XI Viernes durante el año

Viernes 19 de junio - Mateo 6, 19-23 - XI Viernes durante el año
Cita: Mt 6, 21
Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
Evangelio según San Mateo
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 6, 19-23
Jesús dijo a sus discípulos:
No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!
Palabra del Señor.
Comentario a: Mateo 6, 19-23
Ya llegando al final de esta semana también llegamos al final de este repaso, de esta profundización que estamos haciendo de las bienaventuranzas, las promesas de felicidad que Jesús nos ha dejado para siempre por medio de su palabra, de aquel maravilloso Sermón de la Montaña, que quedó para siempre grabado en los corazones de los discípulos y de aquellos que pudieron escuchar ese día y que él quiere que quede grabado en nuestros corazones para siempre. La nueva ley de Dios, la ley de la gracia, la ley de los hijos de Dios ya no quedó escrita en tablas de piedra como le pasó a Moisés, sino que quedó grabada en los corazones de los creyentes y especialmente de aquellos que los pueden vivir. Y las ocho bienaventuranzas terminan con una expresión que puede incluso sorprendernos todavía mucho más: «Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron». Jesús nos promete la felicidad e incluso nos está diciendo que tenemos que alegrarnos y regocijarnos cuando de algún modo somos perseguidos por la causa de su nombre. Aquel que vive verdaderamente la palabra de Dios, aquel que puede expresar en su vida cada detalle de lo que Jesús hizo y dijo, de algún modo siempre recibe alguna persecución, más o menos solapada, más o menos manifiesta, pero de algún modo siempre recibimos alguna persecución. Siempre podemos vivir las contradicciones que vivió el mismo Jesús, que incluso fue rechazado por sus propios familiares y parientes, que fue rechazado incluso por sus amigos, que fue traicionado y tantas cosas más que podríamos decir. ¿De dónde puede brotar esa alegría y ese regocijo porque a nadie le gusta ser rechazado, criticado ni dejado de lado? Puede provenir solamente de aquel que cree en estas palabras, que sabe que algún día tendrá su recompensa, por ahí no aquí en la tierra, pero seguramente en el cielo, cuando nos toque partir. El Señor jamás renegará de aquel que se entregó por él, el Señor jamás dejará sin recompensa a aquel que supo sufrir por amor y entregar sus sufrimientos para la salvación de los otros y de tantos que lo necesitan. Pidamos al Señor esa gracia de saber regocijarnos cuando de algún modo somos insultados o perseguidos, cuando somos calumniados a causa de él
En algo del Evangelio de hoy, Jesús nos invita a que pensemos dónde tenemos nuestro corazón; porque, en definitiva, donde esté nuestro corazón, estará nuestro tesoro y al mismo tiempo al revés, donde esté nuestro tesoro, también estará corazón. Y el termómetro de nuestro corazón es donde estamos poniendo nuestra fuerza, nuestra energía, nuestros deseos, metas, logros y proyectos.
Es entendible que de algún modo nos guste acumular. Te diría que casi naturalmente tendemos a «acumular cosas» materiales y de todo tipo. Nos encanta, nos da seguridad, nos quita aparentemente el miedo. Nuestro deseo de controlar el futuro y de asegurarnos un lugar en este mundo nos lleva a que pongamos casi todas nuestras fuerzas en planificar lo que viene más que en disfrutar lo que tenemos. Es increíble, pero a veces vivimos así.
Y por eso el hombre es capaz de «gastar» su vida, sus bienes, su corazón, en asegurarse un futuro que no conoce, mientras se pierde la oportunidad de abrazar lo que hoy tiene en sus manos. Padres que se desviven por dejarles algo a sus hijos trabajando de sol a sol y mientras tanto los tienen a su lado y casi ni le hablan o ni saben qué les pasa. Padres que se desviven para que sus hijos sean, como se dice, «alguien» en este mundo competitivo que exige tantas cosas, y mientras tanto no se dan cuenta de que ellos «ya son alguien»: son sus hijos y son hijos de Dios. Y así podríamos seguir con muchísimos ejemplos.
Y por eso Jesús nos dice: ¿qué sentido tiene que acumulen cosas, casas, autos, ropa, o títulos, fama, «palmadas en la espalda», aplausos, elogios, prestigio, poder? ¿Qué sentido tiene, si en definitiva todo es pasajero, si en definitiva en este mundo nos pueden robar todo, menos el corazón? Jesús nos quiere llevar a la sensatez, si en definitiva no sabemos qué será de nosotros mañana. En este mundo consumista que nos ha nublado el pensamiento y nos ha atrofiado el corazón, haciéndonos creer miles de mentiras que muchas veces damos por verdad, ¿qué sentido tiene, si en definitiva para un hijo de Dios lo que importa es lo que a su Padre le importa y que su Padre ve en lo secreto, y en definitiva lo que importa es sentirse amado por él?
Qué lindo que tengamos la «lámpara» del cuerpo pura que es el ojo, para ver lo que realmente importa en nuestra vida, el corazón puro para poder descubrir en dónde tenemos que poner nuestro tesoro, el ojo puro para poder ver que somos hijos de Dios y que en realidad lo más importante, lo único importante en nuestra vida es que vivamos como hijos y que sintamos la alegría del Padre hacia nosotros porque vivimos y nos comportamos como hijos.
El Sermón de la Montaña es un pequeño caminito para que descubramos lo esencial de nuestra vida y que no acumulemos cosas que acá en la tierra son pasajeras. Todo es pasajero, lo único que no pasa es que somos hijos de Dios hasta la eternidad y que tenemos que imitar al Hijo del Padre que es Jesús para poder llegar un día con él al cielo, para darnos un abrazo que dure toda la eternidad.
Padre Rodrigo Aguilar
