Juan 3, 1-8 – II Lunes de pascua

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.»

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»

Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?»

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Ustedes tienen que renacer de lo alto.”

El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»

Palabra del Señor

Comentario

Sin Misericordia, este mundo se pudriría en su propia miseria, incluso me animo a decir, que ya se habría autodestruido. A veces nos olvidamos que el mundo cambió completamente desde que Jesús resucitó y sopló sobre sus apóstoles el Espíritu Santo para darles el poder de perdonar los pecados. No tomamos conciencia de lo que significa que la Misericordia se haya derramado sobre esos hombres y a partir de ahí, a nosotros, porque el mundo nos ensordece con sus atracciones superficiales, y no nos permite ver el fondo de las cosas, la verdad de fondo. Siempre me quedó grabada una frase del santo chileno, que decía algo así: “El mundo fabrica pecadores, pero después los desecha” El mundo, la mentalidad de este mundo no perdona, el corazón de Jesús sí, siempre. El otro día quedé maravillado con la expresión de una niña que se confesaba por primera vez en mi parroquia. Después de confesar muchas horas y muchos niños, ya cansado, de repente una pequeña de unos ocho años me dejó admirado y emocionado, porque me dijo algo así: “Padre, que lindo esto de contar la verdad de uno mismo, y sentir este alivio tan grande”. No lo podía creer, parecía que me estaba hablando un adulto, y además un adulto preparado. ¡Esa niña había comprendido lo que significaba ser perdonada, la maravilla de la misericordia!

Yendo a algo del evangelio de hoy, podríamos decir que se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tanto. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después del pecado.

Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. No quiero que escuchemos lindos “slogans” de que se puede y se puede, aunque sean verdad. Sino que quiero que empecemos este lunes con ganas de “nacer de nuevo”, de “resucitar” porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.

Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» El que no empieza este lunes con deseos de “volver a empezar”, con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el Reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de donde viene y a donde va.

La escena de hoy nos anima a ponernos en el lugar de Nicodemo, este fariseo que, por temor a la represalia o la burla, fue a ver a Jesús de noche para que nadie sepa que creía en Él. ¿Cuántas veces andamos por la vida, por nuestra familia, por nuestros trabajos, universidades, grupos, como si fuera de noche? ¿Queriéndonos encontrar con Jesús sin que nadie lo sepa? ¿Cuántas veces hemos ocultado nuestro amor a Jesús por respetos humanos, por vergüenza, por temor? Qué lindo que es cuando “nacemos de nuevo” y ya no nos da miedo que de nuestros labios salga la palabra: Jesús. Qué lindo que es escuchar cristianos que por haber “nacido de lo alto” ya no le temen al ridículo.

Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual. Tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés “algún muerto”, tenemos un muerto en el corazón para resucitar. Seguro que tenemos un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.

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