Mateo 8, 1-4 – XII Viernes durante el año

 

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme.» Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» Y al instante quedó purificado de su lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio.»

Palabra del Señor

Comentario

Los miedos que sufrimos muchas veces se disfrazan, por decir así, de diferentes actores. Toman diferentes figuras. El miedo no siempre es paralizante como a veces pensamos. El temor toma diferentes tonos a lo largo de la vida, de los momentos y de las situaciones. ¿Creés que lo que te atemorizaba cuando eras niño, niña, es lo mismo que te da miedo hoy? Obviamente que no. Pero lo que sí tenemos que tener claro, es que la mejor estrategia de nuestro enemigo, que como dice la Palabra de Dios “como león rugiente ronda buscando a quien devorar el maligno”, es que seamos presos del miedo, esclavos, que de una manera u otra, el miedo nos domine y no nos deje ser lo que podemos ser, luz y sal. Ya sea para no ser lo que podemos ser, por respetos humanos, por miedo a lo que dirán, por vergüenza y por tantas opiniones ajenas que nos frenan para ser libres y santos, como para parecer tan seguros por fuera, pero por dentro ser un conjunto de inseguridades y miedos que se manifiestan bajo aparentes “corajes” exteriores. Pero, en el fondo, todo es temor a no ser amados, a perder el amor, que es lo que nos sostiene, y, por eso, nos paralizamos y queremos conseguirlo a cualquier costo, incluso con violencia. A veces pretendemos que nos amen con violencia. ¿Sabías que la violencia, el autoritarismo, la soberbia, la ira, el poder exacerbado, la avaricia, la lujuria, de alguna manera, son manifestaciones de nuestro miedo más profundo a ser hombres y mujeres solitarios?

Sé que parece raro, pero, si te pones a pensar, en el fondo es así. Lo que pasa es que no percibimos la causa de la enfermedad, la causa de nuestros miedos. La peor enfermedad del corazón es la falta de amor, es a lo que el corazón más le teme y, cuando nos falta amor, o lo buscamos bien o lo buscamos mal, o lo manifestamos bien o lo manifestamos mal. No sabemos muchas veces expresar lo que queremos y no sabemos amar como en realidad podemos o como en realidad Dios desea.

¿De qué tenés miedo entonces? Por ahí algunas situaciones nos ayudan ¿Tenés miedo a que tu hijo no sea lo que tiene que ser o lo que querés que sea? Amalo ahora. No esperes que sea lo que querés que sea. No hay tiempo. El tiempo es ahora, es hoy. ¿Tenés miedo a no lograr el objetivo que te propusiste? Hacé lo mejor que puedas hoy, en este momento, porque a cada día le “basta su aflicción”, como dice Jesús. ¿Tenés temor de que tu matrimonio, tu familia, tu comunidad se desmorone? Hacé todo lo que esté a tu alcance. Rezá e intentá hacer la voluntad de Dios, amando ahora. ¿Tenés miedo a la muerte? Confía en la palabra de Jesús, “él está con nosotros, hasta el fin del mundo”. ¿Tenés miedo que no se te valore por lo que hacés? ¿Tenés miedo que lo que hiciste sea tirado al tacho, a la basura? “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. No te preocupes por eso. ¿Tenés miedo a la situación de tu país, a lo que estamos viviendo ahora? Luchá por ser honesto y no sigas ninguna ideología, ningún ser humano, que a veces ciega y enferma el corazón. Y así podríamos seguir con muchas preguntas, pero pensá en tus propias preguntas.

En Algo del Evangelio de hoy, Jesús baja de la montaña. ¿Te diste cuenta? No es un detalle así nomás. Terminamos el sermón del monte que nos llenó el corazón de tener deseos de ser hijos de Dios. Pero ahora, hay que bajar al llano y experimentar lo normal, lo cotidiano, lo de cada día. Tenemos que bajar a vivir lo que escuchamos, no podemos quedarnos únicamente en escuchar. «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo». ¿Te suenan estas palabras? Así termina Jesús este gran discurso que nos llenó de vida.

Pero hoy, se le cruza por el camino un leproso, un hombre enfermo y solo. La enfermedad lo había dejado solo, lo habían despreciado. Nadie quiere estar con un leproso, solamente aquel que quiere amar. Nadie quiere acercarse a aquel que puede contagiar semejante enfermedad, como a veces nos pasa a nosotros. Pero Jesús, baja al llano, al llano de la vida, se pone a la par, se mete en medio del lío de este mundo. De aquellos que todos desprecian, de tu vida y la mía, para encontrarse con vos y conmigo, incluso con los que nadie quiere encontrarse. Se mete en el llano, en el barro, en la lepra, en la enfermedad, para que dejemos de tenerle miedo a Dios y nos demos cuenta que solo él es Padre. Dios es Padre y puede curarnos, consolarnos, sanarnos, quitarnos el miedo, animarnos, levantarnos, corregirnos y todo lo que necesitamos para vivir mejor de lo que estamos. ¿Quién te dijo que Dios es un problema? ¿Quién te dijo que Dios es un ser malo y castiga? ¿Quién te dijo que acercarse a Jesús es de raros, es de locos? ¿Quién te hizo escaparle a Dios por seguir tu propio proyecto? Mejor no le echemos más la culpa a nadie, porque, en realidad, nosotros somos los primeros culpables, los miedos de nuestro corazón, el miedo a no ser amados.

«Señor, si quieres, puedes purificarme». Señor, quiero decirte esto hoy desde el corazón. Digámosle “Señor… “ Decile vos también, con tus propias palabras. Decile a Jesús: “Señor, si quieres, puedes purifícame”. Si querés, si podés… ¡Qué humildad la de este pobre hombre, tan necesitado! “Si querés, podés” le dijo. Te dejo Señor, te dejo que hagas lo que vos seguramente querés hacer y yo tantas veces no dejo por creerme que no lo necesito. Señor, te dejo que actúes en mí. Que hagas lo que ninguna terapia, ninguna medicina alternativa, ningún curandero, ningún “arte de vivir”, ningún “pare de sufrir” puede lograr, solamente vos. Sanarnos y purificarnos de la mayor de las enfermedades, de la madre de todas las enfermedades, que es nuestra “lepra interior”, que deforma nuestro órgano más vulnerable y sensible, el corazón. Señor, hoy dejo que me purifiques, te lo digo con el corazón. Me postro para que me purifiques si querés, dejo que hagas lo que tantas veces impedí que hagas, por creerme autosuficiente, por estar subido al caballito de mi ego, por mirar a todos desde arriba pensando que yo podía solo, por no dejarme amar, por amar a mi manera, por dejarme invadir de la avaricia de este mundo.

Yo lo quiero. Te lo digo enserio, yo también lo quiero y se lo pido. Vos que estás escuchando ahora ¿lo querés y se lo pedís? Seguro que los dos queremos escuchar estas palabras de Jesús al corazón: «Lo quiero, quedan purificados». Enviale hoy este audio a alguien que creés que necesita ser curado de la lepra, no tengas miedo a ser instrumento del amor de Jesús.