Juan 16, 12-15 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

Jesús dijo a sus discípulos:

«Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy, en este domingo, la solemnidad de la Santísima Trinidad, después de haber celebrado en la cuaresma los misterios de la vida de Jesús, en la Pascua su Resurrección, su Ascensión y el envío del Espíritu, celebramos que Dios es Uno y Trino. Creemos por la fe que el Padre, para para salvarnos, envió a su Hijo y al Espíritu Santo, siendo los tres el mismo Dios. Son tres personas. Revivimos esta fiesta también, para darnos cuenta que Dios es Dios, y que todo lo que podamos decir de Él, no alcanza. Sabemos que nada de lo que queramos aportar, aporta lo suficiente. Dios ES.  También esta es la fiesta, de alguna manera, de reconocer eso: que somos criaturas y que Dios es más grande de todo lo que podamos pensar, absolutamente más grande que todo lo que podamos imaginar. Por eso, y siempre, pero hoy especialmente, en el día de la Trinidad, no importa tanto lo que nosotros digamos de Él, sino lo que Él nos diga a nosotros, como en el algo del evangelio de hoy: “Aún tengo muchas cosas que decirles” dijo Jesús antes de partir.

Aunque parezca que este día es algo especial, en realidad, siempre celebramos en cada misa a la Santísima Trinidad, siempre la tenemos presente, somos más trinitarios de lo que imaginamos. Desde una señal de la cruz, durante toda la misa, en cualquier oración que hacemos siempre nombramos a la Santísima Trinidad. Y, aunque lo escuchamos muchas veces deberíamos decir que no sabemos cómo ES realmente nuestro Dios. Nos equivocamos mucho cuando hablamos de Él, cuando pensamos sobre Él, cuando incluso nos damos el lujo de enojarnos con Él. Pero Dios es Dios, y por eso nosotros no podemos hacernos ídolos y dioses a nuestra medida. No tenemos que mirarnos a nosotros mismos tanto, sino tenemos que mirar lo que Dios nos vino a enseñar de Él mismo. Él vino a mostrarnos cómo es Él mismo y no las imágenes y las cosas que nosotros nos armamos de Él. Por eso el hombre se llena de ídolos y a veces, incluso puede ser, con buenas intenciones, reemplaza a Dios, por los santos o ídolos humanos, o ídolos hechos a nuestra medida. Pero Dios es Dios y esa es la mejor noticia.

La Trinidad es también comunión de amor, comunión de libertad pura para amar. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no son solamente un Dios que quiso quedarse ahí para mirar la historia desde arriba. La Trinidad vino a vivir con nosotros, se “acostumbró” a estar con nosotros en Jesús, para que nosotros sepamos cómo es Él, para que nosotros sepamos cómo vive Dios en su interior, por decir así. Dios es una “familia”. La Trinidad es una, pero no está sola. Ama eternamente. Y el que ama jamás está solo ni lo estará.  Y por eso, como nosotros somos creados a su imagen y semejanza, para vivir plenamente, debemos aprender a vivir como vive el mismo Dios, como es Él y como Dios mismo nos creó. Como imagen y semejanza de Dios, nosotros también no fuimos creados para estar solos. Ni siquiera para pensar que estamos solos, para permitirnos decir que andamos solos.

Nunca estamos solos, jamás, aunque estemos sin nadie, aunque muchas veces nos aislemos y nos sintamos solos por culpa de la falta de amor de los demás y de nuestro propio corazón. ¡Qué no se nos cruce por la cabeza y el corazón, pensar hoy que estamos solos o que  lo estaremos alguna vez! ¡Ni siquiera nos imaginemos esa situación! Porque, aunque estemos realmente solos y no tengamos a nadie al lado nuestro, en nuestro corazón vive la Santísima Trinidad. Vino a habitar entre nosotros y a quedarse con nosotros. Por eso no nos creamos esto, y aunque lo sintamos en algún momento, no vivamos como si estuviéramos solos, “creando nuestra propia vida”. El que “construye su propia vida”, pensando y viviendo como alguien que anda “solo”, finalmente se queda solo, bien solo, pero por su propio encierro. Quiero que juntos recemos y le hablemos a nuestro buen Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo:

“Trinidad Santa, que habitas en nuestra alma, no dejes que pensemos hoy que podemos estar solos, no dejes que construyamos nuestra vida solos. No dejes que nos creemos un dios a nuestra medida. Danos la gracia de poder experimentar este gran misterio, aunque nunca podamos comprenderlo totalmente. Sos Padre, sos Hijo y sos Espíritu Santo. Sos Padre que nos engendró, y que nos da vida siempre, y deseas que nos sintamos como hijos. Sos Hijo que vino a ser nuestro hermano mayor y a salvarnos dándonos su amor y enseñándonos a amar. Y sos Espíritu de amor, que se quedó a vivir en nuestro corazón para siempre, para que nunca nos creamos que estamos solos, y para que comprendamos cómo es realmente nuestro Dios”

Que tengamos un buen domingo. Un domingo vivido en familia, como también lo vive la Trinidad, una familia que es comunión de amor y quiere entregarse a nosotros, para que nosotros aprendamos a entregarnos a los demás. Y que la bendición de Dios, que es uno y trino, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre tu corazón y permanezca para siempre. Amén

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