Jn 5, 31-47 – 30 de marzo – IV Jueves de Cuaresma

 

 

Jesús dijo a los judíos:

«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría. Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.

Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes. Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.

Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí, y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.

Mi gloria no viene de los hombres. Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes. He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir. ¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?

No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza. Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí. Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?»

Palabra del Señor

Comentario

La luz que proviene de lo alto, del sol, o bien la luz artificial, es la que nos permite ver el mundo que nos rodea. Por más ojos que tengamos, sin luz en este mundo no somos nada. Por más lindos y sofisticados que sean nuestros ojos, solo pueden ver gracias a algo externo que les aclara e ilumina los objetos. ¿Viste la cantidad de problemas que se nos vienen encima cuando nos quedamos sin luz? En esta época en la que vivimos, estamos muy acostumbrados a ver de noche, sin embargo, no era lo normal de hace no mucho tiempo. Por eso hemos perdido esa sensibilidad, por decirlo así, al valor de la luz, a la necesidad de la luz, al temor que nos viene al corazón cuando andamos en las tinieblas. Y solo nos damos cuenta de su necesidad cuando la perdemos, cuando se nos “corta” la luz.

Con la fe pasa algo similar, pero en sentido inverso. El mundo, por lo menos así lo cuenta la historia, desde hace no muchos siglos, era cristiano, tenía “luz”, se dejaba iluminar por la luz del evangelio, por la luz de la fe. Hoy no podemos decir que ya no hay fe, que ya no hay luz, pero si podemos decir, y lo dice mucho la Iglesia, de que hay muchos “apagones”, que no todos quieren o les interesa ser iluminados por esta luz, prefieren la luz que viene del mundo, una luz mucho más atractiva a simple vista.

Por ahí, vos y yo hemos recibido la “luz” de la fe desde chicos, y nos parece normal, nos parece algo cotidiano, nos parece algo que no viene de “otro lado”, sino que hasta incluso podría ser “merito” nuestro. Pero… no es tan así. Como están las cosas hoy, ya no es tan “normal” creer, ya no es tan cotidiano estar con Jesús”, al contrario, en nuestras familias ya muchos no creen, ya muchos rechazan la fe, a muchos no les interesa, muchos incluso se burlan, se ríen, les parece intrascendente. Es ahí, al ver la falta de luz, de lo que hace “no tener a Jesús” en la vida, cuando nos damos cuenta que lo nuestro es un don, cuando nos podemos dar cuenta de lo lindo que es tener fe, de lo lindo que es dejarse iluminar por Jesús. Ojalá te pase, ojalá tengas esta sensación. Ojalá nos demos cuenta de que tener fe es un don, y que nos permite ver todo distinto, nos libró de una ceguera espantosa, porque no hay nada peor que no ver y además pensar que vemos.

Y nuestra fe es así. Una llama de luz, una luz que se viene transmitiendo de “vela en vela” a lo largo de los siglos. Un testimonio que hemos recibido y al creer, hemos empezado a caminar para ayudar a otros a caminar, a ver mejor.

Sobre algo de esto habla el Evangelio de hoy. Jesús no habló en su nombre, sino en nombre del Padre. Juan el Bautista, los apóstoles no hablaron en su nombre, con la sabiduría de este mundo. Nosotros no hablamos en nombre nuestro, no nos creerán por hablar mucho y hacer mucho, por ser unos genios, grandes hacedores de cosas y llenos de aplausos, sino por ser transparentes en el sentido más profundo y cristiano de la palabra. Ser luces que no tienen luz propia, porque a veces no nos da el corazón, porque a veces todo nos abruma y las tinieblas nos pasan por encima, porque estamos cansados y caemos, pecamos. Lo más lindo de ser testigos de Jesús, de ser luces, es justamente que la luz no es nuestra y por eso si la sabemos cuidar nunca se apaga. Si crees que no podés es porque estás pensando que podés, y en realidad es todo al revés. Cuando te convenzas de que por tu fuerza vos no podés, será justamente cuando dejes brillar lo que viene de Jesús y te conviertas en lámpara que arde y porte una luz que no se cansa de iluminar, la luz del mundo que es Jesús.

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