III Martes durante el año

on 24 enero, 2023 in

Marcos 3, 31-35

Llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».

Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor

Comentario

La comunicación siempre es de a dos, por lo menos tiene que haber dos. Me refiero por supuesto a la comunicación entre nosotros y a la comunicación con Dios, que es nuestro Padre, es Hijo y también Espíritu, no nos olvidemos. Ayer decíamos que lo que decimos cada día, ya sea sobre la Palabra de Dios, lo que ella nos dice, como las palabras que nosotros decimos sobre las cosas de nuestra vida, varían mucho según cómo estamos cada día, según, diríamos, el ánimo de nuestro corazón.

Nuestro corazón manda mucho, a veces demasiado, y nuestra razón también, a veces mucho más. No importa cuánto, no sé si es medible en porcentajes, pero hay que reconocerlo, no hay siempre una armonía muy duradera en nuestro interior, entre lo que pensamos y sentimos, entre lo que es razonable y lo que toca nuestras emociones. Hay como una especie de lucha diaria, casi minuto a minuto, entre lo que pensamos y sentimos, y por eso no es fácil discernir lo que vivimos, lo que vemos, lo que oímos. Vuelvo a decirte esto para que lo pensemos en la escucha diaria de la Palabra de Dios. Es fácil echar culpas hacia afuera. Es fácil decir a veces, por ejemplo: «Es muy difícil interpretar estas palabras», «La palabra de Dios es muy complicada», «No le entiendo a este sacerdote cuando habla, cuando predica», «Habla mucho o habla muy poco», «Le cuesta cerrar la idea, da muchas vueltas», «Es demasiado profundo, divaga, se va de tema», «Habla demasiado sencillo y no profundiza». Y así, cientos de frases que tenemos, que por más verdad que contengan, muchas veces nos hacen más que olvidar que gran parte de la fructificación del mensaje es la recepción, y eso depende de nosotros, de cada uno de nosotros, de nuestra disposición, de nuestra apertura, de estar atentos a captar lo que Dios nos quiere decir, más allá del que lo dice… no todo es culpa del que habla. Por eso podemos escuchar al mejor orador del mundo y si estamos en otra cosa, no sacar nada o escuchar la persona más sencilla del mundo y sacar algo porque prestamos atención, porque estuvimos dispuestos.

Pensemos en la cantidad de buenos mensajes que nos perdimos en nuestras vidas por no haber tenido en cuenta esta verdad. Por haber a veces menospreciado al que hablaba, por haber tenido por repetido lo que escuchábamos, por haber exigido demasiado, más de la cuenta al que hablaba. Esto no lo digo para justificar a veces la falta de preparación que uno puede tener al predicar, sino para que cada uno se haga responsable de su parte. Todos somos débiles, los que anunciamos y los que reciben, y como decía el papa Francisco, y lo decíamos ayer, «sufren los que escuchan y los que predican», cada uno por causas distintas, pero a veces ambos sufrimos. En estos días seguiremos con este tema. Ahora vamos a algo del Evangelio del hoy.

¿No te parece demasiado duro el mensaje de Jesús de hoy? ¿No es bastante frío con su propia madre que lo va a visitar y se encuentra con esa respuesta? Bueno, puede parecerlo, depende cómo interpretemos este momento, pero tenemos que decir que obviamente Jesús jamás pudo haber menospreciado a su madre, jamás pudo haberla hecho sentir mal a propósito ni nada por el estilo. Una mirada muy superficial, incluso de los que estuvieron en ese momento, puede quedarse con que Jesús es poco amable con su madre y sus parientes. Sería una mirada muy superficial, no se metería en la verdad de lo que en realidad quiere expresar estas palabras de Jesús.

Siempre hay que aprender a trascender lo que leemos literalmente, porque como dice san pablo: «La pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Co 3,6). Los católicos no somos «fundamentalistas de la Palabra de Dios», sino que con la ayuda del Espíritu Santo que vive en la Iglesia y en nosotros, intentamos día a día interpretarla para que se haga vida en el hoy concreto de la vida de cada uno de nosotros. Jesús entonces no menosprecia a su madre y a sus parientes, sino que aprovecha esa situación para abrir más todavía el corazón. Para enseñarles algo también a su mamá y a nosotros. Para agrandar la capacidad de amar como nunca podríamos imaginar.

Pero agrandar el corazón, entonces no quiere decir quitarle lugar al otro, o sacarle el lugar a alguien, sino dar más espacio para que entren más. Solo Jesús puede hacer eso tan bien, tan perfectamente. Eso es algo que debemos aprender en nuestras vidas con los amores humanos, familiares, amistades, en nuestras comunidades, en la Iglesia. Porque hay una falsa idea del amor que sin querer lleva a pensar que tiene que ser como exclusivo, reducido a mis propias elecciones. Y no es siempre así. Jesús vino a enseñarnos que nuestro corazón da para mucho más de lo que pensamos. Lo hizo con su vida y sus palabras, amando a todos y diciéndonos que si cumplimos la voluntad de su Padre, casi como por gracia y por regalo, somos hermanos de él, madres de él, y por tanto, se amplía nuestro corazón a lugares nunca imaginados. Seguro que ya te pasó alguna vez. Seguro que «gracias a Dios», gracias a la fe que tenés, gracias al regalo de la Iglesia, muchas más amistades entraron en tu vida, muchos más hermanos, padres y madres de las que hubieses tenido si tu vida hubiese sido sola sin la fe. Pensémoslo y recémoslo. La Palabra de Dios se hace viva porque se cumple siempre, tarde o temprano, para el que la escucha. Nadie tiene más amor, más capacidad de amar, más amigos, más hermanas y hermanos, que aquel que cumple día a día con esfuerzo, la voluntad de nuestro Papá del Cielo. ¿Qué más quiere él que seamos y nos sintamos todos hermanos? ¿Qué más quiere? ¡Qué maravilla que es ser hijos de Dios! Agradezcamos ese gran regalo.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.