Mt 18, 15-20 – 10 de septiembre – XXIII Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es el día del Señor, este domingo que se nos vuelve a regalar, es para agradecer y disfrutar. Entiendo que no es facil. Entiendo que no todas las familias los pueden hacer. Entiendo que no siempre nuestros hijos lo entienden, lo quieren y eso te hace sufrir. Entiendo que no todos ven al domingo como un día para amar más a Dios en los hermanos. Lo entiendo y sé que lo entendés, pero no te desanimes, seguí apostando a cuidar el domingo, a cuidar la familia, a no esconderte y seguir luchando por vivir un día distinto, cómo nuestro buen Dios Padre lo quiere.

Algo del Evangelio de hoy nos habla, no introduce en la corrección fraterna. Preguntas que me vienen. ¿Corrección fraterna? Ir a corregir a un hermano teniendo también yo muchos pecados? Hacerse cargo del otro? Suena raro, suena difícil y hasta casi imposible. Mucho más en un mundo donde “todo vale”, donde todo es bueno y es aceptable que cada uno haga lo que le parezca o lo que sienta sin importar tanto si es verdad o no ese pensamiento o sentimiento. ¿Escuchaste alguna vez esta frase? “Si lo hace feliz, que haga lo que quiera”. Esa es la ley del mundo de hoy. Mientras no molestes a nadie, mientras no le hagas mal a nadie, y además, mientras vos consideres que lo que hacés está bien, alcanza, con eso basta. Parece ser que no hay una verdad clara en donde debemos confrontar lo que hacemos. Es la ley del respeto mal entendido, la ley de la libertad mal entendida, mal interpretada. La ley del relativismo, donde se proclama que no hay verdad, pero que en el fondo esa supuesta “no verdad” se transforma en verdad  para los que piensan asi.

Sin embargo, te parece que Jesús  puede pensar así? Sería una gran contradicción. La enseñanza del evangelio es todo lo contrario. “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado, si te escucha habrás ganado a un hermano”. Un poco diferente, ¿no?. Ese es el mandato de Jesús. Somos hermanos, somos hijos de un mismo Padre, corre por nuestras venas la misma sangre divina que nos va santificando y sanando por medio del amor, para que algún día todos estemos con Él en el cielo. Si eso es así, si creemos eso ¿cómo me va a dar lo mismo que mi hermano se equivoque y se salga del camino? Como no voy a aceptar que un hermano me  corrija? No es lo mismo, no puede darme lo mismo. Jesús nos pedirá cuentas de nuestros hermanos, nos preguntará si nos hemos hecho cargo, si de verdad los consideramos hermanos o no y si nos hemos dejado corregir por los demás.

La corrección fraterna no es fácil, lo sabemos, no es para cualquiera, es para aquellos que se sienten hermanos de verdad, para aquellos que tienen fe, para los que creen en la fuerza del amor y saben que Dios Padre puede hablarme a través de otro, no solamente en mí silencio. Se necesita muchísima humildad.

Pero es maravilloso pensar que en el cielo pueden “desatarse o atarse” las cosas según nuestra manera de obrar. Podemos con nuestro amor ayudar a que alguien “desate” de su corazón el pecado, o bien podemos pecar de omisión dejando que alguien se quede “atado” a su pecado. Ese poder tan grande nos ha dejado el Señor. Desatar o dejar atado. Corregir y ayudar o callar y dejar pasar.

La corrección fraterna es un don que debemos pedir en la oración. La corrección fraterna es algo que  debemos aceptar con humildad. Cuando nos reunimos en su nombre Él está, cuando nos unimos a pedir algo a nuestro Padre del cielo, Él lo concede. Pidamos cosas grandes, la salvación de los que se están perdiendo por el pecado. Pidamos tener el amor suficiente para darnos cuenta que corregir también es amar y que para corregir bien, hay que corregir por amor, con amor, por el bien del otro y estar dispuestos a ser corregidos. Nos salvamos juntos, ayudándonos todos, o nos quedamos solos y no nos salvamos.

La hermandad que llegará al final de los tiempos cuando venga Jesús, tenemos que empezar a vivirla desde acá, ahora y se va forjando cada día con nuestra manera de obrar, desatando y atando.

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