XXX Domingo durante el año

on 25 octubre, 2020 in

Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Buen día en familia, buen día del Señor. Sigo intentando, domingo a domingo, que juntos profundicemos en el valor que tiene este gran día, en lo que significa y a lo que nos llama. Es algo a lo que nunca debemos renunciar ni cansarnos de decir. Si perdemos el sentido del domingo, perdemos mucho sobre el sentido de nuestra fe.

Hay una verdad que no podemos callar, pero que al mismo tiempo tenemos que decirla sin caer en ser pesimistas y amargados. ¿Cuál? Que son muchos más los cristianos que no celebran el domingo participando de la santa Misa que aquellos que lo celebran. Es verdad que las cosas de Dios no se deberían medir por la cantidad, pero también es verdad que la cantidad nos dice algo también.

¿Qué nos pasa a los cristianos? ¿Cómo hemos evangelizado? ¿Qué nos pasó a los católicos? ¿Qué le pasa a la Iglesia? Se pueden dar cientos de argumentos diferentes, para todo gusto y color, pero no podemos caer en el argumento superficial e infantil de decir: «La misa es aburrida», «la Iglesia tiene que cambiar la forma de celebrarla», «siempre es lo mismo», «el sacerdote no me gusta» y tantas cosas más. Todos debemos madurar en nuestros «porqués», en nuestras razones y explicaciones por las cuales no terminamos de enamorarnos de lo que Jesús nos dejó como recuerdo de su amor. No solo como recuerdo, sino como actualización, como hacerlo presente una vez más.

No siempre la culpa hay que echarla fuera. No siempre la culpa es de lo que llamamos «la Iglesia», como si vos y yo no lo fuéramos. ¿Sabés cuál es la prueba de que el argumento de que la misa es aburrida o debería cambiar, no funciona? Que se cambió hace un poco más de 50 años y parece que todavía no termina de funcionar. Ese argumento es todavía pobre, porque, además, en muchísimos lugares, por ahí en tu parroquia, se cometen muchos abusos innovando para celebrar la misa de un modo nuevo supuestamente, celebrándola de cualquier manera con tal de atraer. Y eso tampoco parece ser que está asegurando la participación de las personas y mucho menos la perseverancia, o sea, una verdadera participación. Seguiremos con esto durante los domingos que vienen, pero para terminar… no vamos a misa a divertirnos –deberíamos saberlo– o a pasarla bien de un modo superficial, como quien va a un entretenimiento. No vamos a misa incluso solo por nosotros mismos, para que nos haga bien. No vamos a misa tampoco por cumplir un precepto de la Iglesia. ¿Para qué vamos a misa? Preguntatelo.

Algo del Evangelio de hoy me ayudó a preguntarme y te invito a preguntarte: ¿Amamos lo que Dios nos manda? Partir de esta pregunta creo que nos ayuda a comprender bien la profundidad y el sentido de los mandamientos y la razón por la cual la palabra «mandamientos» está ya tan pasada de moda y resulta a veces tan poco atractiva, e incluso esquivada por ajenos y propios. Nos da miedo hablar de mandamientos.

Sin amor no se puede vivir ningún mandamiento y mucho menos el mandamiento de amar, aunque parezca gracioso y redundante. El amor no puede obligarse. El amor se recibe y se da naturalmente, con libertad, si no en el fondo no es verdadero amor. Dios ama no porque «no le queda otra», sino porque Él es amor. Nosotros amamos o deberíamos amar no solamente porque Dios «nos lo mandó», sino porque estamos hechos para amar. Todo lo demás, en el fondo, son desviaciones o malas comprensiones de lo que significa que Dios «nos mande» a amar.

Son miles los cristianos que no comprenden que Dios no quita la libertad, sino que la da. Que Dios no nos «obliga» a amar, sino que nos recuerda que el amor es nuestra tendencia natural que tenemos que dejar que fluya en el corazón. Sí nos obliga en el sentido de que nos quiere ligar a él, para que esa ligazón nos impulse a amar como él nos ama.

El fariseo que le pregunta a Jesús sobre cuál era el mandamiento más grande, pregunta haciéndose el que no sabe. Pregunta para ponerlo a prueba, pero en realidad lo sabía perfectamente. Por eso, podríamos preguntarnos hoy: ¿Alcanza con saber los mandamientos? Evidentemente no. No alcanza con aprenderlos de memoria. Tenemos que amar lo que Dios nos pide, amar lo que él nos manda. En general, todos sabemos los mandamientos, más o menos, y si no los sabemos de memoria, podemos deducirlos porque están grabados no en tablas de piedra, como en el «Antiguo testamento», sino que están grabados en nuestros corazones con mayor o menor claridad. Sin embargo, hay que decir que cada vez son menos los católicos que saben los mandamientos. Y es necesario saberlos también.

Dios nos habló para recordarnos esos mandatos que están en nuestros corazones. Jesús se hizo hombre no para agregar algunos nuevos que se había olvidado de decirnos, sino para vivirlos él mismo y para darnos la gracia, y así poder amarlos. Jamás podremos vivir los mandamientos si de algún modo no los amamos, si no descubrimos que lo que nos enseña Dios Padre es para la vida, para la libertad; no para la muerte y la esclavitud. ¿Puede Dios pedirnos algo que nos haga mal? ¿Puede Dios pedirnos algo que supere nuestra capacidad? ¿Sería un Dios bueno aquel que nos imponga algo que no podamos cumplir? Claramente que no.

Amar a nuestro Padre Dios y a los hermanos que él mismo creó y puso en nuestro camino es el verdadero camino de la felicidad y para eso estamos en este mundo. Todo lo demás son ilusiones y desviaciones de la verdadera religiosidad que se nos pide. Así de clarito lo decía San Juan: «El que dice: “Amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano». Así nomás. Así de clarito, sin más vueltas.

¿Amás amar o sentís la imposición de amar? ¿Dejás que el amor de Dios fluya y pase a través de tu corazón o seguís poniéndole barreras a un Dios que te ama y quiere amar por medio tuyo a los que tenés a tu alrededor?

El mandamiento entonces –volvamos a decirlo– no es una imposición, sino de algún modo una promesa: amarás… amarás. Estás «formateado» para amar. Tu software está preparado para recibir y dar amor, por eso vas a poder amar si te dejás guiar por el amor de Dios, si contemplás a Jesús amándote, si aprendés el modo de amar de nuestro buen Jesús, si dejás que él te ame y vaya completando en vos la obra que ya comenzó el día que naciste.

Padre del cielo, te pedimos hoy juntos solo algunas cosas, pero bastante buenas: «Aumentá nuestra fe. Aumentá nuestra esperanza y caridad. Y para conseguir lo que nos prometes, ayudanos a amar lo que nos mandas».