Juan 6, 35-40 – III Miércoles de Pascua

 

 

Jesús dijo a la gente:

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor

Comentario

Hay que trabajar para buscarlo, dijimos ayer. Hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el Pan del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida.

Por eso no hay mejor manera de empezar este día, dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»  O decirle nosotros desde lo más profundo y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas Pan que me quite el hambre, agua que me quite la sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me deja en paz. «Señor, danos siempre de ese pan.»

Es bueno que pensemos a qué se refiere el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día,  pero que al mismo tiempo representa las necesidades más profundas de nuestra vida. Somos cuerpo y espíritu, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestro hambre biológico, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que como decía el Principito, es invisible a los ojos, pero que es sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir, sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero alimento y motor de la vida y la prueba más palpable de esto, es que hay personas que tienen todo lo material y más para vivir, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas, y por el contrario, hay personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y sin embargo, viven en plenitud espiritual o por lo menos no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir volcados hacia afuera, como si lo interior no importara, como por ejemplo; la comida, la bebida, los vicios, las adicciones, las obsesiones, centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, muchas veces puede ser un síntoma que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo.

Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción en la que vivimos muchas veces, es como el termómetro de la mala alimentación de los que dicen creer pero que todavía no les satisface creer. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús, en la pureza de la fe, hacia ese buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús. Y ese Pan llega a nuestra vida por diferente “proveedores”, llega del cielo pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo diario que dignifica, se hace Eucaristía, comunión en donde alimentarse realmente. Y lo más lindo de todo esto, es que es gratuito, se nos da gratuitamente, solo que nosotros ponemos trabas muchas veces y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian por un rato nomás.

El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

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Una respuesta

  1. Hector Salazar 18/04/2018

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