Jn 12, 44-50 – 10 de Mayo – IV Miércoles de Pascua

 

 

Jesús exclamó: «El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.  Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»

Palabra del Señor

Comentario

“El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió” —dice Jesús en el Evangelio de hoy. 

Y es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús y pensar qué es lo que nos quiere decir hoy. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro a sí mismo.  Jesús quiere que creamos en Él, que confiemos en Él; pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. 

Por eso nuestra fe, es Cristocéntrica –creemos en Cristo– pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre. Él es la imagen del Dios invisible –dice San Pablo–; Él es el rostro del Padre.

¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera: El Padre nos atrae a Jesús pero en definitiva, para atraernos a Él; para hacernos hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos.Somos sus hijos dispersos y Él envió a su Hijo al mundo para reunirnos. 

Ayer meditábamos sobre la escucha; sobre la necesidad de escuchar la voz del Pastor que es Jesús. La clave en esta vida –decíamos– es ir aprendiendo a escuchar; a escuchar al Pastor, y a escuchar a los demás en donde también de alguna manera nos habla. El que no sabe escuchar no sabe amar; porque no sabe detenerse, no sabe bajar un cambio para reflexionar, no sabe mirar a los ojos a los demás, no sabe dejar de hablar para dar tiempo, no sabe lo que es esperar, no sabe lo que es olvidarse de sus caprichos por un momento, no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro. 

El que no escucha no ama bien y sólo ama en profundidad, el que escucha mucho más de lo que pretende hablar. Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque Él no habló por sí mismo” y es lo que nos enseña: a amar. ¡Si tomáramos dimensión y conciencia de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre; qué distinto sería por ejemplo, nuestra relación con Él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco. En realidad no sabemos con quién estamos hablando. Y tomar conciencia en relación de que hablamos con el Padre es lo que más nos ayuda a rezar con el corazón.

Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que Él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida; porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.

Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y a veces hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas. Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio; cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino, nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. 

Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar; nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia. ​Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús; o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño como el de la política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso a mi propio rebaño, a mí mismo. Pidámosle al Señor que nos ayude a seguir escuchándolo para poder escuchar a través de Él al Padre del cielo que nos quiere ayudar a sentirnos verdaderos hijos de Dios.

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