Jn 3, 13-17 – 14 de septiembre – Fiesta de la Exaltación de la Cruz

 

 

Jesús dijo a Nicodemo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

Comentario

Es imposible asombrarse de las cosas lindas de la vida si no sabemos parar de correr, si no paramos para maravillarnos de lo que Dios nos regala cada día. Muchas de nuestras dificultades para aprender a amar, tienen que ver con que, por correr, no sabemos disfrutar y perdemos la capacidad de asombro en los detalles.

¿Qué te asombra día a día? ¿Hacés el esfuerzo para detenerte a hablar y escuchar a los que tenés a tu alrededor? ¿Te dás duenta que por no frenar te olvidaste de escuchar? Cada día como sacerdote debo intentar mirar lo que mis ojos a veces no ven, por estar ciegos, para poder encontrar a Jesús en todas las cosas. Si no hago ese esfuerzo se seca mi corazón y me convierto en un funcionario, en un pastor que se apacienta así mismo, como decía San Agustín. Es el camino que todos debemos hacer para que nuestra espiritualidad no sea abstracta y desencarnada. Ser cristiano en medio de este mundo no es escaparle al mundo, como si todo fuera malo, sino que es encontrar en este mundo, tal como es, las huellas de un Padre que nos busca a cada instante y nos encuentra siempre que nos dejamos encontrar. Pero para eso, hay que saber dejarse asombrar, hay que andar atentos. Algunas veces el asombrarnos nos llega casi intempestivamente, de manera obligada, solo tenemos que ceder, decirle a Dios: “Bueno, confío, creo que estás acá, esto no puede venir de otro lado” No sé si alguna vez te pasó, pero pasa cuando uno se va “entrenando” en el asombro, cuando uno está dispuesto. Pero en general, el dejarse asombrar llega cuando ponemos parte de nosotros, cuando aprendemos a observar y escuchar de un modo distinto, cuando dejamos de pensar en nuestras necesidades y nos centramos en la de los demás. Es como una disposición del corazón, algo que se va adquiriendo en la medida que nos “dejamos” empapar por su Palabra. Intentemos eso cada día, porque siempre es más fácil ser amargados y pesimistas.

Sigamos practicando, sigamos entrenando el corazón. ¿Qué te asombra de algo del Evangelio de hoy? Saber qué nos asombra es un termómetro de lo que queremos, de lo que sentimos, de lo que pensamos. ¿Qué nos anda pasando que nada nos asombra de hace tiempo? ¿Qué nos anda pasando que solo me asombra lo negativo? ¿Qué me tiene obsesionado que solo me asombran algunas cosas?

¿Qué podemos pedirle hoy a Jesús en esta fiesta tan linda en donde exaltamos el Amor que brota de la Cruz? ¡Que nos asombre su Amor, que nos asombren por lo menos éstas palabras!: Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

¿Sabés qué nos pasa muchas veces? El amor no nos asombra. ¿Sabés por qué no somos cristianos en serio, con todas las letras? Porque no nos terminamos de asombrar de que Dios Padre nos ame tanto. ¿Sabés por qué siempre terminamos cayendo en lo mismo? Porque no amamos lo suficiente a Dios Padre, ni a su Hijo, ni siquiera una pisca de lo que Él nos ama. No nos damos cuenta. El amor nos sobrepasa, nos pasa por encima. ¿Alguna vez te pasó de que se te parta el alma al descubrir el amor que alguien te tenía y no supiste corresponderlo? Seguro que sí, me imagino que sí. ¿Cuántas personas siguen sufriendo al perder un ser querido por no haber correspondido a su amor? Muchas veces valoramos las cosas cuando las perdemos, valoramos el amor al perderlos. Pensalo.

Pero no es para que te amargues y te digas a vos mismo lo malo que sos, sino para que nos demos cuenta de lo poco que amamos realmente, por nuestra insensibilidad del corazón. Muchas veces “no sabemos lo que hacemos”, no sabemos de lo que nos perdemos, no sabemos todo lo que Dios nos ama. Y por eso nos quejamos del dolor, de la injusticia, de la muerte, de que Dios no se haga cargo de la maldad de este mundo y así mucho más. Mientras tanto, la historia y la Palabra nos enseña que: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Dios lo amó tanto y lo ama tanto, nos ama tanto que no somos capaces de calcularlo, el amor no se puede calcular. Somos nosotros los que tenemos que ser conscientes de tanto amor, no de calcularlo. Jesús vino al mundo para que nos demos cuenta de todo el amor que Dios Padre nos tiene, ¿no te asombra eso? ¿Te parece poco lo que hizo Jesús por vos y por mí viniendo al mundo y entregando su vida por nosotros?

Pidamos hoy, en esta fiesta, dar un paso más, se puede, hay que pedirlo y dejarse asombrar. Asombrate también del amor de tus seres queridos, de los que se juegan por vos día a día, gratuitamente, solo por amor, porque así es el amor…. Gracias a Dios.

Share
Etiquetas: