Juan 14, 21-26 – V Lunes de Pascua

Jesús dijo a sus discípulos:

«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer, permanecer, estar, perseverar, continuar, persistir hasta el final, hasta el cansancio, hasta agotar la última gota de sangre, hasta derramar la última gota de sudor… esta me gustaría que sea la idea de fondo, el cimiento de los comentarios de esta semana, que se desprende del evangelio de ayer, en donde escuchamos muchas veces la palabra “permanecer”. Te suplico que permanezcas en este camino, en el camino de la escucha, de la gente que escucha paciente y constantemente la palabra de Dios. Mira el cielo, mirá alguna imagen, mira a la persona que más amás y que eso te anime a empezar este lunes con otra cara, cambia la cara, maquíllate con una sonrisa, usa la sonrisa como el mejor maquillaje. No te canses, vale la pena vivir, vivir escuchando. La soberbia del mundo, la soberbia de muchos, incluso entre nosotros los miembros de la Iglesia, hace que nos cansemos, que consideremos que ya no vale la pena escuchar nada ni a nadie, hace que nos miremos de reojo, que nos escuchemos a medias, que las palabras entren por un oído y salgan por el otro. ¡Cuánto amor nos perdemos cuando pensamos así! ¡Cuántas personas heridas en nuestras comunidades por la soberbia, por la arrogancia, por la vanagloria! Muchas veces imagino los rostros de los que escuchan estos audios, para no cansarme, para darle sentido a lo que hago, para permanecer fiel, para dejar que Jesús permanezca en mí. Hagamos lo mismo, es entrar en comunión con otros, pensar en los otros, pensar que algún corazón necesita nuestro aliento, nuestro ánimo, nuestro abrazo, nuestra oración.

Los hijos de Dios y de la Iglesia somos hermanos de verdad, y también nos sentimos hermanos de los que nos rechazan y nos odian, también es posible. ¿Querés permanecer? Sé fiel, escuchá otra vez si es necesario. La palabra de Dios para vos y para mí ya no puede ser un condimento más, sino que tiene que ser el “desayuno” de cada día, eso que no dejarías por nada del mundo, eso que te permite vivir y estar en paz. Vamos juntos a permanecer. 

Algo del evangelio de hoy nos propone una locura para la razón, una locura para nuestros corazones que a veces se resisten a creer. Nos propone traernos el cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. ¿No te parece una locura? ¿Tenías interiorizada esta verdad de fe tantas veces olvidada? «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» El que ama empieza a vivir el cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar para seguir amando? Demasiada densidad de verdad para un lunes a la mañana. Sí, despertate. Sí, cree que esto es así. Dejá de mirar el tráfico por un momento…. Dejá de preparar el desayuno… Dejá el mate por un momento. Dejá de hacer lo que pensás que es más importante hacer ahora. Volvé a escuchar esto: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» Sí, así nomás. No es metáfora, es realidad. Es la realidad de los que aman de verdad, es la realidad de los santos que amaron de un modo único y cambiaron el mundo para siempre, es una realidad que puede ser nuestra.

Por otro lado, Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con Él. Amar, vivir su mandamiento del amor, dejar que Él ame en nosotros es la mejor manera de empezar a vivir el cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte, es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra, pero con los ojos en el cielo”.

El que vive así, quiere ir a cielo, pero no para escapar de esta vida tan linda, o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino todo lo contrario, todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. El que vive así, simplemente, sencillamente, disfruta de los pequeños cielos terrenales que son como un espejismo del que vendrá. ¡Qué lindo es encontrar personas que disfrutan de los pequeños cielos de cada día, del pequeño cielo que acarreamos en el alma y nos da fuerza para esperar el definitivo, el que jamás se terminará! Vos, escuchando todo esto…. ¿Qué pensás? ¿Qué se te cruza por la cabeza? ¿Todavía seguís haciendo eso que te tiene distraído? ¿Todavía no te alcanza el corazón y la cabeza para comprenderlo? Bueno, es entendible, tenemos que despertarnos, tenemos que permanecer más tiempo, con más amor, con Jesús… que siempre permanece con nosotros. 

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta