Jn 14, 15-21 – 21 de Mayo – VI Domingo de Pascua

 

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Palabra del Señor

Comentario

“Eso lo entiende hasta un chico de tres años, padre…” me dijo Johnny ayer en medio del sermón mientras trataba de explicar que hay diferentes modos de estar presente en el corazón de los otros. Quise hacer una comparación o analogía entre los diferentes modos de estar presentes entre nosotros, y la presencia de Jesús en nuestras vidas. En realidad no sé si los niños entienden cosas más rápido de lo que nosotros entendemos o que lo que expliqué era tan obvio que no necesitaba explicación. Lo importante finalmente es que, según Johnny, eso era entendible. Supuestamente lo entendieron todos. Ayer, mi amigo Johnny estaba particularmente gracioso. Habló bastante, pero lo particular o lindo, es que para él Jesús está siempre, no necesita mucha explicación, para él la presencia de Jesús no necesita ser “racionalizada”, no necesita ser “demostrada”, sino que Jesús simplemente está, y no hay que darle más vueltas.

Me di cuenta que a los niños hay ciertas cosas que no hace falta explicárselas, sino que las viven, así nomás, a secas, sin mucha “alharaca”. ¿Y nosotros? Uyy, nosotros los adultos pensamos, pensamos y pensamos tanto que corremos el riesgo de pensar mal, de usa mal la cabeza, de usarla sin corazón. Sin amor. La cabeza no puede pensar si el corazón no late con amor. La cabeza no puede pensar como si fuese que las ideas son lo único que salvará este mundo. Sin embargo lo hacemos, sin embargo este mundo muchas veces lo manejan “cerebros” sin corazón. Sin embargo nuestras decisiones a veces las tomamos demasiado “cerebralmente”. Está más de moda ser un “cerebro” que ser un corazón. Demasiado corazón parece ser signo de debilidad. Pero la debilidad del corazón de Jesús salvó a este mundo. La debilidad de un corazón que nos ama es el que nos salva de nuestra “lindas razones” que nos ponemos para no amar.

Pero… ¿Sabés una cosa? ¿Sabés qué es lo que salvó al mundo? ¿Sabés qué es lo que salva al mundo y lo salvará? Un corazón que no buscó muchas razones para amar, sino que amó sin más razones que el amor. El corazón de Jesús que amó aún no encontrando motivos para amar. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu hijo o tu hija? Qué lo ames sin mucha explicación, sin mucha vuelta. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu marido, a tu mujer? Que le des más oportunidades, que le tengas más paciencia, que confíes en lo bueno que tiene dentro. ¿Sabés qué es lo que nos salva? El amor incondicional de alguien, el amor de Jesús a través de ese incondicional. Pensá en ese amor incondicional de tu vida. Pensá quién es en tu vida ese que “no te pide condiciones”, ese o esa que estará siempre. Pensá quién en tu vida será el que estará siempre, pase lo que pase. ¿Quién es en tu vida concreta, esa persona que sabés que aunque hagas lo peor del mundo, aunque caigas lo más bajo posible, te va a perdonar sin pedirte explicaciones?

Algo del evangelio de hoy nos consuela al saber que jamás estamos solos, que el estar solos, es solo una sensación, nos dice Jesús: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes…” “No los dejaré huérfanos…” “…el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él…” El estar solos en general es una elección personal, porque incluso las personas que se han quedado solas por no tener familias pueden estar acompañadas si aman. Vivimos en el gran mundo globalizado, donde incluso se ha globalizado la soledad, donde hay miles y miles de corazones que viven rodeados de gente pero no son amados. Vivimos en el mundo en el que millones de personas, incluso nosotros, decimos estar “conectados” pero la conexión a veces tiene poca señal, la conexión no es por el amor. Jesús está siempre con nosotros, somos nosotros los que no dejamos que ese amor salga a relucir, somos nosotros los que no dejamos que ese Espíritu que nos regala siempre haga su obra. Somos nosotros los que le tenemos miedo al amor, porque a veces pensamos que amar es cumplir y cumplir no hace bien. Se puede cumplir amando. Se puede amar al cumplir. Se puede si tenemos en claro que al cumplir amamos, que al cumplir la palabra de Jesús estamos “saliendo de nosotros mismos”, saliendo hacia los demás para hacer lo que Él hizo con nosotros. Por eso Jesús hoy nos insiste en que la prueba del amor hacía Él es amar cómo Él, cumplir su mandamiento, el del amor… o podríamos decirlo al revés, sólo cumple el mandamiento de Jesús quién lo ama, quién lo conoce, quién lo busca y desea profundamente vivir de Él.

¿Pensás que esto necesita mucha explicación? Hay que vivirlo para entenderlo, “esto lo entiende hasta un chico de tres años…”

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