Mateo 9, 35-38 – Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo

 

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

En este día, en esta fiesta, donde recordamos a este gran Obispo de Lima del siglo XVI, me parece una linda oportunidad para reflexionar sobre la vocación al pastoreo, sobre el sacerdocio, ya que, además, él es el patrono de todos los obispos de Latinoamérica.

“¿Cómo te surgió la vocación? ¿Cómo te diste cuenta de que Dios te llamaba?” —nos preguntan muchas veces a los sacerdotes, jóvenes y a veces no tan jóvenes. Nos preguntan sobre el misterio de nuestra vocación, nuestra propia vocación; que en realidad tiene muy poco de propia y mucho de Dios, el Gran Pastor. Porque es Dios el que nos llamó. Es Dios el que nos eligió, es Jesús, y nosotros simplemente hemos dicho que sí. A veces, luchando, otras veces, más fácil, pero fue él el que nos llamó. La respuesta que doy muchas veces es también en forma de pregunta y suelo contestar así: “¿Tenés tiempo para que te cuente?” Porque no es una respuesta evasiva; es difícil explicar en pocas palabras toda una vida –la propia vida–, porque es cierto que el que se siente llamado por Dios puede detectar claramente que en su camino hubo de alguna manera un momento concreto en el que sintió especialmente el llamado. Pero al mismo tiempo también es cierto que el “tesoro de la vocación” –por llamarlo así– siempre estuvo escondido en el campo del corazón de aquel que fue elegido sacerdote. ¿Te acordás de la parábola del tesoro escondido? Y es por eso que para contar cómo lo hemos encontrado no basta explicar el momento de la “palada final” con la cual nos topamos con ese tesoro; sino todo el proceso de cómo se llegó a esa palada y eso es algo bastante difícil.

Por eso hoy, desde Algo del Evangelio de hoy, nos podemos preguntar: ¿por qué no pensar que la vocación, el llamado de los miles de sacerdotes de la historia, de los que están y vendrán; provienen de esta petición de Jesús de hoy? «Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». Somos fruto del amor del corazón del Padre que ama a todos y que, al mismo tiempo, se deja conmover por la petición de sus hijos que le piden más trabajadores, más sacerdotes para la cosecha. Especialmente, de su Hijo con mayúscula.

Y por eso podemos pensar hoy en el porqué del sacerdocio o en el para qué del sacerdocio que Dios quiso para la Iglesia. Este sacerdocio a veces tan cuestionado por los de afuera y también por los de adentro. ¿Cómo pensás que Dios se las ingenia día a día para seguir recorriendo el mundo, las ciudades y cada lugar, enseñando su verdad, anunciando la buena noticia de su salvación, curando todo lo que enferma al hombre? Se las ingenia de la misma manera que se las ingenió siempre, desde que existe el mundo, no de manera “extraordinaria” o, por decirlo de otra manera, maravillosa, sino al modo humano, eligiendo instrumentos humanos para descubrir lo divino, para transmitir lo divino, para encontrarlo a él. Y alguno dirá por ahí: “¿No podría haber elegido algo mejor? ¿No podría haber elegido una manera más efectiva, por decir así? ¿Realmente es ingeniosa esta manera de hacerse presente Dios en el mundo?”. Como poder… la verdad que Dios hubiese podido cualquier cosa. Ahora, quiso otra cosa, quiso esto, quiso elegir el modo que seguramente diera más fruto y por eso decidió hacerse hombre como nosotros, para acostumbrarse a vivir como hombre y para que el hombre se acostumbre a vivir con Dios. Un gran misterio, pero una gran verdad que no podemos eludir. Y es por eso por lo que Cristo anduvo por la tierra como hombre, enseñando, anunciando y sanando, pero no quiso hacerlo solo. Este es también un gran misterio y al mismo tiempo una gran alegría, y lo que fundamenta el sacerdocio católico. Dios que se hace hombre y deja que el hombre participe de su misión, pide ayuda. De hecho, mientras él lo hacía, les encargó a sus discípulos que lo ayuden para poder llegar a todos los hombres posibles de su época, de su entorno.

Jesús necesita del hombre, necesitó de hombres para llegar a todos los hombres; necesitó de sus discípulos para cumplir su Misión, también de algunas mujeres, y les encargó a sus discípulos que continúen su Misión en su ausencia. Por eso el sacerdocio católico es el corazón, los ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies de Jesús, extendidos a lo largo del tiempo para poder acoger, mirar, escuchar, hablar, tocar y acompañar a todos los hombres posibles a lo largo del tiempo y en todo el mundo. El sacerdocio es la respuesta del Corazón conmovido de Jesús al ver tanta gente que anda por el mundo sin guía, como “ovejas sin pastor”.

Los que fuimos elegidos para ser sacerdotes no sabemos explicar mucho el porqué. Lo único que sabemos explicar es lo que se vive y se siente. Lo único que podemos decir muchas veces es que la verdad, la cosecha es abundante y somos pocos, pero que siempre fue así –desde tiempos de Jesús–, lo único que podemos decir es que sigamos rezando todos para que haya sacerdotes que trabajen en serio. Podemos pedirle a Santo Toribio que interceda por nosotros, y nos ayude a ser santos. A ser, verdaderamente reflejo del amor de Jesús en este mundo.

Jesús nos enseñó a pedir “trabajadores”, sacerdotes trabajadores. A veces un sacerdote trabajador ayuda más que muchos otros que no trabajan tanto. Hay que rezar por todos.

Jesús no nos mandó a hacer grandes eventos de “atracción” sacerdotal. No nos pidió que hagamos cosas raras; nos pidió que recemos. Qué cosa mejor podemos hacer hoy todos nosotros: rezar juntos. Te propongo que hoy recemos juntos por todos los sacerdotes que han pasado por nuestra vida y recemos también para que él envíe más trabajadores para la cosecha. Lo necesitamos. Hoy más que nunca, hoy más que nunca.