Jn 16, 5-11 – 23 de Mayo – VI Martes de Pascua

 

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.

Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.

El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús nunca estuvo solo, aunque haya buscado momentos de soledad. Es lindo pensar en esto, en que Jesús es el modelo perfecto del que nunca estuvo solo, pero supo buscar momentos de soledad. Es increíble pensar que de la vida de Jesús, en realidad no sabemos tanto como quisiéramos. Los evangelios cuentan poco y nada sobre su infancia y sobre su vida cotidiana en Nazaret hasta los 30 años, hasta su aparición pública. ¿Qué habrá hecho Jesús en esos años? ¿Cuántas veces se habrá apartado tranquilo a caminar, a descansar, a mirar al cielo, a disfrutar de la naturaleza, a descubrir tanta maravilla? Por otro lado, muchas veces en los evangelios se relatan momentos en los que Jesús se aparta de las multitudes y de sus amigos, para estar en la montaña, para rezar, para estar solo. A esto quería llegar, la soledad buscada, hace bien. La soledad que piensa y se siente, es necesaria en la vida. Vos y yo tenemos que aprender a estar solos, lo decíamos ayer, no toda soledad es mala. ¿Sabés estar solo? ¿Sabés quedarte con vos mismo? Si uno parte de la certeza de que en realidad estar solo es una oportunidad para encontrarse con el que no nos dejó solos, no deberíamos tenerle miedo, es difícil, sí, pero miedo no.

La partida de Jesús, el anuncio de su partida, les trajo a los discípulos una gran tristeza. Algo del evangelio de hoy dice eso… “ustedes se han entristecido” Obviamente… ¿Quién no se pondría triste? Ellos no terminaban de entender que era “necesario” que él se vaya, de que “les convenía que él se vaya”. Esa es la cierta paradoja de nuestra fe, las ausencias que nos traen presencias distintas, amores distintos. Soledades que nos pueden traer mayores frutos, mayor madurez, mayor convicción de que en realidad no estamos solos.

¿Viste esas personas que no pueden estar solas, que no pueden estar quietas, que siempre tienen que estar haciendo algo, que parece ser que no pueden disfrutar de la gratuidad de “no estar haciendo nada”? Fijate si a vos no te pasa lo mismo a veces. A todos nos puede pasar. Como decíamos, el mundo de hoy colabora muchísimo a esto. Todo es rápido, todo tiene que hacerse ya, siempre tengo que estar comunicándome con alguien, casi que nunca podemos y sabemos estar solos.  Sin embargo, es tan necesario. Es necesario que Jesús se haya ido para que todos lo hayamos podido encontrar. Así lo dijo Él mismo: “Pero si me voy, se lo enviaré.” Es bueno que nos tomemos un tiempo para estar solos, es bueno que también dejemos solos a los que tenemos a nuestro cargo, es bueno que dejemos que los demás sepan estar solos. Pensá en los tuyos. Es bueno que los demás tengan sus tiempos, que dejemos “respirar” a los otros, porque a veces incluso no podemos estar solos y no dejamos que los otros estén solos. Cuando Jesús se apartaba para estar solo, los discípulos lo dejaban tranquilo. Cuando los discípulos volvían de misionar, Jesús mismo los apartaba un poco para que descansen, para que estén solos.

Preguntate si sabés apartarte como Jesús para escuchar tu corazón y al escuchar tú corazón escucharlo a Dios que es tu Padre, escuchar al Espíritu que está dentro tuyo. Podríamos preguntarnos si somos capaces de escuchar la voz interior que nunca nos abandona, que siempre nos hace sentir acompañados. Pensemos si no estamos tapando lo mejor de nosotros con la “adicción del activismo”, esa manía de pensar y creer que solo haciendo cosas nos salvaremos y salvaremos a los demás. Si Jesús hubiese querido salvar al mundo por el hacer, se hubiese puesto a predicar desde la adolescencia, se hubiese puesto a “hacer cosas” y milagros desde mucho antes, sin embargo empezó a los 30 años. Es para pensar, ¿no? Aprendamos hoy a sentarnos por un tiempo, a postrarnos por un momento, para “no hacer nada” a los ojos de los demás, para estar simplemente solos, por pura gratuidad, no esperando mayor recompensa que estar con Jesús.

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