Marcos 12, 28-34 – IX Jueves durante el año

 

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos.»

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios.»

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

No solo hay que leer, sino que hay que leer con atención, hay que leer escuchando, de alguna manera. Es verdad que leer los evangelios nos va introduciendo lentamente en el corazón de Jesús, casi por inercia, digamos. Nos va introduciendo en el misterio de su vida, pero también es verdad, que no pasa por leer solamente, así no más, como quien lee una historia cualquiera, una novela. Sino que es un leer distinto, es un leer creyente, se dice… es un leer que escucha y saborea día a día. Es un leer que implica mucho corazón. Sé que esto que te planteo parece un poco imposible, algo imposible, pero no lo es, si empezamos a experimentarlo y a disfrutar de la palabra de Dios, nos empieza a gustar, la empezamos a desear. Alguien me dijo una vez: “Padre, recién ahora con 4 hijos estoy aprendiendo a ser padre”. Las cosas en la vida son fáciles al leerlas, al estudiarlas, sin embargo, no lo son, no son parte de nuestra vida hasta que no las vivimos en carne propia, no hacemos la experiencia y la asimilamos. Puedo saber de memoria el evangelio, citarlo de lado a lado, de memoria, pero puedo no vivirlo, puedo todavía no entenderlo, no aceptarlo, en el fondo. El evangelio se vive cuando en todo “veo, huelo, siento, gusto y toco”, de alguna manera, a Jesús. Cuando todo lo que leo, tanto lo lindo como lo difícil, lo veo después “en la calle”, por decirlo de alguna manera, en la vida concreta, lo veo y experimento en el mundo.

Las palabras de Dios son fuente de vida que enseñan a vivir bien, a vivir como Dios quiere, como Dios manda, se dice… marcan el rumbo de cada acción e iluminan, poco a poco, los pensamientos.

“¡Escucha, hija, mira y presta atención! Olvida tu pueblo y tu casa paterna, y el rey se prendará de tu hermosura. Él es tu señor: inclínate ante él”, dice el Salmo 45. Así habla Dios y ¿por qué no adaptarlo en este día para nosotros? “Escucha hijo, escucha hija, mirá, prestá atención, olvidá lo que tenés que hacer hoy, olvídate por un rato de tus preocupaciones, olvidá tus afectos por un momento, olvidá lo que te inquieta, lo que tenés que hacer, lo que pensás que es importante. El rey, Dios que es tu Padre se enamorará de tu hermosura, está enamorado de tu hermosura. Una vez más, estés como estés, de la hermosura de tu corazón, triste puede ser, encerrado, cabizbajo, como no sabiendo para dónde ir, pero él está enamorado de nuestra hermosura. El corazón que solo él conoce y solo él puede descubrir. Pero solo nos pide una cosa: ¡tenemos que reconocer, que es nuestro Señor, inclinarnos ante él!

Quise empezar así el audio de hoy, porque las palabras de Jesús en Algo del evangelio, son una invitación clara a escuchar. En realidad, Jesús viene respondiendo discusiones y pruebas, y se podrían decir muchísimas cosas con la respuesta de Jesús. Pero quería centrarme en una, que a veces pasa desapercibida a nuestro paladar del corazón, a veces no escuchamos la primera palabra importante del mandamiento más importante. ESCUCHA. En otros evangelios se tendrá tiempo de pensar y rezar en la unidad de los dos mandamientos, algo que creo que ya sabés, las dos cosas, amar a Dios y amar a los hombres. Amando a los hombres, amamos a Dios. No se puede separar el amor de Dios del amor del prójimo. Amamos más a Dios cuando más amamos a los otros, y amamos más a los demás, cuando más amamos a Dios. Pero de hace cuánto que no reflexionamos sobre el hecho de ESCUCHAR. Lo primero que no hacemos y deberíamos hacer, a veces, en el día, es escuchar. Es leer, pero escuchando. Me dirás: “bueno, pero, padre, yo estoy escuchando el audio, te estoy escuchando”. Pero te diré que ahora estás oyendo, porque escuchar es otra cosa, es un paso más. No siempre se oye escuchando, ni se escucha oyendo.

Si no escuchamos a Jesús no hay posibilidad de amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como él desea. La escucha diaria, continua, paciente, perseverante, es la que nos pone en el camino del amor. Si escuchamos a Jesús amaremos, si no escuchamos no amaremos. ¿Vos crees que amás y no escuchás? ¿Vos crees que amás y nos sos capaz de estar un tiempo sentado, escuchando al que decís que amás?

Te propongo que, hoy pienses en estas palabras de Jesús, estos mandamientos, no como un mandato impuesto desde afuera, sino como una promesa que él mismo nos hace, si aprendemos a escuchar. Amarás… Amarás. Si escuchás vas a poder amar, si escuchás, vas a empezar a encontrar motivos para amar, si escuchás a ese que no querés escuchar, lo vas a empezar a conocer y conociéndolo, inevitablemente, algún día lo amarás. La escucha sincera conduce al amor. Es imposible escuchar a Dios y no amarlo. Por eso, te habrá pasado y te estará pasando que la Palabra de Dios te va enamorando, te va atrapando, te va generando una linda “atracción” que te enamora. Si escuchás todos los días la palabra de Dios, cuando menos te des cuenta lo amarás, “con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”. Si escuchás mejor y de corazón a tu prójimo, tarde o temprano terminarás amándolo, porque lo conocerás y no se puede no amar algo, que es “imagen y semejanza de Dios”.