Juan 3, 7b-15 – II Martes de Pascua

Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»

«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»

«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.

Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.

Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?

Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»

Palabra del Señor

Comentario

Retomando algo del evangelio del domingo podemos seguir maravillándonos con esa aparición de Jesús a sus discípulos. Uno de esos detalles, por ejemplo, es que Jesús no solo le reprochó a Tomás su incredulidad, sino que, en el fondo le molestó que no confíe en sus amigos, que haya necesitado verlo directamente a Él para creer. Eso habla de algo que es intrínseco a la fe y que muchas veces olvidamos u obviamos, como si fuera que la fe únicamente un asunto entre Jesús y yo. No hay fe sin otros, no es posible creer en la soledad, aunque haya momentos de soledad. No hay fe en Jesús sin el testimonio de otros, sin la ayuda de otros que se transformaron en cadena de amor, de misericordia. No hay fe si no es gracias a la comunidad de fieles creyentes, a la que llamamos Iglesia y de la que muchos reniegan. La misericordia que derramó Jesús soplando el Espíritu Santo sobre sus discípulos, es la misma que nos llega hoy a nuestros corazones, la misma que tenemos que transmitir a los demás. Podríamos decir que conocer a Jesús es aceptarlo misericordioso y deseoso de perdonarnos, a todos, a vos y a mí, y a los que andan dispersos por el mundo. No aceptar un Jesús misericordioso, en el fondo es no aceptarlo a Él. No aceptar que lo perdonado, para Dios está olvidado, no hace más que alejarnos y distanciarnos de su amor. ¿Cuántas veces nos distanciamos de Dios, o hicimos que se distancien de Él por tener una falsa imagen de su amor, de su corazón? El día de la misericordia quiere ayudarnos a no olvidar esa gran verdad.

Por eso es lindo volver a escuchar: ¡Felices los que creen sin haber visto! Hace bien volver a escuchar que a Jesús le gusta lo que hacemos cada día, lo que intentamos cada mañana, escuchar, escuchar y creer, confiar cada día en su existencia, en su presencia entre nosotros, aun cuando no lo vemos, aun cuando no tenemos certezas absolutas al estilo de la ciencia de su presencia. La supuesta felicidad que viene de una seguridad absoluta, en el fondo no es más que un engaño, no es más que eso, una supuesta felicidad. Sin embargo, a la mayoría de los mortales les gusta andar por esos “carriles” de la vida, olvidándose que Dios Padre nos invita a otra cosa, nos promete otra cosa por medio de su Hijo Jesús.

Algo del evangelio de hoy ayuda a considerar este misterio tan grande, aunque parezca contradictorio, el hecho de tener fe y no aferrarnos a nuestras propias seguridades. Felices los que creen que es posible renacer de lo alto, nacer de nuevo, volver a empezar aun cuando uno haya probado la inmundicia del barro. Felices los que creen en estas palabras de Jesús, las palabras que Nicodemo no pudo entender en su momento y que nosotros hoy volvemos a escuchar para animarnos a “nacer de nuevo” sin importar mucho la edad que tengamos, no pasa por ahí. Felices los que creen y confían, porque la confianza da felicidad, la confianza en Jesús, la confianza en su Palabra nos pone en una órbita diferente, porque nos ayuda a despojarnos un poco de toda pretensión de tenerlo todo bajo nuestro dominio, de tenerlo todo controlado, las personas y las cosas. Felices los que se dan cuenta de que Jesús pretende que confiemos en los que vemos sabiendo que Él mismo nos habla por medio de ellos. Felices los que están dispuestos a escuchar a todos y no seleccionar la “radio” que pretendemos sintonizar según nuestros gustos.

Feliz el que es sencillo, el que no es rebuscado y cree con convicción sin esperar comprobaciones “científicas” a todo lo que pasa, a todo lo que ve. Feliz es el que ve más allá de lo que ve, pero en eso que ve, descubre cosas buenas, cosas lindas, cosas verdaderas y no se queda en lo superficial, en lo mundano, en lo feo que se ve de afuera. 

Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.» ¿No será que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más y ya estés cansado. Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz al modo del evangelio y no al modo de este mundo que promete todo y no da nada. Una vez visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía: Me dijo: “Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma” Tenía motivos para quejarse y sentirse mal por su sufrimiento, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos, es el del alma, el de estar muertos en vida, es el del no perdonarnos, el de no perdonar a los demás.

Vos y yo podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más vida y ser felices creyendo y confiando, sin esperar nada a cambio.

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