Mt 9, 32-38 – 11 de julio – XIV Martes durante el año

 

 

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel.»

Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.»

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

El domingo escuchábamos, además de esa linda alabanza de Jesús a su Padre, la invitación de Jesús a que aprendamos de Él que es “paciente y humilde de corazón”. ¿Será por algo que Jesús nos invitó a imitar estas virtudes tan difíciles de vivir? Ver, escuchar y contemplar a Jesús es para aprender. Pero no para aprender como aprendemos matemática o historia, sino para “prendernos” de lo que vemos, para hacerlo nuestros y vivirlo. Jesús quiere que seamos como Él, y esa invitación es única en los evangelios. ¿Por qué será no?

¿Será porque el hombre siempre fue tan impaciente? ¿Será porque desde que es hombre es así? ¿Será que además vivimos en la época de la impaciencia? Es una época especial, donde todo se aceleró y por lo tanto se aceleran nuestras ganas de que todo sea inmediato. Es un gran caldo de cultivo para esa impaciencia con la que parece que nacemos ¿Será que el uso de la tecnología ha exacerbado nuestra cuota natural de impaciencia con la que nacemos? Segurísimo, está incluso comprobado psicológicamente, por estudios. Hoy vivimos mucho más acelerados que antes, especialmente en la ciudad. La velocidad que permite la tecnología y la posibilidad de estar en muchos lugares al mismo tiempo, exacerba nuestra ansiedad, la potencia. Pensalo. Si tenés más de 30 años, pensá si tu vida no es bastante distinta con respecto a 10 o 15 años atrás, ni mejor ni peor, pero distinta.

Algo de esto decíamos ayer. Somos impacientes por naturaleza, por decirlo de alguna manera y esto no es pesimismo, es realismo. Es como una marca registrada grabada en el interior de nuestro corazón. Nacimos débiles,  tenemos que aceptarlo. Nuestros deseos, de todo tipo, quieren ser saciados… deseamos saciar lo que deseamos – valga la redundancia – y cuando eso no se da en el tiempo y forma que pretendemos, nos ponemos impacientes, sufrimos de alguna manera, y como no nos gusta sufrir, es obvio, el sufrimiento que nos genera la espera, nos conduce a los enojos de todo tipo y también a la tristeza por no haber alcanzado el bien que pretendíamos. Nos pasa esto con los bienes espirituales y materiales, esta es, simplificadamente la dinámica de nuestras impaciencias que tienen su raíz en la soberbia. Por eso hay que aprender a esperar, hay que aprender a “sufrir” interiormente sabiendo esperar lo que deseamos. Hay que aprender a desear y conducir nuestros deseos. No todo deseo se puede satisfacer en cualquier momento. Enseñale eso a tus hijos, sino después nada los saciará. La  Palabra de Dios nos enseña que la verdadera sabiduría está en el saber esperar, tener paciencia, dejar que el tiempo nos muestre los caminos que parecen cerrados, saber dar tiempo a lo que parece intrincado, saber gustar de las cosas con tiempo, no pretender todo y de golpe, saborear la vida de a poco, no empacharse de tantas cosas que no nos dejan disfrutar del hoy y lo que vale la pena.

El paciente, es el que no emite opinión rápidamente, no juzga apresuradamente. El impaciente juzga, todo lo sabe, de todo opina, de todo se queja, en todo se precipita, en todo parece querer meter un bocado. Los fariseos de algo del evangelio de hoy son impacientes. Vos y yo tenemos un fariseo en algún “costado” del corazón, en algún ventrículo o a veces nos copa todo el corazón. Los fariseos juzgan a Jesús, con algo absurdo, pero lo juzgan por apresurados, por impacientes, porque no pueden esperar a ver bien y pretenden que sus pensamientos superen la realidad. Juzgamos por soberbia apresurada. En cambio, el sencillo – por ejemplo la multitud del evangelio de hoy – se admira siempre, aún de lo que no parece tan lindo. Por eso los pequeños, los humildes reciben la revelación de Dios, como alababa Jesús el domingo. Ven lo mismo, pero lo ven distinto. El sencillo, el humilde sabe recibir y esperar, sabe ver la realidad como una oportunidad para enriquecerse y crecer, más allá de los tiempos. Me gusta aprender de los sencillos y humildes cuando estando con ellos veo que disfrutan de lo que a los ojos de los demás parece poco, pero que para ellos es mucho, sin esperar otra cosa.

Es una maravilla empezar a transitar el camino de la humilde paciencia. Probá, te va a cambiar la vida. Vas a empezar a experimentar que la sabiduría del evangelio le da un “sabor” distinto a tu vida. Estés en la situación que estés. En tormenta o en un día claro. Empezá a probar guardarte de opinar en todo, tener sentencias para todo, dar una queja para todo. El fariseo del corazón siempre quiere aflorar, es rebelde. Acordate que la paciencia todo lo alcanza, la paciencia te alcanza la paz, la paz es la sabiduría del humilde.

Jesús fue un hombre paciente y además sigue teniéndonos paciencia. Probemos el mismo camino.

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