Jn 3, 16-21 – 26 de abril – II Miércoles de Pascua

 

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Palabra del Señor

Comentario

¿Querés darte cuenta de porqué puede vivir feliz aquel que vive creyendo?

“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo; para juzgarte a vos o a mí, sino para que creamos y creyendo nos salvemos por medio de Él. Nos salvemos de nuestras debilidades y curemos nuestras enfermedades espirituales y también las físicas. Y no es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo, digamos que es como ir caminando; se camina avanzando, es como algo continuo, algo que nos ayuda a crecer de a poco. Por eso el que va creyendo; va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el Espíritu, dada por el Espíritu. El que cree en Jesús renace siempre, porque hay algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir. Ayer –en el evangelio– Jesús nos decía: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». Eso le decía a Nicodemo que no comprendía este doble nivel de lenguaje.

Nosotros podemos ser reengendrados; podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer, el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación. ¿Creer en qué? ¿Creer en quien? Creer en Jesús, creer en que Él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor que ser Dios y venir a estar con el hombre por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio?

La fe es un don, el don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto. La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender para repetir o para defender,  un sentimiento que sentir. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes y te des cuenta que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó esta decisión en serio. Y en definitiva creer es aceptar que esto es posible y que además cambia la vida del que lo acepta y lo hace entrar en una Vida nueva.

 Todos nosotros, los que escuchamos la Palabra de Dios día a día, seguramente somos bautizados, confirmados, incluso recibimos a Jesús en la comunión. Ahora; eso no quiere decir que todos experimentamos esto de volver a nacer, este nacer en el Espíritu Santo. Muchas veces lo tenemos olvidado al Espíritu y por eso el Espíritu no puede hacer tantas cosas en nosotros.

Hay que volver a maravillarse una vez más de que Dios nos haya amado primero y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por Él, para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando muchas veces, nos sigue de alguna manera persiguiendo. Y es el Espíritu enviado por Jesús el que nos santifica y vivifica.

Hoy intentemos hablarle a Jesús como lo que es; nuestro salvador, nuestro hermano mayor, aquel que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien. Todo lo que pidamos en su nombre al Padre nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en Él, pidamos renacer una vez más en este día. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte de algún ser querido no apague el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestra vida, para que podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando aunque a veces nos cansemos.

“Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos”.

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