Marcos 12, 38-44 – IX Sábado durante el año

 

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba como la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos una nueva semana acompañados de las palabras de Dios, de las palabras que no pasan, que permanecen para siempre, de corazón en corazón, de generación en generación hasta el fin de los tiempos, aun cuando todo pase. Palabras de Dios, palabras que quedaron grabadas para siempre en la Sagrada Escritura, por aquellos que inspirados por él las escribieron, y en cada corazón que las cree y las lleva a la vida, a la práctica. Por eso, podríamos quedarnos sin biblia, sin papel escrito de la palabra de Dios. Pensando en algo drástico, que se acaben todos los libros, que se rompan todos los lugares donde está guardada esa palabra de Dios. Sin embargo, la palabra de Dios permanece en tu corazón y en el mío cuando las vivimos. Jamás pasarán. Hay palabras o frases de la Palabra de Dios que es bueno, por eso, no dejarlas, de alguna manera, “pasar” fácilmente. Qué lindo intentar seguir repasándolas por el corazón, porque son claves, son importantes. Son palabras que engendran otras palabras. Podríamos decir que engendran actitudes distintas en nosotros. Palabras que nos ayudan a cambiar de pensamiento, palabras que no pasan jamás, pero que hay que hacerlas revivir una y otra vez. ¿Cómo hacer para hacerlas revivir? Viviéndolas nosotros, llevándolas a la práctica, no dejando que caigan en corazones agujereados, sino en corazones dispuestos a hacerlas carne. ¿Qué palabra de Dios te representa a vos? ¿Con qué palabra de Dios creés que los demás te recordarán el día que te toque partir? ¿Qué palabra de Dios mostrás al mundo que no cree? Es lindo pensarlo así. Es lindo pensar que cada uno de nosotros, de alguna manera, como en el gran libro de la vida, en el gran libro que Dios quiere decirle a la humanidad, de alguna manera, cada uno de nosotros es como una palabra que forma todo el mensaje de Dios. Y es bueno pensar cuál es la que a mí me encontró, porque la palabra de Dios, de alguna manera, nos encuentra, nos topa por el camino.

Por eso, muchas veces te propongo repasar Algo del evangelio de la semana. Creo que es una ayuda más, un paso más que podemos dar. Sin embargo, en este sábado te propongo que meditemos el de este día.

Se puede decir que todo el evangelio, todos los textos del evangelio, son como un drama entre los que necesitan ser salvados, y lo demuestran, y los que no necesitan salvación y están orgullosos de eso, los que se creen tenerlo todo y no necesitan de nadie. Te diría que toda la historia de la humanidad es la historia de los que se creen salvados por sí mismos, por el poder, por el dinero, por el prestigio, por la fama, por una religiosidad del cumplimiento, por sus propios planes y miles de cosas más, y de los que nunca se consideran salvados por alguna circunstancia humana, por el contexto en el que vivimos, sino los que siempre manifiestan que la salvación es un regalo. Es un regalo que viene de lo alto y no de este mundo material, y Jesús, en el medio de la historia, en todo sentido, queriendo mostrarnos con su amor que la verdadera salvación no viene de los poderes de este mundo, sino que viene de su amor misericordioso, de su corazón que ama hasta el final, y que desde la cruz nos sigue diciendo que no vale la pena “bajarse de la cruz” y no querer sacrificarse por el amor, sino que vale la pena amar hasta el fin; que no vale la pena querer ocupar los primeros puestos, ser saludados en las plazas, en los lugares públicos, ser aplaudidos por los demás. No vale la pena, sino que vale la pena otra cosa.

Por eso, la pobre viuda del evangelio de hoy, una viuda pobre, mejor dicho, dio más que nadie. Es la viuda pobre que no quiso, de alguna manera, guardarse nada para sí misma, sino que, con lo poco que tenía, quiso ayudar a otros para poder salvarlos, para poder ayudarlos. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, lo amarrocó, lo guardó, pensando en su subsistencia, sino que confió en que, dando con el corazón, nunca sería abandonada por Dios. Esa es la lógica del que es generoso, que da sabiendo que nunca será abandonado. Da sabiendo que todo lo que se da, de alguna manera, se multiplica y así como él pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la lógica del generoso. No es que lo hace para que le den, pero lo hace confiando en que alguien, más bueno que él, o igual que él, aparecerá.

La más pobre dio más que todos los ricos, según la Palabra de hoy. Evidentemente, como decía alguien por ahí, Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? ¿Te parece lógico eso? ¿Le parece lógico a este mundo que busca en todo sacar el máximo beneficio con la mínima inversión? Jesús no sabe ni de matemática, ni de inversión, ni de mercados, ni de conveniencias y, por ahí, lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón, que no puede medirse. Me inclino a pensar que él mira lo que a nosotros nos cuesta ver. Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón y dar poco puede ser compatible con darlo todo. No siempre, pero puede ser compatible, como el caso de hoy. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón, a veces, es matemática pura, donde siempre 1+1 es 2. Sin embargo, sabemos que no es así.

Menos mal que las cosas de Dios no son así, si no estaríamos bastante complicados todos. La vida del corazón no es una ciencia exacta, ciencia al estilo de este mundo. Es ciencia, pero del corazón. Va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso, a veces, la salvación, negociando con Dios para ver qué nos dará, si le damos algo o cuándo nos dará lo que queremos que nos dé, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Intentemos hoy vivir y pensar que la “salvación” de nuestra vida, la alegría y la felicidad de nuestra vida, porque eso es la salvación, la comunión profunda con nuestro Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, la salvación y la alegría de nuestra familia no pasa por la cantidad de bienes que tengamos y acumulemos, sino que pasa, en el fondo, y bien arribita también, por la generosidad con la que vivamos. Sea mucho o poco lo que demos, no importa. El cálculo mejor dejémoslo en manos de Jesús, que, gracias a su Padre, por ahí, no sabe tanto de matemática. Aprendemos de esta viuda, que supo darlo todo, aunque nadie se había dado cuenta, sino solamente Jesús. Qué bueno, qué lindo que Jesús sea el único que se dé cuenta lo que verdaderamente damos cuando damos. Gracias Señor por mirar el corazón y no mirar las apariencias.