Mateo 15, 1-2. 10-14 – XVIII Martes durante el año

Martes 4 de agosto - Mateo 15, 1-2. 10-14 - XVIII Martes durante el año

Cita: Mt 15, 10

Escuchen y comprendan.

Evangelio según San Mateo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 15, 1-2. 10-14

Unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados y no se lavan las manos antes de comer?»

Jesús llamó a la multitud y le dijo: «Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella.»

Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oírte hablar así?»

Él les respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Déjenlos: son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo.»

Palabra del Señor

Comentario a: Mateo 15, 1-2. 10-14

A veces, a los que nos toca comunicar algo, en mi caso el Evangelio, el mensaje de la vida de Jesús, en realidad para ser más específicos, anunciar su vida misma, o la Vida, porque Él es la Vida, solemos caer en errores comunes, que no son graves, pero que se van enquistando, o arraigando en el discurso y no hacen honor a la verdad o por lo menos no siempre son verdad. Me refiero a la generalización. A veces podemos hablar generalizando, como se dice, metiendo todo en la misma bolsa y nos olvidamos de que la realidad es más compleja de lo que parece. Es cierto que cuando uno generaliza, no siempre lo hace con la intención de reducir la realidad, sino de simplificar el análisis, porque es complejo en un mensaje corto hablar y profundizar sobre todos los matices o aristas que tiene la vida, o aquello sobre lo que se está hablando.

Me vino esto a la cabeza, porque estaba por empezar el audio, diciendo que vivimos en un mundo alocado, acelerado, bombardeado por mil propuestas de disfrute inmediato, de satisfacciones que se compran y se venden, y sé que es verdad, en muchos casos. Seguramente vos serás alguien que está viviendo así, pero que, además, no desea vivir así, que quiere bajarse de este tren cultural que nos pasa por encima y a veces no sabemos cómo bajar de él. Pero también es verdad que hay alguien que está escuchando en este momento que no vive así, que ya logró una forma de vida más tranquila, más apartada del frenesí de hoy. Que incluso vive en un lugar apartado de las grandes ciudades, que en parte son las culpables de la vida “a las corridas”. También habrá otro que está escuchando, que estará pensando cosas muy distintas, como por ejemplo que vive como puede, que trata de hacer lo que puede y no siempre lo que quiere. Gran parte de la humanidad quisiera vivir de otro modo, pero no puede, no tiene los recursos humanos y materiales para hacerlo. Si sos uno de los privilegiados que puede elegir el modo de vivir, dale gracias a nuestro buen Dios Padre que te concedió semejante privilegio, y no te olvides de los que más sufren y no pueden elegir tan libremente. Por eso, es bueno no generalizar cuando hablo, cada tanto me acuerdo y hace bien recordarlo.

Pero bueno, se me hizo larga la introducción, pero creo que vale la pena sumar reflexiones previas a Algo del Evangelio.

A Jesús le tocó lidiar con todos los problemas humanos. Se hizo uno de nosotros: no podía ser de otra manera. Desde que en el mundo existió el pecado, desde que Adan y Eva eligieron hacer su propia voluntad y pretendieron ser como “dioses”, nosotros vivimos igual, o estamos, mejor dicho, sujetos a esa continua tentación de olvidarnos el fin de nuestra existencia y por lo tanto, hacer de cada decisión nuestra, nuestro pequeño ídolo. Jesús tuvo que lidiar con esa realidad, con la soberbia y la cerrazón de tantos que lo conocieron y no lo comprendieron, de tantos que lo vieron y no entendieron quién era. A los fariseos les pasó eso. Diríamos en lenguaje de hoy, lenguaje argentino: “No la vieron” Quiere decir que sus ojos veían, pero no entendían, sus oídos oían, pero no escuchaban. Como nos pasa o nos pasó a todos en algún momento.

Los fariseos se rasgaban las vestiduras porque Jesús rompía o quebrantaba tradiciones centenarias de su pueblo. Digamos que sus actitudes eran, en cierto modo, disruptivas; en ciertos momentos provocaban un choque, lo que se llama un “escándalo”, no en el sentido moral, no porque cometía un pecado, por supuesto, sino en el sentido que su forma de actuar era una piedra en el camino, un obstáculo para que otros creyeran, en este caso los fariseos. No podían entender que Jesús, al hacer lo que hacía, en este caso no lavarse las manos, les quería enseñar que esa tradición, ese gesto tan humano, encerraba un significado más profundo y que ellos no lo estaban comprendiendo. Se habían quedado con la forma y no con el fondo. Ellos consideraban que la impureza externa, la suciedad de las manos, manchaba el alma, ensuciaba el alma, y por eso al no lavarse estaban ensuciándose el alma.

En su lógica era entendible el enojo, el rechazo. Siempre consideramos, vos y yo, que nuestros enojos son lógicos, de hecho, nos enojamos por eso, porque consideramos que se rompe la lógica de nuestro pensamiento, que nuestro pensamiento es el correcto. Bueno, Jesús con su actitud invitaba a que se animaran a revisar esos razonamientos, su forma de pensar, su lógica diríamos hoy. Pero no podían; no podían ir al fondo de su tradición; no podían comprender que esa tradición no estaba de acuerdo con el pensamiento de Dios, con la enseñanza de Dios.

Por eso Jesús los llamaba ciegos, ciegos que guiaban a otros ciegos, porque no podían comprender que lo creado, lo externo, no es lo que ensucia el alma, sino que, lo que ensucia el alma es el mismo pecado que está en nosotros.

Las tradiciones con t minúscula siempre pueden ser puestas en tela de juicio. Son aquellas que comenzaron para transmitir una doctrina, una enseñanza profunda, pero que pudieron desvirtuarse en el camino y perder su sentido original. Son aquellas que a veces hacemos por rutina, ya que es más fácil adquirir las cosas por repetición. Son aquellas que fueron necesarias en algún momento, pero por ahí hoy no lo son y pueden ser cambiadas: no hay que “rasgarse las vestiduras”. Es la Iglesia como Madre la que nos enseña qué es lo correcto. Estas tradiciones con t minúscula, dice el catecismo, pueden ser “teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiemp” y pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.” Los fariseos no supieron distinguir tradiciones pequeñas de la  Tradición con T mayúscula que jamás puede ser cambiada.

Hay católicos que hoy pueden comportarse como los fariseos de ese tiempo y que no saben distinguir las pequeñas tradiciones de la gran Tradición. Hay católicos que hoy pueden comportarse como neo-fariseos, e inventarse sus propias tradiciones olvidando la gran Tradición de la Iglesia. En definitiva, la raíz del pecado es siempre la misma, tanto para los que hacen de la tradición un ídolo y “filtran el mosquito, pero se tragan el camello”, como para los que rechazan la sabiduría de la Iglesia y le desobedecen en todo, haciéndose un nuevo ídolo llamado progresismo. En ambos casos, la raíz es el orgullo y la soberbia, el hacernos pequeños dioses, como Adán y Eva, que se creyeron capaces de elegir ellos lo que solo está reservado para Dios.

Sigamos luchando y rezando para ser humildes y escuchar la sabiduría que viene de Jesús y su Iglesia, y no terminar siendo ciegos que guían a otros ciegos.

padre Rodrigo