Juan 1, 1-5. 9-14 – II Domingo de Navidad

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.  La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.  Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Si escuchaste la Palabra de Dios en estos últimos días por ahí estarás pensando: Este Evangelio ya lo escuché varias veces. Sí, es verdad, esta es la tercera vez en ocho días que aparece este Evangelio de Juan en la liturgia. A veces pasan estas cosas. Pero, lo primero que te recomiendo es que no pienses que ya está, que no hace falta escucharlo otra vez, esa la peor tentación de nosotros, hijos, para nuestro Padre del Cielo que nos habla siempre. Pensar que Dios ya no tiene nada que decirnos, pensar que ya escuché varias veces lo mismo y por eso ya lo sé, ya lo conozco. Nada más alejado de la novedad y de las sorpresas que Dios siempre quiere darnos por medio de su Hijo, que es la Palabra. Él no es palabra vacía o llena de contenido para recordar, como las cosas que estudiamos, sino que es Palabra llena de vida, de luz y de amor que, por supuesto, da vida, ilumina y llena de amor. Por eso, siempre que la escuchamos sabiendo eso, puede volvernos a sorprender.  Ojalá que hoy nos sorprenda otra vez la Palabra de Dios, como lo ha hecho tantas veces.

Y, entre tantas cosas que podemos seguir meditando de algo del evangelio, que es inagotable, porque es como el resumen de todo el Evangelio de san Juan, hoy pienso lo siguiente:  Dios quiso quedarse con nosotros para siempre, dice San Juan que “¡La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros!”, puso su carpa entre nosotros, puso su morada entre nosotros. Dios eligió venir Él mismo a hablarnos y evitar los mensajeros. Dios Padre no quiso que su pensar, su querer, su sentir, quedase en palabras que se las lleva el viento, como decimos, sino que quiso enviar a su Hijo a hacerse hombre, hacerse carne, para estar presente como uno de nosotros y hablarnos como uno de nosotros. Hablarnos como hombre, trayéndonos las cosas de Dios. La Palabra de Dios, o sea todo lo que el Padre quiso decirnos, la Palabra de Dios con mayúscula es Jesús, y toda su persona. Todo lo que hizo, sintió y vivió podemos hoy conocerlo gracias a sus palabras que quedaron escritas (los evangelios), y sus acciones, sus gestos y también por las palabras que se transmiten de corazón a corazón, de creyente a creyente, a lo largo de toda la historia de la tradición de la Iglesia. Así nos llega hoy a nosotros la Palabra de Dios.

Sobre cómo eligió Dios hablarnos, sobre el modo que tiene de comunicarse nosotros tenemos todo y mucho por aprender. Porque de nuestra boca y del corazón pueden y salen palabras que iluminan, palabras que dan vida, que ayudan, que consuelan, que animan, que levantan, o bien, de nuestro corazón, también salen palabras que engendran tinieblas y muerte a nuestro alrededor y en nuestro interior. Nuestras palabras y la de los demás, influyen mucho en el color que toma el ambiente en el que nos movemos. Nuestras palabras, y no sólo me refiero a las que salen de nuestra boca, sino a nuestros gestos, a nuestra presencia, nuestra manera de mirar, de relacionarnos con los demás. Las palabras y el modo de comunicarnos expresan lo que pensamos, lo que sentimos y lo que deseamos, y cuando nos comunicamos, transmitimos eso, lo que pensamos, sentimos y deseamos. Además, nuestras palabras pueden estar acompañadas de gestos que afirman o desmienten lo que expresamos. ¡Cuántas veces borramos con el codo lo que escribimos con la mano! ¡Cuántas veces un gesto vale más que mil palabras! O sea, dice mucho más de lo que quisimos decir con esas palabras.

Podríamos decir entonces que la mayor parte de nuestra vida, o mucho tiempo de nuestra vida, es un tratar de ir aprendiendo e ir educando nuestro modo de hablar, de comunicarnos con los demás, un ir encontrando la concordancia entre el corazón, la cabeza y lo que expresamos. Un ir aprendiendo, mirando a Jesús cómo Dios quiere comunicarse con nosotros y cómo nosotros tenemos que comunicarnos con los demás y qué cosas tenemos que comunicar a los demás. También es un ir aprendiendo a escuchar y a comprender lo que otros nos quieren decir. ¡Si supiéramos expresarnos bien! ¿Cuántos malestares nos ahorraríamos? ¡Si supiéramos escuchar y comprender mejor a los demás y no leer entrelíneas! ¿Cuántos malos humores nos evitaríamos en nosotros y en los demás?

Bueno. La Palabra de Dios, Jesús, es Luz, da luz, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y nuestro alrededor. La Palabra de Dios, Jesús, es Vida, da vida y vivifica todo corazón que toca, todo creyente que la recibe y la quiere llevar a su vida.

¿Alguien se imagina a Jesús hablando mal, gritando y tratando mal a la gente? Difícil, ¿no? Jesús vino a enseñarnos la Verdad, pero nos la enseñó bien. No solo hay que enseñar cosas verdaderas, sino enseñarlas bien. No solo hay que decir la verdad, sino hay que decirla bien, hay que decirla con amor.

Pidamos hoy a la Palabra, que es Jesús, aprender a hablar y a comunicarnos bien, con nuestros gestos y con nuestras miradas, con todo lo que hacemos; y a escuchar bien, y a saber decir las cosas, a expresarlas con amor. El amor es el que abre los corazones para que pueda entrar su luz, su verdad, su vida. Probá lo lindo que es escuchar, probá lo lindo que es hablar bien. Él nos habló bien, hagamos nosotros lo mismo. Que la palabra de Dios penetre hoy en nuestros corazones.

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