Mateo 10, 37-42 – XIII Domingo durante el año

 

Dijo Jesús a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo se vuelve más fecundo, mucho más, cuando se descubre su sentido más profundo. Cuando descubrimos que realmente es el “día del Señor”, por eso se llama domingo. Es el día del Señor. No es solo un día para nosotros. No es el día en el que simplemente dejamos de hacer todo lo que nos agobia en la semana y hacemos “lo que queremos” y nos tiramos “panza para arriba” para no hacer nada. Es la Pascua de cada semana, el día en el que de alguna manera revivimos que Jesús está vivo. Es la pascua semanal. El paso de la muerte a la vida de cada semana, el tuyo y el mío y el de todos. Bueno, hay que hacer el intento de alguna manera de santificar el domingo, como podamos, según la situación que estemos, pero hacerlo “día del Señor”. Cuánta fuerza, cuánto coraje nos falta a veces en la fe a los católicos. A veces parece que estamos dormidos. ¿Creemos o no creemos? ¿Creemos que es el “día del Señor”?

Sé que lo que te voy a decir es difícil y hasta parece duro, por el mundo en el que vivimos y porque teniendo familia todo parece más difícil. Sé que por ahí estarás pensando: “Bueno, es fácil decir eso porque sos sacerdote y te tenés que dedicar a eso, es fácil porque no tenés una familia detrás”. Es verdad y estoy de acuerdo que a veces los sacerdotes decimos con mucha liviandad cosas a los demás, que los demás “tienen que hacer” y nosotros a veces no las hacemos o no las vivimos, no las experimentamos o las miramos de afuera. Es verdad, puede pasar. Pero no te olvides que también los sacerdotes no salimos de un “repollo”. Tuvimos y tenemos una familia. No nos trajo la cigüeña a este mundo. Venimos de una familia hecha de la misma madera que la tuya, con sus cosas lindas y sus dificultades, con sus heridas, dolores, y alegrías y gozos. Por mi parte, gracias a Dios, tengo una linda familia de sangre, seis hermanos, mis padres que todavía me acompañan y ahora se sumó un batallón de sobrinos, ya casi 18. Y, además, tengo la gran familia de la Iglesia, que es un regalo inmenso, que hoy es la comunidad de mi parroquia. Con lo cual, sería medio ilógico decir que “tocamos de oído” ciertas cosas, que no tenemos experiencia de familia.

Si hay algo que viví junto a mi familia y que nunca dejaré de agradecerles, es cómo vivíamos el domingo. El domingo era para nosotros, con sus idas y venidas, el “día del Señor”.  Del Señor que ama a la familia y le gusta ser amado por una familia. Porque es así, una cosa no se opone a la otra, sino que la una potencia a la otra, la exalta, la enaltece, la trasciende. Era el día en el que nos vestíamos especialmente para ir a misa, no de cualquier manera, nos vestíamos bien; en el que íbamos juntos a misa; en el que salíamos a comprar algunas cosas para después almorzar juntos, recibir visitas; en el que disfrutábamos de estar juntos, de alguna manera  (aunque, como siempre, a veces, también nos peleábamos),  de “no hacer nada”, pero juntos, en familia. Dios no se opone a la familia. Dios es familia y disfruta de la familia, pero para eso hay que darle su lugar. Hay que darle culto a nuestro Señor. Hay que cultivar la amistad con Dios. Hay que darle tiempo, el tiempo que le corresponde, como hacemos con las personas que amamos, les damos tiempo. Hay que rezar en familia. Hay que animarse a rezar el rosario. Animarse a ir juntos a misa en la medida de nuestras posibilidades. Hay que animarse a estar con el Señor y estar en familia.

Algo del Evangelio de hoy, aunque no tiene mucho que ver con esto del domingo, sí tiene que ver con la “escala de amores”, por decir así, la jerarquía de amores en nuestra vida. Suena duro, suena estricto. Jesús parece duro. Suena un Jesús como celoso y posesivo. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí ». ¿Escuchaste eso? «el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». No olvides esas palabras. No te escandalices, no te asustes. Vos y yo hacemos lo mismo o, mejor dicho, pretendemos lo mismo. ¿Qué pretendés de tu mujer o de tu marido? ¿No pretendés que te ame más que a los otros? ¡Claro! ¿Qué pretendés de tus hijos, que te amen más a vos o a otros papas? ¿No exigís que te amen más que a un tío, una tía, un vecino? ¿Qué necesitás de tu amigo o de tu amiga? ¿No te gustaría que te ame más que a un simple compañero? ¿Qué pretendés de tus padres? ¿No disfrutás cuando te aman por sobre todas las cosas, más que a otros? Bueno. Si nosotros que estamos llenos de debilidades, e incluso somos malos, como dice el mismo Jesús, a veces, incluso no amamos siempre bien, pretendemos eso del amor de los demás. ¿No crees que Jesús, que Dios tiene el derecho de exigirnos que lo amemos más que a todos? ¿No es lógico?  ¿No es entendible que el que nos dio la vida y el que dio su vida por nosotros pretenda que la demos por él?

Hoy podríamos “modernizar” esta frase y jugarnos más y decir: “El que ama a su perro o a su gato más que a mí, no es digno de mí. El que ama más a su equipo de fútbol o a su ídolo mundano más que a mí, no es digno de mí. El que ama más la televisión, un libro, su carrera, su profesión más que a mí, no es digno de mí, no es digno de mí”. Hay gente que ama más los animales que a las personas, y que a Jesús. Y eso es triste.  Y así, cada uno podría meter su debilidad en esta frase. Todos tenemos debilidades que, en definitiva, ponen de manifiesto en d´ónde está realmente nuestro corazón o por qué cosas estamos dando la vida, en qué cosas estamos perdiendo la vida. El mundo de hoy nos llenó de prioridades, que en realidad no son prioridades, que opacan el amor de Jesús. Nos llenó de cosas que nos “quitan el sueño” y no nos permiten poner cada cosa en su lugar. El que ama en el orden que Jesús quiere, finalmente termina amando más y mejor, y a todos y, además, ama bien. El que no ama en el orden que Jesús nos enseña, no solo se pierde de amar lo mejor, a Jesús, sino que ama mal aquello que dice que ama. Posee, como pasa tantas veces.

Que el “día del Señor” nos sirva a todos, por decirlo a lo argentino, como “amorómetro”, para medir nuestra escala de amores. ¿A quién amamos primero? ¿A quién amamos más?