Juan 3, 22-30 – Feria de Navidad

 

 

Jesús fue con sus discípulos a Judea. Permaneció allí con ellos y bautizaba. Juan seguía bautizando en Enón, cerca de Salim, porque había mucha agua en ese lugar y la gente acudía para hacerse bautizar. Juan no había sido encarcelado todavía.

Se originó entonces una discusión entre los discípulos de Juan y un judío, acerca de la purificación. Fueron a buscar a Juan y le dijeron: «Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán y del que tú has dado testimonio, también bautiza y todos acuden a él.»

Juan respondió: «Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: “Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él”.

En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya.»

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos hoy el tiempo de navidad, días en los que la Iglesia nos regaló la posibilidad de seguir “masticando” algo del misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros, como nosotros y para nosotros. El misterio es inagotable y por eso se le llama misterio, jamás podremos agotarlo con algunas meditaciones o evangelios. La palabra misterio tiene como una doble significación o una aparente ambigüedad, y en general se la utiliza para afirmar solo una parte de lo que realmente quiere decirnos. Popularmente, por decirlo de algún modo, se dice que misterio es aquello que no se pude conocer, aquello que es inaccesible, algo así como un enigma indescifrable para nuestra inteligencia, y en cierto modo esto es cierto y se aplica a lo que llamamos misterio de Dios. Sin embargo, para los católicos, la palabra misterio se asemeja a esa palabra que también usamos mucho, sacramento. Decir misterio es también decir sacramento. De hecho, si recordás, en la Misa, después de la consagración, los sacerdotes usamos dos fórmulas para hablar o expresar lo mismo: “Este es el misterio de la fe” o “Este es el sacramento de nuestra fe”, a la que todos responden: “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús” Con todo esto, quiero decir que, para nosotros Dios es un misterio, pero no porque se nos hizo inaccesible, sino todo lo contrario, porque se nos hizo visible y conocible, por decirlo así. Es inabarcable, inagotable, pero al mismo tiempo es posible de conocer y amar, es posible saber algo de Él, porque justamente Él mismo se hizo cercano cuando se hizo hombre. Diríamos en sencillo, Dios es un misterio conocible, es sacramento porque se hizo visible para que podamos enamorarnos de Él y su mismo misterio nos atraiga por el amor.

Esto es lo que celebramos en la fiesta de la Navidad, esto es lo que intentamos profundizar especialmente en estos días, esto es lo que jamás terminaremos de “digerir”, porque es tan grande, tan rico, que nuestro corazón y cabeza no pueden contener tanto amor y sabiduría.

Para poder acercarse al misterio de Dios, al de un Dios que se hizo hombre por nosotros, es necesario “disminuir”, como Juan el Bautista, así como lo expresa en algo del evangelio de hoy. Solo se puede atisbar algo de ese misterio maravilloso y atrapante del amor de Dios, aquel que sabe abajarse para no pretender jamás ser o intentar ser más que el propio creador. Te parecerá absurdo el pensar o el aceptar la posibilidad de que alguno de nosotros, los que escuchamos la palabra de Dios cada día, seamos capaces de consideraros más que Jesús. Sin embargo, deberíamos pensar que, si Juan el Bautista fue tan explícito en aclarar de que él no era el Mesías, y además tuvo que decir: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» es porque fácilmente corremos siempre dos peligros, muy comunes; uno es el de ponernos en el lugar de Jesús, o quitarle su propio lugar, atribuyéndonos los frutos o resultados de lo que hacemos, cuando en realidad la obra y el poder son siempre de Él. Y el otro, es la otra cara de la moneda, es el de “endiosar” o exaltar demasiado a los instrumentos de Dios, a sus profetas, olvidándonos que solo son eso, profetas, instrumentos y, por lo tanto, no son el Mesías.

Juan es el modelo perfecto de profeta porque supo desaparecer para que solo reluzca la luz y la misión de Jesús. Esto que parece muy obvio y sencillo, no es tan obvio y sencillo para todos aquellos que de alguna manera tienen la misión de ser “puentes” entre Dios y los hombres. Claramente nos corresponde más a los sacerdotes y consagrados, pero sirve también para cada cristiano, para cada miembro de la Iglesia, porque en definitiva depende de todos un poco.

¡Cómo nos cuesta ir disminuyendo para que solo reluzca Jesús, para que solo sigan a Jesús! A veces pasa todo lo contrario, parece ser que cuanto más protagonismo tenemos, más nos quieren y más nos siguen, más van a querer, amar y seguir a Jesús, y eso no es así.

La evangelización, la que deben realizar todos los miembros de la Iglesia, puede transformarse a veces en un lugar de realizaciones personales, de búsquedas egocéntricas, de cumplimiento de deseos insatisfechos, que no hacen más que disminuir a Jesús, y no hacerlo crecer. De esto hay muchísimo en nuestro propio corazón, en nuestra propia Iglesia. Es ahí cuando le quitamos su propio lugar, cuando hacemos tantas cosas para mostrar el amor de Jesús, que finalmente sin querer nos mostramos a nosotros mismos, o incluso podemos “atar” a las personas a nosotros y no tanto a Jesús. El termómetro para saber si estamos aprendiendo a disminuir para dejar que Jesús crezca, es la libertad que les damos a los otros. Deberíamos ayudar a los demás a ser libres y no dependientes de nosotros. Cuando alguien depende exclusivamente de nosotros para creer en Jesús, es porque algo estamos haciendo mal, es porque nos estamos poniendo como referencia de la verdad olvidándonos que solo Jesús nos salva verdaderamente. Juan el Bautista jamás pretendió que lo sigan a él, jamás deseo quedarse con sus discípulos como si fuesen obra suya, sino todo lo contrario, espero el momento para mostrarles a sus discípulos quién era el Mesías.

Vale lo mismo al revés, con respecto al otro peligro, nadie puede tener a un hombre como Mesías, por más santo que sea. No seguimos a hombres, seguimos a Jesús y cuando no tenemos bien en claro esto, la fe puede ser arrollada por cualquier ventarrón, por cualquier decepción de ese hombre o mujer, que por ahí inconscientemente, consideré mi mesías.

Pidamos hoy la gracia de saber disminuir, del saber ser humildes para que crezca Jesús, y además para saber reconocerlo en la humildad de sus servidores.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta