Jn 2, 1-11 – 7 de noviembre – Memoria de María, Madre y Medianera de todas las gracias

 

 

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga.»

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

Palabra del Señor

Comentario

Siempre, siempre aparece nuestra madre, siempre está, aunque a veces nos olvidemos por el trajín de cada día. La Iglesia como madre también nos regala cada tanto alguna fiesta linda de María como para que no nos olvidemos de que, gracias a ella, recibimos todas las gracias que necesitamos para mantenernos unidos a Jesús. Hoy más que nunca, celebramos y nos alegramos de que María es medianera de todos los bienes recibidos de parte de nuestro Padre, y el mayor bien que podemos recibir de parte de ella es el mismo Jesús. Por eso que lindo que hoy podamos decirle: “María, danos a Jesús, danos una y otra vez a Jesús, te lo pedimos hoy desde el fondo de nuestra alma porque lo necesitamos. Necesitamos volver a sentir que Jesús está vivo en nuestros corazones, necesitamos volver a creer que nos perdona siempre, necesitamos volver a decir que lo amamos con toda nuestra alma, con todo el corazón y las fuerzas”. Aunque algunos no les guste tanto esta verdad porque les resulta excesiva, aunque algunos la ignoren, aunque incluso algunos católicos no crean mucho en esto o no les importe, la Virgen María, siempre está en silencio y como por detrás de la “escena” de nuestra vida, detrás de la escena de los evangelios, detrás de la escena de la vida de la Iglesia.

Los evangelios son el más claro testimonio de esta gran verdad. No solo las miles de devociones y apariciones esparcidas por todo el mundo, sino su presencia y sus palabras en la vida de Jesús, mientras Él estuvo entre nosotros. La Iglesia cree que María es madre y medianera de todas las gracias… no de algunas, sino de todas. Quiere decir que todo lo que Dios nos da, por medio de Jesús que es el “único” mediador entre Dios y lo hombres, porque Él mismo es Dios, nos llega a través de María, aunque ni siquiera se lo pidamos a Ella. Ella no es la Gracia, ella claramente no es divina, pero sí nos trajo la Gracia, si nos trajo a Jesús al mundo y si lo trae a cada instante a miles y millones de almas en todo el mundo.

Algo del evangelio de hoy es una de las escenas más simbólicas y expresivas de que Jesús hace lo que su Madre le pide, aunque Él todavía no lo considere oportuno. Y al mismo tiempo, también es una muestra clara de que María solo quiere que “hagamos lo que Él nos diga”. Ella se da cuenta de los detalles y de las necesidades de nuestro corazón, que está hecho para la alegría, para saborear el buen vino del amor, pero que, a lo largo de la vida, o por diversas circunstancias se va quedando sin sabor, sin color, sin olor, como el agua. María es la que hoy sabe si necesitás dejarte llenar otra vez por el amor de Jesús que alguna vez te alegró y te hizo tan feliz. Ella es la que te quiere ayudar a que descubras que tener fe no es para amargados, no es para gente sin sueños y deseos grandes. Ella es la que le pide a Jesús que transforme nuestra vida en un continuo banquete. Por eso hoy pidamos juntos, hoy pidamos lo que necesitamos.

“María, danos el vino nuevo de Jesús, el más rico, el mejor, el que se deja para el final, pero que podemos tenerlo siempre, si confiamos.  María, pedile a Jesús que se acuerde una vez más de nosotros y nos devuelva la alegría que nos hizo perder el pecado, el egoísmo, el olvido de lo importante, la avaricia que nos hizo perder el amor, la lujuria que nos robó el corazón, la pereza que no nos deja hacer lo que debemos, la soberbia que nos endureció el corazón, la gula que no nos deja ser generosos con otros o la ira que nos hizo decir lo que no queríamos”

Ella es la que siempre nos señala a Jesús y nos manda con ternura a que hagamos lo que Jesús nos dice, a que escuchemos la voz de nuestro corazón que también es la voz de Dios y que quiere lo mejor para nosotros. Ella es la que rompe los esquemas y le hace hacer a Jesús lo que parece imposible o inoportuno, porque es madre y no le importa lo que dicen los otros cuando quiere algo para sus hijos. Por eso pidamos hoy que nos enseñe a escuchar y amar lo que Jesús nos pide.

“María, madre y medianera de todo lo que Jesús tiene guardado para nosotros, necesitamos abrir los oídos del corazón para dejar de escuchar cualquier cosa y para escuchar lo que realmente vale la pena. Madrecita nuestra, necesitamos hacer lo que dice Jesús, necesitamos dejar de hacer lo que dicen los otros o las otras voces, necesitamos obedecer la voz de tu Hijo que nos ama y quiere que vivamos con la verdadera alegría que nos da el vino bueno que brota de su corazón”

Que este día tan especial, sientas una vez, o una vez más el amor de María, el amor de nuestra Madre que está siempre y nos cuida siempre para que Jesús habite verdaderamente en nuestros corazones.

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