XX Viernes durante el año

on 21 agosto, 2020 in

 

Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor

Comentario

Los silencios a veces son más decidores que mil palabras. El silencio habla también, aunque parezca contradictorio. Solo hay que saber escucharlo o interpretar lo que nos está diciendo. Los silencios de los otros hacia nosotros y los silencios nuestros con nosotros mismos son silencios necesarios, son silencios que ayudan en la medida que intentamos escuchar lo que quiere decir esa ausencia de sonido.

El evangelio es también una escuela de silencios, que dicen cosas muy importantes. Dios no habla por demás, Jesús tampoco dijo cosas por demás y por supuesto el evangelio refleja el modo de hablar de Dios. Habla lo que es necesario, no habla de más, no habla por hablar y calla cuando debe callar. ¿Pensaste alguna vez en los treinta años de silencio de Jesús, o sea, treinta años de vida familiar sin salir a hablarle al mundo, a su pueblo? Para nosotros es como una pérdida de tiempo en este mundo de hoy. Sin embargo, es lo que eligió Jesús. Fue un modo de decirnos algo también. Por eso, el silencio de Jesús ante la petición de esa mujer con tanta fe en el evangelio del domingo tiene su sentido. No es un silencio caprichoso. Decía así: “Pero él no respondió nada”. Ante el pedido de ayuda, Jesús no respondió nada. ¡Qué extraño! ¡Qué difíciles son a veces los silencios de Dios!¡Cómo nos hacen sufrir! Son silencios que desgarran y que no se comprenden al principio, pero después se transforman en fuente de aprendizaje, de enseñanza, de crecimiento. Si Jesús no hubiese callado, esa mujer no hubiese insistido y si no hubiese insistido, no hubiese salido de su corazón semejante “caudal” de fe y de amor, de perseverancia, de fortaleza. Los silencios de nuestro buen Dios bien comprendidos nos ayudan a descubrir dones que teníamos escondidos.

¿Se calló alguna vez Jesús en tu vida ante alguna petición, ante algún sufrimiento? ¿Qué hiciste o qué hacés cuando estás al lado de un enfermo o de alguien que está sufriendo? ¿Hablás mucho o poco? Hay cosas que no necesitan muchas palabras, sino que necesitan presencias. Por eso Jesús siempre está, aunque a veces calle o parezca que se desentiende de las cosas. Él no quiere hacer por nosotros aquello que podemos hacer por nosotros mismos. Él quiere que saquemos lo mejor de nuestra interioridad, de nuestro corazón, y eso se da muchas veces en los momentos límites, en los momentos difíciles, duros, en los momentos donde Dios parece que no nos escucha, pero, en el fondo, es porque no nos está contestando.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús no permanece en silencio, pero contesta, podríamos decir, lo justo y necesario. Lo justo para que ese doctor de la ley que quería ponerlo a prueba no pregunte cosas obvias, que en el fondo ya sabía, y al mismo tiempo para que aprenda algo más. Obviamente este hombre sabía que el amor de Dios es el primero de los mandamientos. Solo quería ponerlo a prueba, solo quería ponerle una trampa para ver si se equivocaba en algo.

Así es la soberbia de este mundo. Así actúa la soberbia tuya y mía muchas veces en el corazón. Preguntamos sabiendo la respuesta, pero para poner en evidencia al otro, para descubrirle el error al otro, para que los demás se equivoquen y queden expuestos. Este tipo de preguntas no tiene la finalidad de crecer, de aprender, sino de quedar bien a costa de los demás. ¿Cuántas de estas preguntas andan circulando por este mundo? ¿Cuántas veces este mundo soberbio y nuestro corazón orgulloso pregunta para ponerse por encima de los otros? Preguntémonos si a veces no actuamos así, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestro jefe, con nuestra gente, con nuestros compañeros. El mundo también hace así con la Iglesia. Busca ponernos a prueba.

Sin embargo, con Jesús no se puede. Jamás pudieron encontrarle un error. Es más, él aprovechó esos momentos para enseñar, para enseñar algo mejor, algo más profundo. Hoy Jesús no solo le responde cuál es el primero de los mandamientos, sino que le enseña que, en realidad, son dos en uno, son inseparables. Diríamos nosotros un “combo”. El doctor de la ley pregunta en singular y Jesús le responde en plural. ¿Qué se habrá ido pensando ese hombre, que por hacerse el superior terminó escuchando algo nuevo? ¿Qué estarás pensando vos al escuchar estas palabras de Jesús?

Nosotros queremos saber qué es primero y qué es después. Está bien, de alguna manera, hay prioridades en la vida. Pero en lo que se refiere al amor hay cosas que conviene pensarlas juntas, sin importar tanto en lo primero que hay que hacer. Al amar a Dios amamos a los demás y al amar a los demás amamos a Dios. Esa es la cuestión. Por eso dice san Juan que: “Quien dice que ama a Dios que no ve y no ama a su hermano que ve, es un mentiroso”. Así de sencillo. A nosotros nos encanta separar y distinguir, pero Jesús vino a unir lo que en realidad no se puede separar.

Se ama a Dios en todo y en todas las cosas, especialmente en los demás. Todo fue creado por Dios y para Dios y amar lo que Dios creó es amarlo a él, es respetarlo a él.  No es tan complicado, somos nosotros los que la complicamos. No hay nada más terrible que decir que se ama a Dios y tener en el corazón un dejo de desprecio para los demás, un rechazo a todo lo que él mismo ama. Eso no es cristiano. Eso no es de hijos. Eso no es de Dios.