Juan 3, 31-36 – II Jueves de Pascua

 

 

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor

Comentario

Es fácil resumir todo el misterio en frases, o afirmaciones que por más que digan mucho, no terminan de agotar el misterio de la vida y de la fe. De esto, el mundo está cansado, y en la propia Iglesia también caemos a veces en el facilismo de hacerlo, de resumir todo en frases. Sin embargo, la realidad es más compleja, nuestra vida no se resume en frases, sino que se vive, con todo lo que eso implica. Hablando con un sacerdote amigo me terminó de “caer la ficha” de algo que vengo diciendo y pensando de hace mucho tiempo. Siempre digo y, la Iglesia lo dice, de que la fe es un don, y de eso no hay duda. Por otro lado, decimos y digo, que la fe es una respuesta, que no se completa, por decir así, si de parte nuestra no existe una “devolución” con nuestra propia vida a la invitación de Dios. Pero… me pregunto… ¿En qué sentido la fe es un don? Antes que nada, es don ya que Dios mismo se hizo don viniendo al mundo. Pero eso no se termina ahí, ya que nosotros no vemos ni escuchamos directamente a Jesús. Eso significa que ese don se hace don en personas, palabras, gestos, situaciones. La fe es don, porque se nos da por medio de alguien, de algo, y eso es el “puntapié” inicial para animarse a responder y empezar a creer en serio. De otro modo, habría que pensar que Dios es elitista, y les da ese don a algunos y a otros no. Igualmente, no deja de ser un misterio, no deja de poseer una parte que no podemos llegar a encerrar en palabras. El apóstol Tomás, el del evangelio del domingo, no sabía estas cosas, nosotros tampoco, y por eso a veces no terminamos de confiar y creer de manera plena. Vamos para ese lado… ¿Te animás? Creer hace bien, creer y pensar la fe es mucho más lindo. Pensar para creer mejor, da un impulso y firmeza distinto. La fe va de la mano de la humanidad y de la razonabilidad, es muy razonable creer en Jesús, en su amor, en su acción en y entre nosotros.

Una de las vías más significativas de la fe, son los oídos. La fe entra por los oídos. Casi sin querer me pasó algo increíble pensando en que decir hoy en el audio. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo medio obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que San Pablo habla algo sobre esto en algunas de sus cartas. Busqué en la Biblia, y la abrí con la intención de encontrar en alguna carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba en donde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los romanos en el capítulo 10, 14 donde dice: “Pero, ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?” Una maravilla.

Para invocar a Jesús tenemos que creer en Él, para creer en Él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión y decidirse a vivirla.

Jesús es el enviado desde el cielo, lo dice claramente algo del evangelio de hoy, enviado desde la eternidad para hablarnos de su Padre, el tuyo y el mío. Te diría que una de las misiones más importantes de Jesús es mostrarnos el verdadero rostro de Dios que es Padre, Padre con todas las letras y con letras mayúsculas, Padre en serio, infinitamente más Padre de todo lo que te podés imaginar. Así lo dice la palabra de hoy: El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Es necesario comprender esto para que nuestra fe sea más plena. No es cuestión de creer cualquier cosa, hay que creer lo que Dios quiere que creamos. Hay que usar bien la palabra fe. Dios Padre envió a su Hijo para que diga sus palabras, para que hable en su nombre gracias a que los dos tienen ese mismo Espíritu. El Padre puso todo en las manos de su Hijo y todo lo que escuchamos decir de Jesús es lo que dice el Padre.

Por eso, oír hablar a Jesús es oír hablar al Padre y oír hablar de Jesús es oír hablar del Padre y por eso alguien tiene que predicar esto, alguien tiene que hablar de las palabras de Jesús, para que escuchando a Jesús todos los hombres puedan escuchar lo que el Padre del Cielo nos quiere decir. “Los perdono, tengo misericordia con cada uno, quiero darles un abrazo de perdón, vuelvan a mí”

¿Te das cuenta porqué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de por qué creer en Él nos hace veraces, de por qué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? No hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.

No te canses de escuchar. No te canses de oír. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados a hablar de Jesús, todos podemos hacer algo para que otros escuchen a Jesús y a su Padre, dejándose guiar por el Espíritu de Dios. ¿Vamos para ese lado?

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