Jn 7, 1-2. 10. 25-30 – 31 de marzo – IV Viernes de Cuaresma

 

 

Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.

Se acercaba la fiesta judía de las Chozas. Cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver.

Algunos de Jerusalén decían: «¿No es este aquel a quien querían matar? ¡Y miren como habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es.»

Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: « ¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió.»

Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor

Comentario

La luz de Jesús, la luz de la fe, como dijimos ya muchas veces estos días, no es una cosa, sino es una Persona. Decir que Jesús es Luz, es una imagen, es un modo de expresar lo que él logra en nuestras vidas, su misión en este mundo que se cree “iluminado” pero que vive en tinieblas y al mismo tiempo, es algo a lo que estamos llamados todos nosotros. Somos iluminados, para iluminar. Somos librados de una ceguera para ayudar a otros a que salgan de sus cegueras. Esto que parece tan lindo y poético, es muy real, pero lo bueno sería que cada uno de nosotros lo piense en su propia vida. ¿Cuándo empecé a ver las cosas de manera diferente? ¿Qué fue lo que te sacó de la ceguera o lo que te ayudó a ver un poco más y mejor? ¿A partir de qué momento te diste cuenta que todo era muy distinto a lo que pensabas? Es bueno recordarlo, para agradecer, para no olvidar. Puede haber sido cualquier cosa, Jesús se sirve de lo que él quiere para sanarnos, incluso del barro, ¿te acordás?

Jesús iluminaba los lugares y las personas por donde andaba. Jesús sigue iluminando los lugares y las personas que le abren el corazón, pero al mismo tiempo, pone al descubierto las tinieblas que lo rodeaban. Mientras no hay luz, nadie se da cuenta, todos andan a tientas. Todos andamos pateando las cosas. Mientras nadie ve, la mayoría cree que ve y así andamos.

Algo del evangelio de hoy, manifiesta que no todos aceptaban la luz de Jesús y no todos estaban muy contentos con su presencia. El que anda ciego no se da cuenta, pero además están los que les gusta las tinieblas. Al mundo, a muchos, les gusta las tinieblas, les gusta la “noche”. La noche, las tinieblas es símbolo de eso, de oscuridad, de falta de claridad, de temor, de ocultar lo que podría saberse, de pecado. Jesús sufrió este rechazo en vida, y lentamente iremos viendo como fue creciendo hasta alcanzar la muerte. Es lindo hablar de la luz, pero no podemos olvidar las tinieblas. La oscuridad de nuestro corazón que se rebela a ser iluminada, el pecado de nuestro interior que odia ser descubierto y la corrupción de este mundo ciego que oculta todo lo que lo pueda hacer “quedar mal”. Mientras tanto, hay fuerzas que se oponen al bien, a la luz. Pero… ¿sabés una cosa? Por más que parezca que ganan, el triunfo es nuestro y está asegurado. Por más que caigas, por más que pequemos, nos equivoquemos, una y mil veces, si volvemos a la Luz, a Jesús, la vida nos volverá al cuerpo. Nunca te olvides de eso. El dueño de la vida es Jesús, de eso no hay duda, y esa vida es la que tenemos que llevar en nuestro “cuerpo” si creemos en Él, esa es la Vida eterna.

Hoy dice claramente el evangelio: “quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora”. No era el momento y además el no murió de casualidad, murió porque quiso, porque lo eligió por amor. Él sabía que si iba a Jerusalén lo matarían. Al cristiano no le quitan la vida, la entrega. Como tantos mártires de hoy, en tantos lugares del mundo. ¿Sabías? No mueren por accidente, como sin querer, mueren porque en realidad ya están dando la vida, su vida está al servicio de la vida de otros, sino estuviesen  amando no los estarían matando. Cuando uno elige dar la vida de a poco, amando, no es sorpresa que la muerte sea una consecuencia de la forma de vivir. Parecerá duro y fuerte lo que te voy a decir, pero es evangélico y muy de Jesús; el amor nos va “matando”, nos va quitando la vida del cuerpo, pero lentamente nos va dando otra vida, vida eterna, vida que no se pierde, que se gana, que se transforma, que resucita. Si elegís amar y entregarte, preparate para morir, pero morir bien, y morir no es malo, morir por amor a los demás, a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a los más abandonados de la sociedad, es la verdadera felicidad. Ser seguidor de Jesús es también comprender y abrazar esto, esta forma de vivir. Esta certeza de que no hay que “ocultarse”, al contrario, hay que exponerse, y no porque seamos tontos, sino porque estando ahí donde nadie quiere estar, es como llevaremos luz donde no la hay.

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