Juan 16, 16-20 – VI Jueves de Pascua

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver.» Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: « ¿Qué significa esto que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Yo me voy al Padre”?» Decían: « ¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir.»

Jesús se dio cuenta de que deseaban interrogarlo y les dijo: «Ustedes se preguntan entre sí qué significan mis palabras: “Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”.

Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si empezamos el día intentando no pensar tanto en lo que tenemos que hacer, sino en lo que podemos contemplar frenando un poco, para hacer silencio, te aseguro que todo va a ser mucho mejor, vas a tener otra mirada de lo que ves y vivís. Pero si empezamos el día escuchando las “malas noticias”, escuchando los problemas de tránsito, los problemas del mundo y del país, escuchando otras voces que no son la de Jesús, por ahí no es malo, pero nos perdemos de algo, de algo mucho mejor. Nos perdemos de la serenidad de la mañana. Por algo los monjes empiezan su día diciendo: “Señor, abre mis labios… y mi boca proclamará tu alabanza” Empiezan sus días pidiendo a Dios que les abra los labios solo para alabar. Vos dirás, bueno, pero son monjes. Si es verdad, pero podemos tomar lo esencial. Nosotros empezamos el día levantando a nuestros hijos, haciendo el desayuno, empezando a manejar y lidiar con el tránsito, llevando los hijos al colegio, amontonándonos en un medio de transporte. Sí, es verdad, todo esto es complicado. Pero se puede intentar dejar que el primer silencio de la mañana no se rompa por lo menos por culpa nuestra. Intentá escuchar solo la Palabra de Dios al principio, intentá no encender ninguna radio, ninguna televisión.

Dentro de poco celebraremos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, el momento histórico en el que los discípulos vieron a Jesús volver al Padre. Habían dejado de verlo con su muerte, volvieron a verlo con la resurrección y dejaron de verlo con su Ascensión. Un ir y venir de presencias y ausencias. Algo que nosotros no vivimos en carne propia, ni vimos con nuestros propios ojos, por decirlo así, pero que, de una manera u otra, místicamente, lo experimentamos o lo experimentaremos. Así es la vida. Jesús no se deja ver por nuestros ojos, pero sí se nos manifiesta de muchas maneras, y podríamos decir que también “lo dejamos de ver” y después “lo volvemos a ver”, momento a momento, día a día. La vida de fe, nuestra vida espiritual muchas veces es un vaivén de distintos momentos, en los que por momentos vemos a Jesús claramente y eso nos llena de gozo y muchas otras un “dejar de verlo” que nos puede conducir a la tristeza o desesperanza. Es así la dinámica de la fe, no hay porqué asustarse. Si pretendemos “ver” siempre a Jesús, experimentarlo en todo momento y lugar, a la larga nuestra fe tendrá que pasar por el tamiz de la crisis del “no ver”, del dejarlo de experimentar, como les pasó a los discípulos. Es así, no le busques la vuelta, no le busques el “pelo al huevo”, hay ausencias de Jesús que son necesarias para dejar lugar a algo mejor, a un gozo más grande que vendrá después, «ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo».

Lo lindo de algo del evangelio de hoy es que Jesús les asegura a los discípulos y a nosotros, de que la “tristeza se convertirá en gozo”. La tristeza para el cristiano debe ser siempre pasajera, jamás puede llegar para instalarse, para echar raíz en el corazón. Puede golpear la puerta de tu casa, puede entrar un ratito, pero no puede apoltronarse en el living de tu casa, de tu corazón. No pienses que esa tristeza que tenés va a durar siempre, sabé mirar más allá, sabé esperar, sabé confiar en que Jesús te convertirá ese sentimiento en un gozo imborrable cuando menos lo esperes, incluso cuando menos lo busques. Seguro que ya te pasó alguna vez, seguro que lo viviste. Por eso no te olvides que la tristeza es pasajera y que salir de esa tristeza también depende de tus deseos de salir de ese aislamiento que puede convertirse en soledad instalada y hace tanto mal, a nosotros y a la Iglesia. Es triste ver cristianos tristes, no estamos hechos para la tristeza.

Por otro lado, lo lindo del gozo es que jamás puede ser pleno si no es compartido y eso ayuda a otros a salir de sus encierros. Todos vivimos esa experiencia de alguna manera. Todos hemos alegrado a otros y todos hemos sido alegrados por otros. Todos necesitamos compartir la alegría, es esencial a la alegría que se derrame, que se comparta. Una vez unos novios ya con fecha de casamiento, me contaron que, por algunas dificultades de distancia de sus familias, no podían avisar a todos juntos la fecha de su casamiento, y eso hacía que no pudieran disfrutar semejante noticia. La alegría del casamiento no era solo para ellos. Es así, las alegrías son para contarlas, los gozos son para compartirlos. Las alegrías espantan las tristezas y los gozos quitan las soledades.

Si andás alegre, contalo, compartilo, hace bien. Si andás triste pensá de donde viene esa tristeza, qué fue lo que la originó, para poder combatirla, pero mientras tanto andá y quedate un rato con Jesús, mientras tanto andá y buscá la compañía de alguien que esté alegre, eso te va ayudar.

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