Jn 16, 29-33 – 29 de mayo – VII Lunes de Pascua

 

 

Los discípulos le dijeron a Jesús: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.» Jesús les respondió: « ¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si nos dieran a elegir ante cada situación que nos toca vivir o decidir en la vida cotidiana, entre que nos digan la verdad o nos mientan… ¿qué optarías? Sé que es una pregunta medio tonta, aparentemente, porque todos, excepto al que le gusta que le mientan, diremos a una voz: “Que me digan la verdad” A nadie le gusta que le mientan, estamos hechos para escuchar la verdad y decirla, sin embargo… andamos escuchando muchas mentiras por ahí, nos decimos muchas veces mentiras a nosotros mismos, y a veces mentimos a los demás.

A nadie le gusta que le mientan, pero al mismo tiempo es raro, porque no siempre nos gusta escuchar la verdad. Nos cuesta muchísimo aceptar la verdad en nuestra vida, o por lo menos cuando nos toca de cerca, cuando tiene algo que ver con nosotros. Nos gusta decirle “la verdad” a todo el mundo por ahí, pero no es fácil cuando nos vienen a decir “la verdad” sobre nosotros mismos. No nos gusta que nos mientan, pero a veces preferimos “hacernos los distraídos” y no enfrentar la verdad, a veces preferimos que “nos mientan un poco” y que todo se mantenga igual.

Podemos preguntarnos hoy, tomando algo del evangelio de hoy: ¿Cuántos problemas y sufrimientos nos habríamos ahorrado en la vida si nos hubiesen dicho toda la verdad de la vida, o por lo menos ayudado a descubrirla lo antes posible? ¿Cuántos dolores y desilusiones nos habríamos evitado si nos hubiesen dicho que todo no era todo tan fácil como pensábamos? ¿Cuántos problemas le habrías evitado a tu hijo si no le hubieras pintado la vida como una linda película mientras a vos te costó muchísimo? Bueno, en realidad, como decía, no siempre la culpa es del que miente o quiere tapar la verdad, sino también del que no se esfuerza por conocer la verdad. Pero la mentira a veces se disfraza de un “supuesto bien” por el otro, pero que a la larga se transforma en un mal, en un obstáculo para seguir, para creer, para tener ánimo y esperanza. Hay personas que prefieren evitar a toda costa que los otros pasen por algún tipo de sufrimiento: “No quiero que sufra” “No quiero que pase por lo mismo que yo” Es entendible ¿no? Qué padre o madre quiere que sufra alguno de sus hijos. Ninguno. Pero al mismo tiempo que padre o madre puede evitar que sus hijos sufran de alguna manera en la vida. No estoy hablando de los sufrimientos que provienen a raíz del mal, esos siempre hay que evitarlos, no hay que sufrir por sufrir – aunque no se puede evitarlos totalmente – sino que me refiero al sufrimiento que proviene de hacer el bien, por buscar el bien, por luchar para el bien: la justicia, el amor, la honestidad, la sinceridad, la generosidad, la entrega, el dominio de sí mismo, la alegría, la amabilidad, la educación, el bien común, los pobres y tantas cosas más. Ese es el sufrimiento que vale la pena, que es imposible esquivar y que además es necesario. El que quiere evitar este sufrimiento, no entendió todavía el sentido de la vida.

Los padres y las madres que quieren evitarle a sus hijos estos sufrimientos lindos, no están criando hombres y mujeres capaces de amar y de esforzarse para hacerlo, sino hombres y mujeres que no podrán descubrir el lindo gustito de la vida que se entrega por otros.

¿Qué les dijo Jesús a sus amigos antes de partir? “Tranquilos, todo bien. No se preocupen que les irá siempre bien; serán exitosos siempre; todos los van a querer, nunca van a sufrir; el que me ame no sufrirá en nada, tendrá salud y trabajo siempre asegurado”. ¿Les dijo eso?  Es interesante ver que ante la afirmación muy segura de los discípulos de que creían, Jesús no se calla dos verdades no muy divertidas: “Me dejarán solo… y tendrán que sufrir”.  ¡Qué mala onda Jesús! Sin embargo nos dijo la verdad. ¿Nos gusta que nos digan la verdad? ¿Nos gusta que Jesús nos diga la verdad de nuestra vida? ¿Te gusta decirles la verdad a los demás o se la disfrazás? Jesús les anticipa y nos anticipa, que cuando nos creemos que la tenemos clara, no nos olvidemos que somos capaces de dejarlo en menos de un minuto, que cuando el dolor o el sufrimiento se presentan en nuestra vida, somos capaces de abandonar a Jesús, de abandonar la fe. ¿Cuánta gente abandona a Jesús cuando se presenta la dificultad? ¿Cuántas veces hemos dejado a Jesús solo por miedo, por vergüenza, por el qué dirán, por temor? Jesús nos anticipa que en la vida sufriremos, por culpa de otros y por culpa nuestra. ¿Tenemos que evitar el sufrimiento? Si, el que no vale la pena, el que proviene del mal nuestro y ajeno. ¿Tenemos que esquivar todos los sufrimientos de la vida? No, sufrir por el bien es necesario e inevitable. El que sufre por amor es feliz, aunque parezca mentira. El que sabe sufrir, tanto lo que nos toca de yapa, como lo elegido, sabe vivir. Vive distinto, transforma todo en oportunidad para amar.

Jesús no nos mintió, prefirió la verdad. ¿Vos que preferís?

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