XXXII Jueves durante el año

on 12 noviembre, 2020 in

Lucas 17, 20-25 – Memoria de San Josafat

Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: «El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: “Está aquí” o “Está allí.” Porque el Reino de Dios está entre ustedes.»

Jesús dijo después a sus discípulos: «Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán. Les dirán: “Está aquí” o “Está allí”, pero no corran a buscarlo. Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.

Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.»

Palabra del Señor

Comentario

No suena muy lindo que Jesús nos diga que podemos vivir esta vida como necios o como prudentes –parece duro– como tontos o inteligentes podríamos decir también. La parábola del domingo nos representaba esas dos posibilidades, esos dos caminos. No había intermedios: las jóvenes necias y las prudentes, mitad y mitad. Nosotros podríamos decir cristianos necios o prudentes, discípulos tontos o inteligentes. Nos guste o no. Nos guste escucharlo o no, la cuestión es así. Después podremos aceptarlo o no escucharlo, pero es así. Son muchísimos los simbolismos de esta parábola y el sentido que se le puede dar a cada detalle, sobre qué significa cada cosa: las necias y las prudentes; sobre lo que simbolizan las lámparas, el aceite, el hecho de llevar o no el aceite necesario, el quedarse dormidas, el salir a pedir aceite de emergencia, el no querer compartir el propio aceite, la espera del esposo, la llegada y el llamado repentino, el hecho de que se cierre la puerta y se desconozca a las necias y así muchas cosas más. Como verás, la riqueza de la Palabra de Dios es inagotable y nunca se acabará.

Pero solo me animo a agregarte algo más y es el hecho de que Jesús nos muestra dos posibilidades o dos modos de vivir la vida de la fe, porque en definitiva dormirnos en la espera es normal, es parte de la vida; de hecho, se duermen las diez. Pero la gran diferencia está en haberse provisto del aceite, en guardarse «luz», combustible, para el encuentro, en valorar la venida del esposo, en saber que será un encuentro con Jesús y no cualquier otra cosa. Sería, de algún modo, en tomarse en serio la vida o solo esperar que nos pase por encima. Tomarse en serio la Vida eterna, sabiendo que todo lo que hacemos acá vale la pena y se tendrá en cuenta. No tiene sentido desaprovechar todo lo que podemos hacer hoy pensando que después podremos «avivarnos» –como se dice en Argentina– al final, para poder de algún modo zafar. Una cosa es la misericordia y otra cosa es ser necio y hacerse pasar por inteligente.

De Algo del Evangelio de hoy Jesús nos deja creo que una enseñanza muy profunda que muchas veces dejamos de lado en la Iglesia y que se relaciona con lo que venimos meditando. El Reino de Dios ya está, ya llegó, está entre nosotros. Pero también por la fe sabemos que llegará algún día a ser pleno, llegará a su plenitud. La resurrección ya se dio y se da en cada uno de nosotros, pero se completará plenamente al final de los tiempos cuando Jesús vuelva. No solo hay que esperarlo, no solo hay que saber esperar, sino hay que saber mirar el hoy, el ahora.

Solo podrá percibir su llegada, cuando venga el final de los tiempos, aquel que ha sabido encontrarlo ahora, entre nosotros: el prudente. Aquel que está atento siempre y empieza a darse cuenta de que el Reino no está allá o más allá de nosotros, sino que está acá, entre nosotros. Por ejemplo, ahora mientras hacemos el esfuerzo por escuchar la Palabra de Dios. Ahora mientras estás viajando y estás rezando interiormente para ver un mundo mejor, mientras estás viendo alguien necesitado y tenés ganas de ayudarlo, mientras llevás a tus hijos al colegio, a la escuela, mientras entrás a trabajar y tenés la oportunidad de empezar con una gran sonrisa. Miles de maneras de hacer presente el Reino de Dios. Porque en definitiva el Reinado de Dios está cuando hay un Rey, que quiere gobernar el corazón, y alguien que lo escucha, lo ama y lo sigue. Dios Padre reina cuando alguien lo deja reinar y ese alguien hoy tenemos que ser vos y yo. No esperemos que sea otro, él respeta nuestra libertad. No vale la pena estar esperando que sean otros los que escuchen y amen a Dios. Somos nosotros, somos muchos los que escuchamos a Dios todos los días por medio de Jesús en el Espíritu. Somos muchos los que decidimos creer y seguir a nuestro buen maestro. Todo un desafío, toda una oportunidad.

Dice Jesús que el Reino de Dios no vendrá ostensiblemente, o sea, no vendrá de modo espectacular; no vendrá a la manera de las películas de Hollywood. No esperes la llegada del Reino como esas películas apocalípticas, que de algún modo les gusta llamar la atención.

Esa aclaración de Jesús vale tanto para su venida definitiva, la que a veces se llama terriblemente como «el fin del mundo», pero que para nosotros será el comienzo de una Vida eterna. Vale también como para la experiencia del Reino que tenemos cada día. El que busca encontrar a Dios y su Reinado en lo ostensible mejor que se dedique a otra cosa, porque le va a ir muy mal, se va a decepcionar.

Así como Jesús pasó de algún modo desapercibido en este mundo e incluso cuando resucitó solo se dejó ver por algunos, de la misma manera hoy él está, pero cuesta verlo. No le gusta el «show», no le gusta lo espectacular. No le gusta hacerse ver y que le pongan «me gusta». No le gustó estando acá, menos le gusta ahora. Sin embargo, nosotros a veces seguimos buscando lo ostensible, aquello que se ve a simple vista.

También a Jesús le pasó estando con nosotros en la tierra, que muchos pretendían que se muestre a lo «grande». Herodes le pedía que haga milagros y muchos le pidieron milagros para creer, aun cuando sabían que había hecho ya muchísimos. Lo mismo se repite hoy. Lo mismo puede pretender hoy nuestro pobre corazón deseoso de cosas grandes. No nos dejemos llevar por eso, aprendamos a seguir el estilo de Jesús.

Está siempre, pero no ostensiblemente. Está en la Eucaristía, en cada sagrario y en cada misa, en cada uno de nosotros y especialmente en los que más nos necesitan: en los pobres. Está, pero no corras a buscarlo. Mejor frenate y aprende a encontrarlo en tu lugar.