Juan 19, 25-27 – Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján

 

 

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

Comentario

En Argentina, hoy es la fiesta de su patrona, de la virgencita de Luján, la fiesta de esa imagen que estaba “peregrinando” hacia el norte del país, pero que eligió quedarse en Luján, para que hacia allí vayan miles y miles de corazones, saliendo de sí mismos, para encontrarse con María, Jesús y los demás. Para eso se quedó la Virgen, para eso fue caminando hasta la Cruz, hasta el final, para encontrarse con su Hijo y que nosotros nos encontremos con Él. Para enseñarnos a salir, a caminar, a caminar con el corazón, aunque a veces nos podamos caminar con nuestras piernas. Nuestra Madre, es maestra en esto, es modelo, nos enseña que ese es el camino, caminar. Desde que le anunciaron que sería la mamá de Jesús salió a caminar, salió de sí misma para encontrarse con su prima. Caminó hasta que pudo, hasta el final. Lo acompañó a Jesús hasta el final, y aunque al pie de la cruz estaba quieta, su corazón estuvo en movimiento siempre, junto al de Jesús.

Tanto en Argentina. como en miles de ciudades, pueblos del mundo, se encuentran lugares donde la Virgen María eligió quedarse para siempre y es signo continuo del gran amor que Dios Padre tiene para con todos nosotros. María nunca estuvo ausente; al contrario, siempre está en la vida del que cree en Jesús, aunque nosotros no nos demos cuenta. Así como tu madre y la mía piensan o pensaron en nosotros en cada momento de nuestra existencia; de una manera mucho más grande, misteriosa y profunda, nuestra Madre del cielo –la Madre de Jesús– piensa y ama a sus hijos de todo el mundo y de todos los tiempos. No importa que advocación quieras o sientas más; no es esa la cuestión, la cuestión es dejarse amar por María, Virgen y Madre, dejarse querer por Ella, dejarse guiar por Ella y amarla con corazones de hijos.

De algo del evangelio de hoy, creo que es una linda escena para contemplar y ayudarnos a actuar, al modo de María. No hay que tener miedo a contemplar escenas de dolor como la del evangelio de hoy, no hay que escaparle, al contrario, hay que mirarlas de frente, con todo el corazón. Porque finalmente desde el dolor fue desde donde brotó el amor más grande; o, dicho de otra manera, por haber amado tanto, Jesús y María sufrieron tanto, como nos pasa a vos y a mí.

La Virgen María, la Madre de Jesús estuvo de pie al lado de la Cruz; nadie como Ella nos puede acompañar, enseñar, consolar y ayudar a estar hasta el final, sabiendo que lo que parece ser el final –lo que parece catastrófico– en realidad es el comienzo de algo nuevo. La cruz es el comienzo de la resurrección; pero hay que aprender a estar en el dolor, hay que dejarse ayudar en el dolor. Jesús vino a enseñarnos a estar en el dolor para poder salir juntos. Jesús le encomendó la misión a María en el medio del dolor; mientras sufría, mientras los dos sufrían. Es misterioso como muchas veces desde el dolor, la conexión de amor que puede haber entre dos personas es mucho más profunda en comparación a otros momentos de la vida. Me pasa muchas veces visitando enfermos, me pasa cuando veo a los familiares que están a su lado, cuando supieron acompañarlos hasta el final, cuando supieron permanecer al pie de su cama, de su cruz, hasta la muerte y descubrieron dimensiones de su ser querido, que jamás hubieran imaginado. Les pasa a los enfermos también, que conocen mejor a sus seres queridos justamente en el dolor, en esa impotencia de estar imposibilitados para moverse, para valerse por sí mismos.

El dolor es escuela de vida si es llevado junto con otros, como lo hizo Jesús, María, las otras mujeres y el discípulo amado. Jesús misteriosamente no quiso morir solo, no quiso morir abandonado por todos, aunque podría haber elegido ese camino. María, por otro lado, obviamente no quiso dejarlo solo, como buena Madre. El mayor dolor que podemos vivir, en realidad, es el de no dejarnos amar en los momentos de sufrimiento y el de no amar a los que están sufriendo. Es una constante en muchos de nosotros, especialmente cuando nos visita el sufrimiento, el “no querer compartir nuestro dolor, para no hacer sufrir a otros, para no molestarlos”, creyendo que con esa actitud hacemos bien. Sin embargo, no nos hacemos bien a nosotros, ni tampoco a los demás que no sabrán nunca lo que nos pasa. El verdadero camino de alivio del dolor, es aprender a compartirlo con aquellos que Dios pone en nuestro camino. Como lo hizo Jesús y María. Los dos compartieron su dolor, y además Jesús nos dejó a María, entre otras cosas, como compañera del sufrimiento, como aliviadora de nuestros dolores. Ella estuvo de pie hasta el final, Ella está de pie en nuestra vida hasta el final, jamás se escapará en los momentos difíciles y desea que nosotros aprendamos a hacer lo mismo.

Solo Ella puede ayudarnos a estar de pie hasta el final; Ella es ayuda para que nos dejemos amar en nuestros momentos de dolor y al mismo tiempo, es fuerza para que aprendamos a estar hasta el final con los que sufren. Pidamos a la virgencita hoy para todo el mundo y para cada uno de nosotros, saber estar de pie hasta el final, no escaparle al dolor y saber acompañar a aquellos que más sufren.

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