Jn 12, 1-11 – 10 de abril – Lunes Santo

 

 

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: ¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres? Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.

Jesús le respondió: Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

Palabra del Señor

Comentario

Todo se va encaminando al viernes santo, a lo que será el final de la vida de Jesús en esta tierra, en realidad el aparente final. Escucharemos en los evangelios de estos días los últimos momentos de la vida de Jesús, sus últimos días, sus últimas acciones, sus últimas decisiones. Entre ellas aparece la escena de hoy de Jesús con sus más amigos, con Marta, María y Lázaro, al que había resucitado. Dice algo del Evangelio de hoy que le prepararon una cena, el fue a comer con sus amigos y además durante esa cena, María tuvo un gesto de amor que impregnó toda la casa de perfume y que sería lindo que impregne toda la casa de nuestro corazón. Todo un signo de lo que produce el amor en la vida de aquel que reconoce a Jesús como su Señor, como el que le da sentido a nuestra vida.

Pero antes de detenernos en eso, pensemos en esto que también es importante. Jesús se deja amar. Misteriosamente Jesús, que podríamos decir que no necesita del amor, porque siendo Dios no lo necesita, Jesús no solo ama, sino que se deja amar por los demás. Jesús deja que le preparen una cena sabiendo que eran sus últimos días y además deja que derrochen en sus pies, por amor, un perfume carísimo. Es un detalle que a veces no tenemos en cuenta. Es tan difícil a veces amar, como dejarse amar por los demás. Jesús aunque parezca una debilidad, necesitó del amor de los más cercanos, de sus amigos, pero no porque le faltaba algo, sino porque lo quiso así, porque eligió tanto amar, como ser amado y todo en su plenitud. Nosotros en cambio, a veces andamos a los tumbos, intentando amar y muchas veces no dejándonos amar, no dándole la oportunidad a los demás que nos amen, que tengan gestos de cariño con nosotros. Pensalo… pensá que en el fondo es soberbia, es el sutil engaño de convencernos que no necesitamos de los demás y mucho menos cariño, gestos concretos. ¿Viste esas personas que no les gusta que las abracen, que les digan que las quieren, que les festejen los cumpleaños, que les hagan sorpresas? ¿No será que en el fondo cuando somos así estamos ocultando una falsa humildad, una aparente austeridad de afectos e incluso de bienes pero que en realidad le estamos privando a los otros la posibilidad de querernos? ¿No será soberbia eso pensando que no necesitamos afectos?

Para pensar y rezar. Jesús no descartó esa posibilidad aún pudiendo poner la excusa de los pobres. No. Cada cosa en su lugar y se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo. Amar a los pobres y tener gestos de derroche y de amor con Jesús. Hoy para nosotros en la vida de la Iglesia, podríamos decir que es la Eucaristía, la presencia real de Jesús entre nosotros. Eso hace María. Derrocha perfume por amor a Jesús reconociéndolo como su Señor. Eso hace la Iglesia con Jesús vivo en cada sagrario, en cada altar donde Jesús es adorado, adornado y ensalzado con tantas cosas. La Iglesia nunca tuvo reparo y no debería tener, pudor en gastar  y derrochar en gestos hacia Jesús, obviamente sin olvidarse de los pobres que siempre están con nosotros. Y son el Jesús entre nosotros. Se pueden hacer las dos cosas. Amar a Jesús en los pobres y amar a Jesús en la Eucaristía, en cada sagrario, en cada templo, en la belleza de todo lo que dedicamos a Jesús. Jesús y los pobres se merecen todos los gestos de amor.

Esta semana santa, Jesús espera de nosotros un gesto de derroche. Derroche de amor, para que se impregne la casa de nuestro corazón con el perfume que proviene él y cambia todo. Esta Semana Santa es de él y para él. El quiere ser amado y por eso deja que lo amemos, que hagamos lo que se nos ocurra por Él. Siempre es poco, nunca alcanza, pero lo importante es dar todo lo que podamos. No tengamos miedo en esta semana a derrochar todo por amor a Jesús.

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