Mateo 10, 26-33 – XII Domingo durante el año

 

Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

¿Quién de nosotros puede animarse a decir que nunca le tuvo miedo a algo en su vida? Que levante la mano el que nunca tuvo miedo en su vida. Todo puede ser, pero imagino en este momento, mientras escuchás, estés donde estés, seas de donde seas, de la ciudad, del campo, en este país o en otro, joven o no tanto… imagino que ninguno de nosotros levantaría la mano si lo piensa seriamente. Por lo menos yo no me animo. Sin embargo, como te dije todo puede ser. Ayer hice esta pregunta en la Misa y aunque no lo creas, solo una persona levantó la mano. Era un niño. ¿Sabés quien fue? Johnny. Sí, otra vez nuestro amigo que nos descoloca, no se equivoca, solo que nos descoloca. Me hizo trastabillar la homilía, porque no sabía para donde disparar. Jamás pensé, y por eso prejuzgué, que alguien pudo no haber sentido nunca miedo en su vida. Sin embargo la respuesta sincera e inocente de este niño me dejó pensando. Le dije: “Johnny, ¿estás seguro de que nunca? Pensalo bien” Me dijo: “No padre, nunca” Yo seguía dudando y le dije otra vez: “¿Estás seguro que jamás te pasó?”. “Nunca”, me contestó. Era verdad, Johnny nunca había sentido miedo a nada, pero no por temerario, sino por su sencillez y confianza en Dios. Entonces, ya sin saber para donde “disparar” le dije: “Johnny, lo que pasa es que vos sos especial”. ¿Sabés que me contestó? “Si, padre, la verdad es que soy especial” Ahí nos reímos todos, pero de ternura.

La verdad es que hay que ser muy especial para no haber sentido nunca miedo. Es un regalo que recibió este niño tan bueno y especial, porque la mayoría de los mortales, vos y yo, de una manera u otra, disfrazado de una cosa u otra, tuvimos miedos, tenemos miedos y tendremos miedos en la vida. Son parte de la vida y por eso en algo del evangelio de hoy, claramente Jesús nos dice tres veces: “No teman…” No teman a los hombres, no teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma, que no temamos porque “tenemos contados todos nuestros cabellos”. No tengamos miedo a tener miedo. No le escapemos al miedo, porque a los miedos hay que enfrentarlos, reconocerlos y como se dice por ahí… “ponerle nombre” Hay que preguntarnos de frente, sin miedo. ¿Qué es lo que me da miedo?

¿A qué le tenés miedo en esta vida? ¿Qué es lo que te produce miedo y te paraliza, no te deja ser lo que podrías ser? ¿Qué situaciones, personas, te generan miedo y no te permiten ser lo que en realidad sos cuando no tenés miedo? Escaparle a los miedos es sumar más miedo, es no resolver los desafíos. Podríamos hablar mil cosas sobre los miedos, sin embargo el evangelio es bastante direccionado, relacionado a una cuestión en particular. ¿Tenemos miedo a hablar de Jesús ante los demás? ¿Tenemos miedo de reconocer a Jesús frente a los hombres, que en definitiva, siendo un poco extremistas, lo peor que pueden hacernos es matarnos el cuerpo? Sin embargo, no es ser extremista, porque hoy en día hay cristianos que son asesinados por amar a Jesús. Les matan el cuerpo, pero no el alma. No podemos olvidarnos de rezar por ellos. ¿Tenemos miedo a Dios? ¿Nos acercamos a Él con confianza?

Podemos andar por la vida teniendo miedo a los hombres y también teniéndole miedo a Dios. O también podemos andar por la vida siendo temerarios, no teniéndole miedo ni a los hombres, ni a Dios. Sin embargo, Jesús hoy nos enseña a qué hay que tenerle miedo, y a que no. A Dios tenemos que tenerle un cierto temor, aunque parezca raro, en realidad “un santo temor”, como siempre enseñó la Iglesia. Es el don que recibimos en la confirmación, y así lo expresa la palabra de Dios: “Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.” Quiere decir que hay un sano temor en esta vida, hay un temor santo, un temor que nos hace bien, que nos posiciona en el lugar que debe ser, en el ser simples creaturas que reconocen a Dios como su Señor, lo respetan, pero al mismo tiempo que confían. Son dos cosas posibles. Respetar y confiar. Dios es Dios, nosotros somos sus hijos. Dios nos ama y nosotros debemos amarlo. Es un santo temor que nos impulsa a amar y a confiar, nos impulsa a no quedarnos y bloquearnos.

En cambio hay un temor que no nos hace bien, es el temor que nos paraliza, que no nos deja amar con libertad, que nos estanca y nos hace mediocres, y que a medida que crecemos más trabas nos pone. ¿Es posible que a veces por respetos humanos tengamos miedo de reconocer a Jesús frente a los demás? Si, es posible. Pero cuidado, porque si no reconocemos a Jesús frente a otros, por miedo, Él no nos reconocerá frente al Padre. ¿Qué preferimos? ¿Amar y dejar los miedos de lado o pensar solo en nosotros y perdernos de lo mejor? Por mi parte, me gustaría poder vivir como un niño, como Johnny, que es especial.