Marcos 8, 1-10 – Resumen de la V semana durante el año

 

 

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos.»

Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»

Ellos respondieron: «Siete.»

Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.

Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.

Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Habiendo intentado salir un poco de nosotros mismos esta semana, empezamos el fin de la semana, y es siempre una oportunidad para revisar si pudimos o no incorporar algo de la palabra de Dios que se nos vino regalando. Vamos a intentar repasar una y otra vez lo que más pudo habernos quedado en el corazón. Por supuesto que, al elegir una parte, siempre queda algo sin decir. Por eso, es oportunidad para que cada uno pueda hacer su camino, su proceso. Lo importante es no encerrarnos, ¿Te acordás? Probá, inténtalo.

El lunes, algo del evangelio nos dejaba ver claramente de qué manera se había extendido la fama de Jesús por todos lados. La gente lo buscaba incansablemente por lo que hacía, por sus curaciones y exorcismos; pero no tanto por lo que decía. Sus palabras generaban admiración, pero no siempre tanta adhesión. Jesús siempre se muestra compasivo hacia el dolor. El dolor es inherente a la existencia humana, existió y existirá mientras estemos vivos y ante esta realidad, inevitablemente nos surgen varios interrogantes: ¿Por qué permite Dios tanto sufrimiento? ¿Por qué no acaba con él de una vez y para siempre? ¿Cuál es el sentido de tanto dolor y sufrimiento?

Todas son cuestiones que no parecen tener una respuesta fácil, la Palabra de Dios de cada día nos lo irá respondiendo, lo mejor es mirar todos los acontecimientos a través de los ojos de la fe. Sólo así podemos encontrar el sentido de la vida.

El martes, tuvimos una clara exposición de la manera como la soberbia y la hipocresía deforman el corazón y nos alejan de Dios. Jesús llama “hipócritas” a los fariseos, que se concentraban en cosas secundarias, perdiendo el enfoque de lo verdaderamente importante.

La soberbia se va transformando en hipocresía, haciendo que nos fabriquemos nuestra propia realidad y por “mantenernos fieles” a nuestra propia verdad, nos olvidamos de la única y gran Verdad que es la de Dios.

Pidamos a Jesús que nos libre de la hipocresía, pero si caímos en ella tengamos el valor para reconocerlo y sacarnos esa máscara que nos impide amar y ser amados.

Algo del evangelio del miércoles nos enseñaba el verdadero origen del mal. El mal no es sólo algo que hacen los demás y nos toca sufrirlo; sino que es algo que brota de nuestro corazón. No podemos echarle siempre la culpa a los demás, o a las condiciones actuales que vivimos. Jesús lo dice claramente: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro». Aun cuando fuimos creados para amar; albergamos también en nuestro corazón, la maldad en todas sus variantes; cada uno tiene lo suyo y aunque indudablemente influye lo de afuera, somos nosotros quienes decidimos libremente si nos queremos comportar como hijos de un mismo Padre. Dejemos que Jesús nos sane de tantas impurezas que no nos dejan vivir felices, que nos quitan la paz y nos impiden amarnos como Jesús quiere que nos amemos.

El jueves, apareció la figura de una mujer, más específicamente de una madre sufriente y la fuerza de su amor, de su fe, de su esperanza; que muchas veces supera lo imaginado.

Esta mujer pagana que, ante la súplica de sanar a su hija, recibe unas palabras un poco “duras” de Jesús al decirle: «Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros»; sorprende a Jesús cuando movida por el amor a su hija, pero también llena de confianza en el Señor le responde: «Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos». Jesús espera que lo amemos y confiemos en Él sin medida, para así poder manifestar toda su gloria y poder en nuestra vida.

Y ayer, viernes, Jesús curando a un sordomudo, nos dejaba ver que nunca hablaremos bien si no escuchamos bien, si no escuchamos con el corazón. Cuánta sordera de corazón sufrimos cuando no sabemos escuchar a los demás o sólo oímos lo que queremos oír.

Qué lindo contemplar a Jesús mirando al cielo y diciendo sobre nosotros: “Efatá, ábrete; que se abran tus oídos para que puedas escuchar todo lo lindo que tengo para decirte, todo lo lindo que dicen de vos, todo lo lindo que te andas perdiendo por no saber escuchar”. Que se abran nuestros oídos para que se “nos suelte la lengua” y comencemos a hablar normalmente, como deben hablar los hijos de Dios; como hablan aquellos que se dieron cuenta que no sirven para estar encerrados, sino para salir y amar a los demás.

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