Jn 21, 15-19 – 2 de Junio – VII Viernes de Pascua

 

 

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.

Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Hiciste el intento de meterte en la escena del evangelio? Es difícil hacerlo en medio de la vida diaria. Es difícil hacerlo mientras manejás, mientras viajás, mientras estás haciendo cosas en tu casa, es verdad. No es un reproche, solo es un empujón para que te animes a hacerlo en el silencio. Solo en el silencio nos unificamos, logramos conectarnos con lo más profundo de nuestro ser, con nosotros mismos y con nuestro Padre… Algo así como lo que hacía Jesús, que se iba cada tanto al silencio. Por ahí no pudiste hacerlo con el evangelio de ayer, por ahí no podés con el de hoy, pero por ahí si podés hacerlo en algún momento del fin de semana. Es cuestión de “meterse en la escena”. Ver, oler, escuchar, gustar y tocar todo lo que te imagines para preguntarte finalmente, que quiere decirte a vos todo eso que experimentas. Para que se te revele a vos esa palabra escondida, para que se te muestre a vos hoy, lo que Jesús te quiere decir, como ese día a Simón, de corazón a corazón. La escena de hoy es parte de un relato más largo: Jesús a la orilla del lago, esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro  y después, este diálogo maravilloso con Simón.

Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en el tuyo y el mío ahora, mientras escuchamos su palabra. 

Nosotros como Pedro, alguna vez hemos negado al Señor… ¿cuántas veces? Mucho más de tres. Con  nuestros silencios y cobardías – mientras otros dan la vida -, con nuestras omisiones – mientras otros dan todo lo que pueden -, con nuestras promesas incumplidas – mientras otros se desviven por cumplirlas -, con nuestros soberbia hacia otros  -mientras otros disfrutan la humildad -,  con nuestros pecados ocultos – mientras algunos nos creen buenos -, con nuestras incoherencias – mientras otros sufren por ser coherentes -,  con nuestra deshonestidad social – mientras otros son fieles -,  y con tantas cosas más, seguro que hemos negado al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios.

Porque a nosotros también como a Pedro se nos puede sentar Jesús al lado, preparándonos un fueguito para calentarnos el corazón y nos puede decir esto mismo. ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? ¿Aunque ahora te mueres de vergüenza de mirarme a la cara, me amás? Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama amando y enseñando a amar, no remarcando el error para herir a Pedro. Nosotros a veces reclamamos refregando, o sea mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Jesús reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro, son en realidad una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de todo la Iglesia, lo que hoy nosotros llamamos Papa. Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era muy chiquito por confiar demasiado en él mismo.  Jesús lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: “Tú lo sabes todo, sabes que te quiero”.

Lo único que quiere Jesús de nosotros es que lo queramos con todas nuestras fuerzas, que lo amemos como podamos, lo demás, lo que nos falte lo hará Él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo Pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos, nada de eso. Jesús nos pide que lo amemos, pero reconociendo que solo podemos amarlo como Él quiere, si justamente Él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.» Reconociendo ahora esto, si podemos seguirlo como Él quiere.

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