Jn 3, 16-18 – 11 de junio – Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor

Comentario

La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se hace presente en la historia, siendo el que le da vida a la Iglesia, nos da vida a vos y a mí, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, como para coronar todo esto que venimos celebrando, creyendo y rezando. Dios, no es un Dios particionado, por decir así. Aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco. Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es un poco Padre, un poco Hijo y cada tanto algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y enseñarnos. Nuestra fe es un todo, es como un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo, y el desviarme en una cosa, me lleva inevitablemente a desviarme en otra. Por eso el cristiano es Trinitario, no es ni solo de Jesús, ni solo del Padre, ni solo del Espíritu. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del Misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, si podemos acercarnos y dejarnos invadir por él.

Algo del evangelio de hoy dice: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único…” Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, a todo lo que creó, nos ama tanto, que no quiso “quedarse encerrado”, quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su Corazón para que podamos maravillarnos algo de su Gran Misterio y podamos enamorarnos de su amor.

¿Cuál es el Misterio? ¿Qué es un misterio? Para nuestra fe, hablar de misterio no es hablar de cosas inaccesibles, de cosas ocultas reservadas para algunos, sino al contrario. Que Dios sea un misterio quiere decir que se ha revelado, quiere decir que lo inaccesible se hizo accesible y por eso podemos conocerlo. Decir que Dios es un Misterio, quiere decir que podemos conocerlo. ¿Lo sabías?

Obviamente nunca se llega a decir todo, jamás, porque sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió al Hijo, un Padre creó todo por su Palabra, por el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre, dio su vida por nosotros obedeciendo al Padre. El Padre también nos envió al Espíritu Santo, por el Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino pero uno solo.

Muy lindo, pero.. ¿Qué tiene que ver esto con mi vida? Dice el evangelio “…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como Él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar más que buscar entender. La maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que conociéndolo podamos vivir de Él y amar como Él. Somos creados a imagen y semejanza del Hijo, llamados a ir “pareciéndonos” a Él, viviendo y siendo hijos como Él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Divinizarnos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar, tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña eso y nos quiere hacer participar de ese amor.

¿Cómo hacemos para vivir eso? Antes que nada creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que yo me imagino, sino que es como Él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se me antoja, sino como Él nos enseña, un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande en nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que Ella quiere, amar y ser amados. Dios no es solitario, nosotros tampoco podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarla. También con nuestra oración diaria, con cada gesto religioso de corazón que hagamos, principalmente la adoración eucarística y la Misa.

Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que este gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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