Juan 3, 16-21 – II Miércoles de Pascua

 

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando esperamos “certificaciones” muy certificadas para poder creer lo que nuestros ojos nos impiden ver, lo que en realidad estamos haciendo, es que la fe deje de ser fe. Eso le pasó a Tomás, eso nos pasa a nosotros, es lógico, es parte del camino del abandono de nuestra racionalidad que le encanta certificar lo que no ve. La fe es una certeza, pero de las realidades que no vemos y confiamos que existen, gracias al testimonio de una “nube de testigos” que a lo largo de los siglos aceptó que ese hombre, Jesús, es el Hijo de Dios y que sigue vivo entre nosotros, aunque a nosotros no se nos haya aparecido. Cuándo tu madre o tu padre te cuentan cosas de tus abuelos o bisabuelos, sobre tu historia familiar… ¿Vos le pedís que te compruebe lo que te dice? ¿Vos le pedís pruebas científicas de lo que te cuenta? ¿Vos le pedís ver a tus antepasados? Imagino que no, imagino que confiás. Eso es fiarse, confiar en lo que otros te transmiten. De alguna manera con la fe en Jesús nos pasa lo mismo, es un don, una gracia, pero que nos llega solo cuando confiamos en los que nos cuentan lo que otros le contaron, así es la Iglesia.

“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, para juzgarte a vos o a mí, sino para que creamos y nos salvemos por medio de Él. No es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo, digamos que es como ir caminando. Se camina avanzando, se avanza mientras se camina, es algo dinámico, vivo, que crece de a poco. Por eso el que va creyendo, va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el Espíritu, dada por el mismo Espíritu que nos viene de lo alto. El que cree renace siempre, porque algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir. Ayer Jesús nos decía: “Ustedes tienen que renacer de lo alto”. Nosotros podemos ser reengendrados, podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer, el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación y eso no depende tanto de nosotros, sino de Él.

¿Creer en qué? ¿Creer en quién? Creer en Jesús, creer en que Él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor que ser Dios y venir a estar con el hombre por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio para entregarse?

La fe es un don, el don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto y vivir de acuerdo a eso. La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender para repetir o para defender y recién ahí poder recibirla, un sentimiento que sentir cuando no se está muy bien. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes y te des cuenta que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó esta decisión. En definitiva, creer es aceptar que esto es posible, y, además, cambia la vida del que lo acepta entrando en una Vida nueva. La fe se transmite de corazón a corazón, por eso no podemos jamás prescindir de los otros, pero al mismo, tiempo transciende a los otros, ya que actúa en cada corazón de un modo único y distinto.

Todos nosotros, los que escuchamos la Palabra de Dios día a día, seguramente somos bautizados, confirmados, incluso recibimos a Jesús en la comunión. Ahora, eso no quiere decir que todos experimentamos esto de volver a nacer, este nacer en el Espíritu Santo. Muchas veces tenemos olvidado al Espíritu y por eso el Espíritu no puede hacer tantas cosas con nosotros, no porque no quiere, sino porque no le damos lugar, porque nos ponemos a nosotros como protagonistas, porque seguimos pensando a veces que la fe es una decisión que casi exclusivamente pasa por nosotros.

Es el Espíritu enviado por Jesús el que nos santifica y vivifica, Él tiene la iniciativa, seamos o no seamos muy conscientes, sepamos o no sepamos tanto. Es por eso que es posible encontrarse cristianos que no “estudiaron” la fe, que supuestamente no la saben, y sin embargo la viven, la conocen y aman a Jesús de un modo único.

Pidamos creer en esto, pidamos creer en él, pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague en el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestra vida, para que podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos. Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos, que no pensemos que todo depende de nosotros, que aceptemos que nos amaste primero y que casi todo, depende de Vos.

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