Juan 15, 9-11 – V Jueves de Pascua

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»

Palabra del Señor

Comentario

Tiene mucho que ver la palabra de Dios de hoy con la del domingo, de hecho, podríamos decir que la complementa y ayuda a comprenderla mejor. Siempre es bueno recordar que los textos de la palabra de Dios son como un organismo vivo que se necesitan el uno al otro, que se comprenden el uno con el otro, y eso lo hace más desafiante al interpretar, y al mismo tiempo con más vida, con una riqueza inagotable. Hoy se comprende mejor que el amor que Jesús nos pide que tengamos, proviene del Padre, Él mismo lo recibe de su Padre y nos lo dio a nosotros derramando en nuestros corazones el Espíritu Santo. Pero… hoy quería continuar con algunas preguntas.

¿Qué es lo que te mueve a levantarte cada día? Es bueno preguntarse esto cada tanto. Hace bien. ¿Qué es lo que te mueve a levantarte para cuidar a tu hijo, a prepararle el desayuno, a ayudarlo a empezar el día? ¿Qué es lo que causa que, aunque estés cansado, todos los días hagas el esfuerzo para ir al trabajo y llevar el pan de cada día a la mesa de tu familia? ¿Qué causa que seas capaz de perdonar una ofensa de alguien a quien amas? ¿Qué es lo que te causa deseos de hacer el bien a tu familia, a tus amigos? ¿Cuál es el motor de tus acciones de cada momento? Seguramente no somos siempre conscientes de cada acción, seguramente no pensamos detenidamente cada cosa que hacemos, pero seguramente podemos coincidir que lo que nos mueve a hacer todo eso que hacemos en nuestra vida, con más o menos matices, es el amor. Es esa fuerza invisible que vive en nuestro interior y nos hace volcarnos hacia afuera, nos hace hacer lo que muchas veces no querríamos hacer, nos hace levantarnos, nos hace tener detalles, nos hace sacrificarnos, nos hace desvelarnos, nos hace cansarnos, nos hace darle un poco más de gusto a la vida.

Amar es bueno y hace bien, eso no es ninguna novedad. Amamos porque amar nos da vida y amando ayudamos a vivir a otros. Al mismo tiempo, es verdad que, la palabra está desgastada. Está banalizada. Está mal usada. Tan mal usada que a veces a algunos cristianos les da vergüenza hablar del amor, porque parece que decir amor es demasiado meloso, es demasiado sentimental, como si fuera que los sentimientos no son tan buenos. Por otro lado, la usan tanto algunos o la usan mal, que abusan del uso y terminan vaciándola de contenido. Si digo muchas veces amor y no sé lo que es amar o no amo de verdad, la palabra ya no tiene sentido. Creo que no debemos caer en extremos. Acordémonos que los extremos siempre se tocan. Ser equilibrado en la vida cuesta, porque siempre hay que andar haciendo un esfuerzo para no caerse, ni para un lado, ni para el otro. Andar por una cornisa haciendo equilibrio implica estar siempre atentos, implica mirar donde pisamos, implica no dejarse vencer por el vértigo.

Sin embargo, algo del evangelio de hoy habla del amor. Jesús habla del amor, del amor del Padre, de su amor y de cómo tenemos que amarnos entre nosotros. ¿Por qué entonces nos puede causar pudor hablar del amor? ¿No será que todavía no sabemos plenamente lo que es amar? ¿Por qué entonces algunos abusan de la palabra siendo algo tan delicado y serio? ¿No será que en realidad creen que aman, pero todavía les falta muchísimo? Amar es cosa seria, para amar en serio no basta con decir que amamos, no basta con amar a los que nos sale naturalmente amar. Para amar en serio, en realidad tenemos que reconocer, revivir, experimentar esa corriente de amor verdadero y eterno que proviene de Dios Padre, que pasó por su Hijo y que está sembrado en nosotros para ayudarnos a amar. Jesús no nos habla de un simple amor humano, espontáneo, sino que nos habla de amor del cielo, amor de Dios que se derrama en corazones humanos imposibilitados para amar como Dios ama. Hay que ser sinceros, no tenemos la fuerza para tanto. Pero podemos si nos damos cuenta que el amor no es un mandamiento que obliga desde afuera, sino que es vida que brota desde adentro y que descubre lo más verdadero que tenemos. Jesús nos ayuda a descubrir que podemos amar porque en realidad somos amados por Él y por el Padre. Esa es la clave. Podemos amar porque somos amados, podemos amar si “permanecemos” en esto, si reconocemos esto. No se puede amar bien si no se acepta semejante misterio y regalo. No se puede vivir este mandamiento que brota desde adentro si no se reconoce también, que amar y ser amados, entregarse y dejar que los otros nos amen, no es una obligación, sino que es una necesidad del alma, del corazón. Necesitamos amar, necesitamos un motivo para vivir, necesitamos experimentar amor de Dios por medio de gestos humanos. Necesitamos darnos cuenta que el amor es cosa seria, que Dios se tomó en serio el amor y por eso nos amó hasta el extremo, para que ese amor nos despertara nuestros deseos de amar.

Si hoy no estás bien, o cuando no estemos pasando buenos momentos en la vida, porque parece que el amor está muy lejos, porque la vida parece un “valle de lágrimas”, no te olvides que tenemos otras opciones… buscar ese amor por nosotros mismos. No esperar a que el amor nos venga a buscar, que nos encuentre. E amor en realidad, está siempre, al alcance de nuestras decisiones, a un paso que a veces parece muy largo, pero posible. El amor aparece muchas veces cuando nos decidimos a darlo a los demás con nuestra presencia, con nuestros gestos, con nuestra escucha.

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