III Miércoles de Adviento

on 16 diciembre, 2020 in

Lucas 7, 19-23

Juan el Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a decir al Señor: « ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Cuando se presentaron ante Jesús, le dijeron: «Juan el Bautista nos envía a preguntarte: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”»

En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Entonces respondió a los enviados:

«Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!»

Palabra del Señor

Comentario

La esperanza a la que estamos llamados, la que nos da firmeza en el día a día para seguir adelante, para luchar con lo que nos cuesta y nos pesa en el corazón, es la que de alguna manera nos mantiene «alertas y atentos» para, finalmente, dejarnos sorprender. Vuelvo a decirme y decirte: Si no estamos atentos, difícilmente nos sorprenderemos. Atentos a las pequeñeces de Dios, a las que nos regala día a día. Si estamos «atados» a las cosas, si estamos aferrados a nuestros pensamientos, si estamos esperando solo nuestros proyectos, si esperamos solo nuestros «caprichos», las sorpresas de Dios, las verdaderas, jamás nos sorprenderán –valga la redundancia–.

¿Te imaginás a Jesús mirándonos ahora, en este momento, deseando que nos dejemos sorprender, que nos dejemos de una vez por todas abrazar por él, por su amor? ¿Te imaginás a Jesús deseando que tantos miles y miles de hombres y mujeres de este mundo nos demos cuenta de su presencia entre nosotros? ¿Te imaginás a Jesús escuchándonos a todos al mismo tiempo mientras nosotros escuchamos hoy su Palabra? ¿Cuántos miles somos que leemos y escuchamos la Palabra cada día? Solo él lo sabe. Pero como decíamos en el evangelio de ayer, no todos los que dicen que sí hacen la voluntad del Padre. No basta con la palabra, sino que hay que hacer algo. ¿Te imaginás qué pasaría si todos los que escuchamos la Palabra cada día nos decidiéramos a hacer el bien olvidándonos cada día un poco más de nosotros, sabiendo que –si nos olvidamos de nosotros– nos encontramos con nuestra verdadera identidad? ¿Te imaginás qué pasaría si en vez de andar corriendo en estas fechas para comprar cosas, ayudáramos a alguien que no tiene techo, que no come cada día? ¿Te imaginás si este mundo incoherente en vez de gastar dinero en pirotecnia para festejar en lo que no cree la destinara a ayudar a los que realmente la pasan mal? ¿Te imaginás si nosotros mismos no despilfarráramos tanto dinero en cosas que no dan nada? ¿Te imaginás si todos los cristianos en sus hogares, en vez de esperar al llamado Papa Noel, nos dedicáramos a esperar a Jesús, como nos enseñaron cuando éramos niños?

Sé que estoy haciendo demasiadas preguntas y que no siempre son las que necesitás o necesitás. Por ahí es solo cosa mía. Sé que no tiene mucho marketing a veces ir contra la corriente de lo que se piensa. Pero la verdad es que muchas cosas de nuestra fe son a contracorriente inevitablemente. Nos guste o no. Pienso a veces si Jesús no estará sorprendido de nuestra falta de fe, de un mundo con tantos cristianos pero que por momentos es tan injusto, tan desigual, con tantas diferencias. De hecho, él mismo se lo preguntó: «Cuando vuelva a la tierra, ¿encontraré fe?»

Sé también que son miles y miles los que hacen el bien cada día y que se la juegan por Jesús en el silencio. Eso es lo lindo, eso da esperanza también. Eso sorprende. Nunca dejemos de querer sorprendernos. Nunca dejemos que el pesimismo nos venza, nos liquide el corazón. Es difícil muchas veces creer en el Jesús verdadero, en el de los evangelios. Hoy volvemos a escuchar la duda de Juan el Bautista: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» ¿Cómo es el Dios hecho hombre en el que creemos?

Tener fe es una maravilla, es un don, es alegría. Pero también es una tarea, es lucha, es a veces incomprensión, es purificación y –porqué no– incluso desilusión de tantas cosas. Juan esperaba una cosa y se encontró con otra. Por ahí a nosotros alguna vez nos pasó lo mismo, en la Iglesia, en nuestro grupo de oración, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestra familia, en nuestra comunidad. ¿Cuántas personas dejan una comunidad cristiana cuando conocen a las personas que la forman? Y uno se pregunta: ¿Qué esperaban encontrar? ¿Perfección? Uno se desilusiona cuando espera encontrar algo que en realidad no existe. Es real, hay que ser realistas. Los que formamos la Iglesia somos muy humanos, «demasiados humanos». Aunque te parezca raro, es necesario desilusionarse un poco para crecer en la fe. Para después darnos cuenta, como Juan el Bautista, de que el verdadero Jesús no es el que por ahí conocimos al principio o nos imaginamos.

Solo si hacemos este camino de purificación, después viene la sorpresa, viene la fe más pura y sincera. La fe que se aferra no de ilusiones o de ideas preconcebidas o mal enseñadas, sino la fe del Jesús del evangelio, del Jesús silencioso en la Eucaristía, del Jesús escondido en el pobre sufriente, del Jesús real. No el triunfante, no el Jesús de los «miles de seguidores» o del Jesús de los «me gusta», sino el Jesús que eligió nacer escondido y sin publicidad, del Jesús que le escapa al aplauso, del Jesús que prefiere el silencio antes que el ruido, del Jesús que regala amor y no cosas.

¿Cuál Jesús querés esperar en esta Navidad? ¿Cuál Jesús le estás enseñando a esperar a nuestros hijos en esta Navidad? Mirá que si enseñamos a esperar cosas que no existen, a la larga viene la desilusión y no siempre hay fuerzas o ganas para salir de ahí. Jesús es real, está vivo. Y es mucho mejor esperarlo a él.