III Jueves de Adviento

on 15 diciembre, 2022 in

Lucas 7, 24-30

Cuando los enviados de Juan partieron, Jesús comenzó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que llevan suntuosas vestiduras y viven en la opulencia, están en los palacios de los reyes. ¿Qué salieron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta.

El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.

Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él.

Todo el pueblo que lo escuchaba, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley, al no hacerse bautizar por él, frustraron el designio de Dios para con ellos.

Palabra del Señor

Comentario

¿Qué es lo que te sorprende en esta vida, cada día? ¿Qué es lo que nos sorprende como cristianos? Me parece que esta pregunta nos puede hacer muy bien a todos. Es verdad que es muy general, porque podemos pensarla desde muchos lados. Pero bueno, hagamos el intento. No cuesta tanto. El saber que nos sorprende día a día, ya sea en nuestras familias, en el trabajo, en nuestras amistades, en la vida de la Iglesia, de nuestras comunidades, en la fe, leyendo el evangelio cada día, es de alguna manera como un termómetro que nos puede ayudar a «medir» por donde anda el corazón, que nos está interesando y que cosas nos pasan por al lado, por no tener interés. La sorpresa tiene que ver con lo que deseamos y obviamente lo que deseamos con lo que esperamos, con nuestra esperanza. Seguimos con el tema, porque seguimos en el adviento, tiempo de esperanza, tiempo de re-ubicar nuestros anhelos, tiempo de evaluar que estamos esperando.

Es linda la pregunta de Jesús de hoy, tiene que ver con esto que estamos hablando: «¿Qué salieron a ver?» Sería algo así como decir… ¿Qué esperaban? ¿Qué buscaban? Si buscaban un profeta, un hombre de Dios, alguien que hable en nombre de Dios, no pretendan encontrarlo en la opulencia, en alguien preocupado por lo exterior, por el refinamiento. Y por eso los sencillos encontraron en Juan lo que buscaban, un hombre de Dios, vieron lo que habían ido a ver, porque no pretendían más que eso. En cambio los fariseos y doctores, los que se las «sabían todas», los que iban a ver lo que ellos pretendían ver sin abrirse a nada nuevo, los que se adueñaban de las cosas de Dios, bueno, justo esos, no se sorprendieron para bien. Al contrario, se sorprendieron para mal, se sorprendieron para seguir «atornillados» a su manera de ver las cosas. Por eso te decía que el sorprenderse para bien o para mal, depende en realidad de lo que esperamos y también de la capacidad que tenemos para cambiar, para dejarnos cambiar por otros. El camino es de ida y vuelta. Nos sorprendemos cuando estamos abiertos a Dios, a las sorpresas de Él, y otras veces las sorpresas de Dios nos ayudan a cambiar, a aflojar y a empezar una etapa nueva, aún cuando andamos cerrados. Algunos, de corazón sencillo, andan por la vida de sorpresa en sorpresa porque son como niños y todo les hace bien, todo les sorprende para crecer. Diríamos que se sorprenden porque se dejan sorprender. En cambio hay otros que todo les sorprende pero para seguir «apoltronados» en sus pensamientos y terminar creyendo solo en ellos y en que todo está mal. Eso les pasó a los fariseos y a los doctores, y nos puede pasar a nosotros. Diríamos que no se sorprenden porque buscan la sorpresa a su medida.

¿Por dónde andan tus sorpresas? ¿Tenés sorpresas? ¿Qué te producen esas sorpresas? ¿Qué me sorprende del evangelio de hoy? A mí me sorprende que cualquiera de nosotros puede ser más grande que Juan el Bautista, siendo el más pequeño del Reino de Dios. Juan preparó el Camino, nosotros estamos en el Camino, en la Verdad y la Vida. Juan fue el último profeta, nosotros los bautizados, somos y deberíamos ser todos profetas, todos hombres de Dios, hijos de Dios. En definitiva somos más agraciados que Juan, estamos en el tiempo de la gracia y la misericordia, eso nos hace grandes, aunque no nos demos cuenta. Mientras tanto… ¿a nosotros que nos sorprende? ¿Nos sorprende la injusticia de este mundo tan desigual o el último modelo que salió y todos quieren tener? ¿Me sorprende que todavía haya personas viviendo en la calle o que mi placard se siga llenando y llenando de cosas que nunca llegaré a usar? ¿Me sorprende que haya jugadores de futbol que puedan llegar a ganar 160000 dólares por día o que haya personas que no ganan ni siquiera un dólar por día? ¿Qué nos sorprende? ¿Nos sorprende que hayamos perdido la riqueza de una Navidad celebrada y vivida con fe, en familia o que todo el mundo se regale cosas a fin de año sin saber bien por qué?

Vayamos abriendo el corazón para ir dejándonos sorprender en esta Navidad, pero por las cosas que valen la pena, por las cosas que nos abren a Dios, al amor y no tanto a lo superficial, en lo material. Dejémonos sorprender por Jesús, que no lo encontraremos en la opulencia ni en la superficialidad, sino que lo encontraremos en el silencio y en la sencillez de un pesebre escondido.