Juan 17, 1-11a – VII Martes de Pascua

 

 

Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:

«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.»

Palabra del Señor

Comentario

Parecería que, para nosotros, la ascensión de Jesús a los cielos no nos dice mucho, de hecho, es una fiesta que en la Iglesia muchas veces no le damos tanta importancia, es como si hubiese quedado un poco apocada entre la Pascua y Pentecostés. Sin embargo, es una linda verdad de nuestra fe que la mencionamos en el credo cada domingo que lo rezamos y nos enseña muchas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir “entre las nubes” si debe haber sido significativo y misterioso… Muchas preguntas se les habrían cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería Jesús? ¿Qué podrían hacer ellos, solos, sin Él? ¿Qué significaba eso de ir por el mundo a anunciar la Buena Noticia? Qué difícil debe haber sido. Para nosotros podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles en la Iglesia naciente. No podrían darse tantos frutos en toda la tierra, cada día, a cada instante, en miles de corazones, incluso en este mismo momento, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza,

De algo del evangelio de hoy, escuchamos una oración de Jesús que quedó en el evangelio y evangelio que se puede transformar en oración para nosotros. Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena en la que Jesús mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada y el corazón para hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre, pero al mismo tiempo les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas porque no fueron solamente palabras, sino que fueron al mismo tiempo, palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos.

Qué lindo imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto. Te propongo que hagas algo similar, que hagas lo mismo, que eleves tus ojos al cielo, a una imagen, a un lugar que te ayude a transportarte, por decirlo así, a ese momento. Las palabras de Dios pueden hacerse vida si buscamos que las escenas del evangelio de alguna manera se hagan presentes, y para eso podemos usar todos nuestros sentidos. Toda la sana espiritualidad cristiana, la de todos los tiempos, nos enseña esto. Somos unidad, cuerpo y alma, somos corazón y pensamiento, somos todo junto. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos mismo a Dios Padre, a Jesús, pensá en lo que dijo Jesús, en algunas de las palabras que escuchaste recién y si es necesario volvé a escucharlas.

A mí me ayudan las que te voy a repetir ahora, las que repito en cada consagración de la misa, las que rezo al elevar la hostia en el altar de mis misas diarias, que son éstas: “Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” Pero fijate si a vos te sirven otras, las que más te ayuden a rezar.

Te decía al principio que la oración de Jesús quedó escrita en el evangelio, sus palabras se hicieron evangelio y que, por eso, y porque no, el evangelio para nosotros se debería transformar en oración, en elevación del alma hacia Dios, eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por este suelo, por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía, mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida Eterna en la tierra, buscar conocer día a día al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su enviado Jesucristo. Vivir en serio, es conocer a Dios, a Dios Padre y a su Hijo, o también podemos decirlo al revés. Conociendo a Cristo conocer al Padre. Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto. Conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre. Pensá si en tu vida estás buscando esto. Pensá si estás intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida eterna mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: Conocer al único Dios verdadero y a Jesús su enviado. No a cualquier dios hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, no a un político, no a un prócer, sino a Jesús que es Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que eso te va a dar paz, la paz verdadera, te aseguro que eso va a reorientar u orientar tu vida. Escuchá a Jesús todos los días y vas a empezar a entender lo que es la Vida Eterna.

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