Jn 20, 19-23 – 4 de Junio – Solemnidad de Pentecostés

 

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: « ¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: « ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

Domingo del Espíritu Santo; que tengas un buen domingo, un domingo lleno de alegría y de paz, porque es el domingo de Pentecostés, en el que celebramos el envío del Espíritu Santo, de Jesús hacía sus discípulos y hacia cada uno de nosotros. Ojalá que nos vuelva a pasar lo que pasó ese día; ojalá que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia en tantos corazones creyentes, o cada vez que se celebra un sacramento, porque allí está el Espíritu siempre. Ojalá que sintamos su presencia como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús, y que aunque no sabemos de dónde viene ni a dónde va; nos alegremos con la certeza de su acción en nosotros. Él logra, Él está ahí –silenciosamente– siempre; levantándonos, animándonos, ayudándonos a creer. Ojalá que aunque no veamos fuego; sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar.

“Ven hoy a nuestras almas Espíritu Santo, y envía del cielo un rayo de tu luz” —así dice la secuencia de este día, ese canto tan lindo que se canta en toda la Iglesia. Hoy es la Fiesta del Espíritu Santo, de ese Espíritu que hizo, sigue y seguirá haciendo lo que sólo Dios puede hacer: dar paz. Pero no como la da el mundo, no como la que a veces pretendemos; sino la paz que une aún lo que parece imposible de unir y da fuerza para salir, nos da ese impulso para no permanecer encerrado. Como sucedió con los discípulos que pasaron del temor al coraje; así tenemos que vivir nosotros este día.

Nos da la paz; eso dice Jesús al aparecerse hoy a los discípulos: «La paz esté con ustedes»; y no es la paz del mundo, que incluso ni el mismo mundo puede dar o conseguir, no es la paz de “está todo bien”, “no pasa nada”, “no vas a sufrir”, “no te va a pasar nada en la vida”, ni la paz que se busca por sí mismo; sino que es la paz que incluso a veces convive con la lucha, con la purificación del corazón que nos ayuda a dejar el pecado, nos ayuda a cambiar, nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro; y que al mismo tiempo a veces hace doler, porque toda purificación hace doler. Es la paz que lleva al perdón, es la paz que viene del perdón; de un perdón que se recibe y un perdón que también se debe dar.

Eso hizo Jesús con sus discípulos: “Vayan y perdonen, sean apóstoles de la Misericordia, sean testimonio de mi Misericordia”. El perdón cuesta; pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta que viene de Él, que es regalo del cielo, es una paz regalada, donada; pero que también de alguna manera tenemos que aprender a buscar y luchar por ella.

El Espíritu Santo nos une; une lo diverso, lo distinto, para hacer algo nuevo, algo más lindo. La Iglesia es el gran jardín de Dios Padre, lleno de flores y plantas diferentes –menos mal que somos diferentes– y eso hace que sea más linda; porque la Iglesia no es un vivero, la Iglesia no es un lugar donde está todo estancado, donde cada uno está en su lugar porque se le ocurre estar ahí; sino que la Iglesia es un jardín bien arreglado por el gran jardinero que es Dios Padre, y que muchas veces nosotros por caprichosos, por no escuchar al Espíritu; lo rompemos, porque no nos damos cuenta lo valioso que es ser “diferente”.

El Espíritu también unifica nuestro corazón que a veces está disperso y que se pierde en las cosas de este mundo. El Espíritu Santo rectifica mis intenciones torcidas, mis malas intenciones; y le da sentido a mis acciones.

Nos hace salir, hace salir a la Iglesia; la hace misionera. El Espíritu Santo es esencial para la Iglesia y hace que salgamos a contar las maravillas de Dios. Así nació la Iglesia: chiquita, de a poquito, en el silencio; y así tiene que encontrarla Jesús cuando vuelva: saliendo.

Ayer tuve la gracia de celebrar la vigilia de Pentecostés en la parroquia, y hace varios días que se corta la luz todas las noches, así que vivimos la vigilia de Pentecostés “a oscuras”; pero en realidad no, estaba iluminada por las velas del altar, por la luz del cirio pascual y por las llamas de amor de tantos corazones que estaban participando y disfrutando de esta vigilia para pedir el Espíritu Santo.

Así es la Iglesia: a veces una llama chiquita en medio de este mundo que está en tinieblas. Así tenemos que ser vos y yo: llamitas que en medio de un templo iluminemos; iluminemos por lo menos a nuestro alrededor.

Que hoy en este día de Pentecostés recibamos la gracia de alegrarnos con la presencia del Espíritu en nuestra vida y nos animemos a iluminar; para eso estamos, somos luz en este mundo, luces que reciben la luz de Jesús dada por el Espíritu Santo.

Que hoy sople el Espíritu Santo en nuestros corazones; que sea el dulce huésped de nuestra alma y nos llene de alegría y de paz.

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