Juan 6, 30-35 – III Martes de Pascua

La gente dijo a Jesús:

«¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»

Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»

Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»

Palabra del Señor

Comentario

Fue necesario que Jesús se apareciera tres veces a sus discípulos para que ellos se convencieran de su misión, de lo que les pedía y deseaba para sus vidas, por lo menos así lo decía el evangelio del domingo. Parece una ironía de la realidad o de la incredulidad de unos hombres que, viendo varias veces a su amigo resucitado, no terminaron de comprender que no habían sido elegidos para pescar peces, sino hombres, que no habían sido elegidos para buscarse a sí mismos, sino para ir hacia los otros. Jesús vuelve a hacer una y otra vez eso en nuestras vidas, se nos “aparecerá” las veces que sea necesario para que nos demos cuenta cual es el sentido, el fin de nuestras vidas. En realidad, la escena nos enseña que Jesús está siempre, pero que no lo veamos no es “culpa” de Él, nosotros no podemos reconocerlo porque nos avocamos a lo nuestro, a lo que nos interesa. No podemos reconocerlo hasta que no hacemos lo que nos dijo, lo que nos dice una y otra vez, amar y amar, ese es el único camino, salir de nosotros para encontrar a los otros, simbolizados en los pescados. Intentemos hoy descubrir la voz de Jesús que nos habla al corazón para que no veamos cosas, sino corazones en los otros, para que dejemos de ver únicamente los nuestros, sino que ampliemos la mirada para descubrir lo que podemos amar en los que Jesús pone en nuestro camino.

Ayer decíamos que es bueno empezar siempre por el principio… por preguntarnos lo básico, por preguntarnos lo esencial y por ser sinceros. Y de éstas preguntas nadie puede prescindir, nadie puede hacer como que no son para él… Por ejemplo… ¿Buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de trabajar, de esforzarnos para estar con Él, aunque sea para pedirle algo material? y si lo buscamos ¿Por qué lo buscamos? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque “la obra de Dios es que ustedes crean” que nosotros creamos. En esto dejamos ayer. Es necesario trabajar por el alimento que no perece, que no se corrompe, que no pasa, que permanece. A eso invitaba Jesús a los que lo seguían, a que no solo se quedaran con lo exterior, con lo superficial, con lo que sacia el hambre por un rato nomás, sino que se den cuenta que también hay que trabajar por lo más profundo, por lo que alimenta el alma, por lo que nadie ni nada nos puede quitar.

Pensemos en la cantidad de tiempo y esfuerzo que dedicamos a muchas cosas en nuestra vida, y no me refiero a cosas malas, sino a cosas buenas, que están bien y nos hacen bien, y que además hacen bien a las demás. Pensemos en la cantidad de horas que dedicamos a cosas que no son malas, pero que, en exceso, a la larga terminan haciéndonos mal o aislándonos de los demás. Recordemos, por qué no, el tiempo que invertimos en hacer el mal, en buscar únicamente nuestro propio interés. Y así podríamos seguir. Cada uno puede pensar en lo suyo y volver a escuchar las palabras de Jesús de ayer: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”

¿En qué estamos dedicando nuestro tiempo, en que andás trabajando? ¿En qué nos estamos esforzando y poniendo todo, apostando como si fuera lo único de nuestra vida? Todos tenemos hambre de algo, todos andamos buscando saciar la sed de amor que hay un nuestro interior, la sed de ser amados y de amar. Porque, en definitiva, el fondo de la cuestión es esa. Hambre y sed de amor, de aquello para lo cual fuimos creados, para amar y ser amados. Pero como la balanza quedó desequilibrada desde que entró el pecado y el egoísmo en el mundo y en nuestros corazones, todos andamos mendigando amor y pretendiendo todo de los demás, pero al mismo tiempo,o no dando el amor que los otros necesitan, no amando como los demás se merecen. Ante esta situación el mejor camino no es ir en busca de cosas que sacian por un tiempo, por cosas que tienen fecha de vencimiento, lo mejor es ir a la fuente del amor, a la fuente desde donde brota todo lo que necesitamos y que además nos dará el equilibrio y la fuerza para no andar trabajando de más en lo que es pasajero y trabajar con todo el corazón en lo que realmente vale la pena. La mayoría de nuestros problemas, sufrimientos, tristezas, dolores, desencuentros, enojos, iras, broncas, etc. tienen que ver con que no sabemos saciar nuestra hambre y sed de amor, en el lugar que corresponde. En Jesús. Pero ¿dónde está preguntarás? Hay que trabajar para buscarlo.

Por eso no hay mejor manera de empezar este día, dejando que Jesús nos diga a todos otra vez desde algo del evangelio de hoy: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»  O decirle nosotros desde lo más profundo: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre, el agua que me quite la sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me deja en paz. «Señor, danos siempre de ese pan.»

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta