dice el evangelio. Intentemos hoy pensar como piensa Dios. Intentemos mirar la realidad desde arriba y no como ingenieros, sino como Padres que aman a sus hijos. ¡Menos mal que el sembrador es generoso! ¡Menos mal que no calcula tanto en donde tira la semilla! Su generosidad es muy inusual para nosotros. Cualquier sembrador “de los nuestros” sería un poco más calculador. Sin embargo Jesús “revolea” las semillas por todos lados, en el camino, sobre las piedras, entre malezas y por supuesto también en lugares buenos. Así viene sembrando este sembrador, en tu vida, en nuestras vidas. Siempre apuesta por nosotros, aún sabiendo que muchas semillas quedarán desaprovechadas por distintos motivos. Aún sabiendo que no darán muchos frutos. ¡Menos mal! Hasta podríamos pensar que tira muchas semillas justamente sabiendo que serán pocas las que den frutos. El que siembra generosamente, cosechará generosamente. Jesús no es mezquino, por eso muchos lo aman. Jesús es amor, y el amor es derroche, el amor no calcula, el amor no es para ingenieros o matemáticos.

La semilla cae en muchos lugares diferentes. No da frutos en todos. Pero el problema no es la semilla, el problema es el lugar en donde cae. La semilla-Palabra siempre es buena, siempre es la mejor. La semilla-Palabra tiene todo lo necesario para hacer una gran planta con los mejores frutos, sin embargo las cosas no se dan siempre como el sembrador quiere. Esto no importa tanto, lo importante es que semilla-Palabra siempre es abundante y de la buena.

Las semillas, la Palabra, caen en diferentes lugares. Podríamos pensar que todos tenemos algo de cada terreno en nuestro corazón. En los lugares en donde la semilla no da fruto, aún cuando algo crece, parece que el denominador común es la falta de interés, el que no se la valora. Tanto la que cae en el camino, como el que se enfervoriza por un rato y afloja ante la crisis, como aquel que deja que las “cosas” la ahoguen, en los tres casos no terminamos de comprender ni de valorar el don del amor de Dios, el don de su Palabra. ¡Si supiéramos que es Dios el que nos habla! ¡Cómo cuidaríamos cada palabra! Nos cuesta oír, nos cuesta escuchar y por eso nos cuesta comprender y vivir la Palabra.

Hoy Jesús les cuenta esta parábola a miles de corazones. A nosotros. Para que examinemos que clase de oyente somos o en que aspectos  de nuestras vidas tenemos que empezar a escuchar en serio para dejar de pensar tan mezquinamente, para animarnos a recibir mejor los dones y al mismo tiempo animarnos a ser sembradores al estilo de Jesús. Derrochadores desinteresados.

“El que tenga oídos, que oiga” y escuche.  Mientras tanto, Jesús por favor, seguí sembrando.

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