XIV Miércoles durante el año

Miércoles 8 de julio - Mateo 10, 1-7 - XIV Miércoles durante el año
Cita: Mt 10, 6
Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Evangelio según San Mateo
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 1-7
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.»
Palabra del Señor
Comentario a: Mateo 10, 1-7
Después de regocijarse de que su Padre elija a los pequeños para revelarse, después de gozarse, después de alabarlo desde lo profundo de su corazón en el Evangelio del domingo, Jesús nos decía a todos, les decía a todos y nos vuelve a decir a todos al corazón: «Vuelvan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré». Vengan a mí todos. Jesús no quiere excluir a nadie, solamente debemos sentirnos necesitados de alguna manera. ¿Quién de nosotros a veces no se cansa y se agobia por las cosas de la vida? ¿Quién de nosotros a veces por cargar un yugo demasiado pesado no termina agobiado y cansado? Sin embargo, Jesús nos invita a él, sabiendo lo que nos pasa nos dice: «Vengan a mí». ¡Qué ganas de poner esa frase en todas las iglesias del mundo: «Vengan a mí»! ¡Qué deseos de poner esta frase «Vengan a mí» en todas las plazas del mundo!, para que todos los que pasen se den cuenta de que Jesús nos invita a estar con él, a ir hacia él, que él no nos quita nada, que él nos da todo, que él simplemente quiere ayudarnos a alivianar, quiere ayudarnos a aliviar las cargas, no quiere ponernos más cargas. ¿Por qué el hombre le tiene tanto miedo a veces a un Dios tan bondadoso? ¿Por qué la herida de nuestra alma a veces nos hace ver a un Dios como alguien lejano, a alguien que nos quiere imponer una carga pesadísima cuando en realidad es todo lo contrario? Es verdad, el yugo de Jesús es un yugo que nos implicará también una carga, pero una carga que será más liviana, porque «mi yugo es suave y mi carga liviana», dice Jesús. El yugo del amor, de la humildad es el que finalmente nos quitará los agobios y los cansancios en la vida. Sigamos en este camino.
Vayamos a Jesús de la manera que nos salga, de la manera que podamos, como hicieron los discípulos, estos doce hombres que fueron llamados por Jesús. Se sintieron atraídos. Repasemos la lista. El primero es Simón, que luego Jesús lo llamará Pedro –le cambiará el nombre–, el primero en todo, incluso también en negarlo, y el último Judas Iscariote, dice el Evangelio que fue el mismo que lo entregó, el mismo. Jesús eligió a alguien que iba a entregarlo. ¡Qué paciencia la de Jesús! ¡Qué mansedumbre, qué misericordia! ¡Por favor! Cualquiera de nosotros hubiese elegido sabiendo el final alguien distinto. Digamos la verdad. ¿Vos hubieses elegido a un pescador del montón para ser cabeza de los Doce? ¿Vos y yo hubiésemos elegido a Judas como apóstol sabiendo que algún día nos vendería por unas monedas? ¡Qué paciencia la de Dios! ¡Qué mansedumbre la de Jesús! Es increíble pensar que él haya tenido tanta paciencia y tanto amor al elegir a quienes eligió. Hombres sencillos y pobres de material y pobres de espíritu, algunos bastantes rudimentarios y sin instrucción, hombres simples y que en su tiempo seguramente nadie tenía en cuenta. Por eso Jesús nos descoloca con su infinita paciencia. Sin embargo, once de estos doce fueron los que armaron un lindo lío con su amor, predicando el Evangelio después de haber recibido el Espíritu Santo. Salieron como locos a contar que Jesús estaba vivo y que trae un mensaje de amor, un mensaje distinto. ¡Qué paciencia la de Jesús para elegirnos a nosotros, a vos y a mí, como sacerdote! ¡Qué misterio el de la paciencia amorosa de Dios, pudiendo elegir a muchos y miles mejores! La paciencia de Dios, la paciencia de Jesús muchas veces nos hace sufrir, nos hace impacientar incluso, porque rompe nuestra lógica. A veces quisiéramos que Jesús barra con todo, cambie muchas cosas, de nosotros, del mundo y de la Iglesia. Sin embargo, así como a Judas lo esperó hasta el final, así como a Pedro le perdonó sus imprudencias, a vos y a mí nos espera y nos espera. Sabe qué es lo mejor para todos y no nos presiona, no nos obliga, nos invita, nos atrae con su amor lentamente, a lo largo de toda la vida. ¡Qué mansedumbre, qué paciencia que nos tiene, tenemos que reconocerlo!
Pero al mismo tiempo qué paciencia debemos tener todos al ver el modo que eligió Jesús para seguir transmitiendo su mensaje.
Él eligió la debilidad para manifestar su amor, no hay otro camino. Jesús le tiene paciencia al hombre, pero nosotros también le tenemos que tenerle paciencia a Jesús, es justo respetar sus tiempos, él sabe el por qué, él sabe que somos duros y necesitamos masticar mucho para madurar las cosas.
Si Jesús nos tiene y nos tendrá tanta paciencia, ¿no es lógico que nosotros también empecemos a tenernos paciencia, a nosotros mismos y a los demás y con todas las cosas que pasan alrededor? No seamos impacientes, seamos mansos, aprendamos a esperar, no seamos tan ansiosos, nos hace mal. La paciencia todo lo alcanza, porque la paciencia nos alcanza el amor y el amor es todo.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
padre Rodrigo
