I Domingo de Cuaresma

on 20 febrero, 2021 in

Marcos 1, 12-15

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Palabra del Señor

Comentario

Buenas, buen domingo. Bienvenido al Tiempo de Cuaresma, al primer domingo de Cuaresma. Comenzamos el camino cuaresmal, el Miércoles de Ceniza, que lleva su ritmo propio, por decirlo así, especialmente en las lecturas de los domingos, que nos van orientando hacia la Pascua, para que, en el fondo, despertemos nuestros deseos profundos, a veces dormidos, de renovar nuestras promesas bautismales –aquellas que hicieron nuestros padres, seguramente, por nosotros en el caso que nos hayamos bautizado de niños–.

El Papa Benedicto XVI decía algo que nos puede ayudar a empezar este tiempo. Decía así: «Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios?» Y otras del Papa Francisco, en un mensaje de Cuaresma, decía así: «La raíz de los males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que nos lleva a no amar a Dios y por lo tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. La Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra». ¡Qué lindas palabras de los Papas!, que nos ayudan a comenzar estos días, que nos ayudan a modo de introducción para tomar conciencia de lo que nos perdemos cuando nos perdemos la Palabra, de lo que nos perdemos cuando no reconocemos los tiempos propios de la Iglesia que se nos regalan como tiempo de gracia; esos que nos van educando y formando el corazón, de la misma manera que Jesús se dejó modelar el corazón por su Padre, por la obediencia e incluso por las pruebas y tentaciones que le tocó vivir.

Algo del Evangelio de hoy claramente podríamos decir que tiene dos partes. Por un lado, la prueba que vive Jesús en el desierto y, por otro, el comienzo de su predicación, de su ministerio. Pero quería que nos centremos más en la primera parte hoy.

Jesús se dejó tentar, podríamos decir, para enseñarnos. Nos enseña que, en el fondo, es necesario ser tentado, aunque te suene raro lo que estoy diciendo. Pero la ecuación o el razonamiento es sencillo. Si Jesús quiso vivir y pasar por la tentación, quiere decir que nosotros también de algún modo debemos pasarla. Todo lo que le pasó a Jesús es camino que nosotros también deberemos transitar, de un modo o de otro. Por eso, ante la prueba, la tentación, podríamos preguntarnos: ¿por qué no a nosotros? ¿Qué nos queda a nosotros si él mismo la vivió? La vivió para hacerse pobre con nosotros y la vivió para vencerlas por nosotros. Por eso es lindo pensar y consolarnos con esto, con el ejemplo de Jesús y, especialmente, con su victoria, no quedarnos solo en la prueba. Saber que el mismo Jesús quiso someterse a la prueba de ser tentado, que quiso pasar por el «desierto» de esta vida para ayudarnos a pasarlo a nosotros, nos ayuda mucho a no pensar en la idea de un Dios lejano y ajeno a nosotros y, además, no sentirnos solos en la tentación. Por eso, no le tengamos miedo a la tentación, a la prueba. Tenemos que saber que es parte de la vida y que, además, es necesaria en la fe para crecer. La tentación claramente, tenemos que decirlo, no es pecado, es solo tentación, o sea, es prueba.

San Agustín decía algo maravilloso: «Nuestra vida, no puede verse libre de tentaciones; porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones». ¡Qué lindo es considerar y vivir las pruebas de la vida así! ¡Qué fuerza da el ver a Jesús venciendo al maligno, ese que siempre nos quiere apartar de la confianza que tenemos que tener para ser hijos de Dios! ¡Somos hijos del mismo Padre! ¡Esa es la linda noticia, esa es la buena noticia, ese es el llamado de Jesús! No nos olvidemos, confiemos en que él es nuestro Padre.

Eso intenta hacer el maligno. ¡Quiere que perdamos la confianza en Dios Padre! Eso es lo que logró con nuestros primeros padres (Adán y Eva), lo que logra con nosotros tantas veces, pero no lo puede lograr hoy en Algo del evangelio con Jesús, su hijo. ¡Qué alivio!

Las grandes pruebas de la vida no tienen que ver con esos «pecaditos» que cometemos a veces todos los días, que por supuesto tenemos que combatir y luchar para erradicarlos, sino que tienen que ver con cuestiones a veces mucho más profundas. En los pecaditos –como le digo– de cada día te diría que no necesitamos de Satanás para caer. Caemos nosotros solos, por nuestra debilidad y por la poca resistencia que le ofrecemos al mal de nuestro corazón y al de afuera. Satanás lo que busca y buscará siempre es apartarnos de la confianza, de la certeza, de ser hijos amados por el Padre, pase lo que pase.

En realidad, la mayor tentación, podríamos decir, esa que en el padrenuestro pedimos evitar, es la de dudar del amor de Dios; no de su existencia, sino de su amor incondicional. Jesús vino a romper con esa duda que siempre quiere anidar en nuestros corazones, cuando en el desierto de la vida todo se pone difícil, cuando aparecen las pruebas, el dolor, la indiferencia, el olvido, las injusticias, la muerte, la hipocresía y todo lo que podamos imaginar.

Hacia esa certeza caminamos en esta Cuaresma. Esta es la verdad que vino a revelarnos el Hijo de Dios, Jesús. El Hijo amado que jamás dudó del amor de su Padre, aun en los peores momentos en donde todos nosotros dudaríamos. No sé por dónde andarás, no sé por qué momento espiritual, no sé por dónde andaremos todos, pero seguro que vos y yo alguna vez dudamos, alguna vez sufrimos pruebas; es parte de la vida, es parte de nuestra fe.

Pidamos a Jesús que nos ayude a transitar este desierto que a veces se pone duro y parece que no termina más. Pidamos que nos sostenga en la duda cuando venga, en la prueba cuando nos aceche, para siempre volver a confiar y volver a empezar.