Juan 14, 27-31a – V Martes de Pascua

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer es lo más lindo, permanecer en Jesús hace bien, llena de alegría y felicidad, porque estar con Él, va transformando la vida lentamente, aunque a veces nos damos unos buenos golpes y parezca que nada cambia. Permanecer no es estar quieto, no es rigidez, sino que permanecer es también cambiar siempre, al ritmo de la gracia de Dios que fue derramada en nuestros corazones y siempre nos muestra caminos nuevos. Permanece en Jesús aquel que vive atento a su voz, a la voz del verdadero pastor, del único que nos conoce de verdad y nos guía por caminos de certezas. ¿Estás permaneciendo en Él o permaneces en tus caprichos y ambigüedades? ¿Vivís cada día buscando estar con Él sabiendo que Él siempre está con vos? Jesús es la verdadera vid, eso quiere decir que hay otras vides que no son verdaderas o por lo menos, no nos dan la sabia que necesitamos. Los que saben permanecer, en este mundo de hoy repleto de incertidumbres y inconstancias, son faros que nos iluminan y nos animan a seguir. Pensá en esas personas que supieron permanecer y que incluso hoy permanecen en aquello para lo cual se comprometieron dar la vida. ¿No te conmueve cuando encontrás esos matrimonios que parecen eternos, pero están siempre frescos? ¿No te alegra cuando conoces a un abuelito, a una ancianita que sigue siendo fiel, que sigue amando a los suyos, que sigue sirviendo a la Iglesia por más que llueva truene y caiga granizo? A mí sí. ¿Conoces algún sacerdote anciano que pasó por todas, e incluso hoy sigue celebrando la misa, confesando con amor cada día? ¡Qué bien que hace en estos días, encontrar personas que habiendo descubierto que Jesús habita en sus almas, no se despegaron nunca más de Él, incluso en medio de las tormentas de la vida! Pidamos esa gracia, todos, vos y yo. Sea lo que seas: obrero, empleado, estudiante, padre, madre, sacerdote, consagrada, empresario, político, no importa, seas lo que seas, pedí saber permanecer fiel a Jesús, en el silencio, en el olvido, en el anonimato, en medio de un mundo que solo muestra lo pasajero y exalta la “felicidad superficial” que pasa como un chaparrón. Daremos frutos, seremos felices si sabemos permanecer, si dejamos que Jesús permanezca siempre con nosotros.

No nos inquietemos por las cosas que cambian y parecen que no vuelven atrás. No nos inquietemos por las cosas que no cambian y parece que no cambiarán jamás. Nuestro corazón está en otro lado, aunque esté en nuestro cuerpo. Nuestro corazón es un pequeño cielo si amamos y dejamos que Jesús ame en nosotros. Todas las inquietudes provienen de nuestro olvido de esta verdad.

Por otro lado, algo del evangelio de hoy nos da una linda certeza: «“Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.» Jesús resucitó, está, pero en realidad como nos decía ayer, se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos. Esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad muy grande. El cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginar, así lo dice san Pablo: «“…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.» Por eso hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita y corazón pueden entender. Por eso no hay porqué inquietarse, por eso no es raro tener ganas de ir al cielo cuando experimentamos lo lindo que es dejar que Él invada nuestra vida, sin dejar de despreciar lo que tenemos en la tierra, y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo mejor. Una cosa no quita la otra, las dos van de la mano.

Amar lo que viene, amar el cielo, es amar la vida, es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo, es darse cuenta que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz, pero no como esa paz que nos promete este mundo, que muchas veces vive en “su mundo”, en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas, o soluciones solo materiales; sino la paz buscada, la paz luchada, la paz conquistada por el amor, es la paz “armada”, pero con las armas del amor, de la entrega que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, sabiendo siempre que al final, solo podrá ser mejor, si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos “dioses”, que el mundo es regalo, que somos criaturas, creadas para Dios Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Sabiendo esto… ¿No te dan ganas de permanecer en el amor de Jesús? ¿No te dan ganas de dejar que Él viva siempre en vos? ¿No te dan ganas de ir al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?

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